Facebook Twitter Google +1     Admin

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

sopotocientos

Ficciones, digresiones, desahogos y lo que surja

Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2004.

Ouch!

Me botaron del trabajo. Dar clases a niños no es lo mío. Y menos de inglés.

Me di cuenta de ello más o menos a la segunda semana de empezar. Nunca le había dado clase a niños y la verdad es que nunca me había interesado, hasta que surgió este trabajo en donde las condiciones no estaban mal - pero la verdad es que de no haber sido por eso, ni siquiera me lo habría planteado.

Me gusta dar clase, pero a adultos. No hay que andar detrás de ellos para que hagan la tarea, ni para que no rayen los pupitres. Si no entienden algo te lo preguntan, y nadie les obliga a ir a clase - ellos van solitos. Si no te ha dado tiempo de preparar nada, les preguntas por sus hijos, por el trabajo, o comentas el juego de fútbol de ayer. Haces amigos. Y es reconfortante cuando te dicen, "qué buena clase, lo entendí todo". Con niños, en cambio, tienes que invertir el doble de tiempo en preparar la clase, en inventar juegos, en cortar y pegar. Tienes que hacer que aprendan sin que ellos se den cuenta, y tienes que tener diez pares de ojos para dar la clase, estar pendiente de que nadie se meta con nadie, de que los más rápidos no se aburran y los más lentos entiendan, de que se estén divirtiendo. No, pana. Esa vaina no es lo mío.

Lo que pasa es que claro, hubiera sido más lindo ser yo la que comunicara mi cese al centro, y no al revés. Hubiera sido más digno. Pero yo estaba esperando a que pasaran las vacaciones de Navidad. En fin, qué se la va a hacer, se me adelantaron, pero bueno, me quedan unas tres semanitas de pesadilla y ya está, seré libre de nuevo. Mientras tanto me lo tomaré con calma.

-Teacher, teacher, can I go to the toilet?
-Yes you can.
-Can we draw? Can we play?
-Yeah, yeah, whatever you want, just pretend you're doing something in case the director comes, okay?

Asuntos domésticos

limpieza.jpgEscribo esto mientras me instalan la calefacción. La dueña del piso donde vivo ha decidido instalarla porque si no la comunidad de vecinos la iba a demandar. Es un cuento largo. El hecho es que desde el jueves de la semana pasada mi casa está invadida y yo estoy mareada de ver a tanta gente entrar y salir: los dos instaladores y ella, la dueña, a quien llamaremos en adelante M.C. y que vale por diez personas juntas, todas enloquecidas y gritando al mismo tiempo.

Por Dios, qué paciencia. La mujer ha aprovechado mi ausencia (yo tengo que trabajar y ella se tiene que entender con los instaladores) para ver todos y cada uno de los rincones de mi casa. Que si la baldosa se rompió. Que no hemos descongelado la nevera (y va y la descongela). Las cortinas están sucias (y va y las lava). Las baldosas del baño. Las ventanas que no abren bien. Aaaaggghhh.

Y yo me pongo a pensar, Dios mío, en el marido de esa mujer. Pobre ser, lo que le ha tocado.

Afortunadamente ella no vive en Madrid, y no viene con demasiada frecuencia. Y afortunadamente, la calefacción sólo se instala una vez. Porque yo vuelvo a pasar por esto y no respondo.

Alguna gran culpa debo estar pagando.

Navidad

arbol2.jpgHay quien detesta estas fechas, y no se le puede culpar, la verdad. Todo es un estrés. La gente se aglomera en todas partes, los regalos, las cenas, la cantidad de dinero derrochado. En Madrid no se puede caminar. Pareciera que todo el mundo se puso de acuerdo para estar en el mismo sitio a la vez. Por televisión sólo se ven cuñas de perfumes o juguetes. Y luego está el estrés familiar: que si este año toca el 24 en casa de Fulano, y el 31 en casa de Mengano, y cuando hablamos de familias políticas la cosa se complica.

Dios, qué pesadilla.

Pero no, no, no. ¿Qué sentido tiene este batiburrillo de celebraciones y compras compulsivas y comida en exceso?

Bien. Es hora de remontarnos a los orígenes, de recordar qué es lo que realmente estamos celebrando. Porque hacer las cosas por hacer, sin que exista un significado detrás de la acción, es como volvernos robots. Simples carcasas de metal sin conciencia.

Volvamos, entonces, a esa familia buscando posada, a la que, a falta de algo mejor, se le ofreció un pesebre. Un pesebre para dar a luz a un niño.

¿Alguna vez se han imaginado a esa pareja? ¿Alguna vez han pensado en la angustia de no tener un techo ni siquiera para traer al mundo a un hijo? ¿Y en la alegría de esos padres primerizos al tener el niño finalmente en brazos? Un niño que no iba a ser cualquier niño, y que haya nacido en un pesebre… qué lección de humildad.

Pero todavía esa historia, que a mí me parece tan bonita, de José y María y la mula y el buey, se queda corta. Hay un significado que va mucho más allá de la mera anécdota religiosa, un significado que cobra vida cada diciembre. Un significado en el que participamos todos.

Tengo que admitir que desconfío mucho de la religión. Y sé que a más de uno, la historia de Belén les pone los pelos de punta: no quieren ni oír hablar de ella, aunque sí quieren los regalos y la bulla decembrina. Pero es que olvidamos lo esencial. Lo de menos de esta historia del nacimiento de Jesús es que haya sido cierta o no. Puede que sea una simple leyenda, ¿qué importa? Lo de menos es que creamos en ella o dejemos de creer. Lo de menos es si creemos o no en Jesús. Podemos creer en Dios o no. Podemos ser religiosos o no. ¿Pero quién no cree en un niño?

Pues bien, ese niño está presente. No se quedó en el pesebre hace dos mil años. Ese niño somos nosotros. Y no es otra cosa que nuestra capacidad de amar.

Eso es lo que celebramos. Por eso el afán de estar con los nuestros. Por eso los regalos: es una forma de decirles a los demás que nos importan. Simbolizan la entrega. Celebramos el amor, y la vida que comienza a cada instante, que cada instante se renueva (de ahí los arbolitos de Navidad, que simbolizan la vida). Y esto es algo que no tiene por qué tener nada que ver con la religión. Pero tampoco es algo que se pueda entender leyendo esto, porque va mucho más allá de las palabras. Hay que vivirlo.

Hagan la prueba. Cada vez que reciban un regalo, dense cuenta de qué es lo que están recibiendo en realidad. Cada vez que den un regalo, sepan lo que están dando. Que esta Navidad no sea una simple formalidad. Que cada celebración se convierta en un canto a eso que nos hace humanos, lo que verdaderamente le da sentido no sólo a las fiestas sino a cada día de nuestras vidas, y que no es otra cosa que nuestra capacidad de amar.

Les deseo unas Navidades llenas de lucidez y conciencia, para que la alegría brote desde el único sitio de donde sale toda alegría verdadera: desde la esencia.




Temas

Archivos

Enlaces

Page copy protected against web site content infringement by Copyscape

Diciembre 2004 | sopotocientos

Blog creado con Blogia.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras y los Premios Bitácoras.com 2012 (medio oficial RTVE.es)

Contrato Coloriuris