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Ficciones, digresiones, desahogos y lo que surja

Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2005.

Esos pequeños vicios cotidianos

Yo vivo en Madrid, y como gran parte de los habitantes de esta ciudad, viajo en metro todos los días. Suelo tomarlo a la hora punta, muchas veces haciendo malabarismos para poder entrar en medio del gentío, y con el tiempo justo para llegar. Es en esos momentos cuando suelen pasar las siguientes cosas: el metro se tarda minutos interminables en cada estación, con la consecuente subida de gente que ya no cabe; o bien no llega nunca, o si llega, te hacen bajar en una estación que no es la tuya porque el tren en el que viajas está averiado, y tienes que esperar al siguiente que llega tan lleno que simplemente no puedes entrar y tienes que esperar al otro. Cosas así, en fin, que son parte del día a día de los madrileños que toman (tomamos) el metro.

Siempre llevo un libro conmigo, pero a veces, en vez de leer, me dedico a observar a la gente. En las tempranas horas de la mañana hay poco que ver: todos somos trabajadores adormilados y ya se sabe a dónde vamos. Pero por la tarde, al volver, a veces se pueden escuchar conversaciones interesantes. O no. Depende. En todo caso, es un buen ejercicio mirar a la gente e imaginar cómo es cada quien, a qué se dedica, en qué está pensando. A veces alguno termina convirtiéndose en personaje. Casi con toda seguridad, la persona que le dio origen nunca lo sabrá. Es grato saberse personaje. Alguno de mis amigos ha tenido la deferencia de elevarme a esa categoría.

Con cuánta rapidez se entrega uno a estos pequeños vicios cotidianos cuando va en el metro, sabiendo que llega tarde, y encima el metro se queda parado entre estación y estación. Menos mal que es viernes.

Yo quiero ser como Bolaño

A punto, casi, de terminar la monumental 2666, y mientras dilato el momento de acercarme al final porque me va a doler mucho despedirme de este libro, aunque siempre quedan las relecturas; leo la colección de ensayos y artículos de Roberto Bolaño, Entre paréntesis, que es como decir que entro al universo de este autor infinito, y me siento con él en una terraza a tomar un café. Después de estar sumergiéndome en su obra durante meses, siento a Bolaño como si fuera un viejo amigo, y me imagino las conversaciones que hubiéramos tenido frente a la playa de Blanes. No en todo estamos de acuerdo. Hay autores que él detesta (porque él era así, visceral) y que yo adoro. Pero lo que me subyuga es su afilada lucidez y su amor infinito por la literatura.

Algunas joyas sobre el exilio tomadas de este libro:

Para el escritor de verdad su única patria es su biblioteca, una biblioteca que puede estar en estanterías o dentro de su memoria. El político puede y debe sentir nostalgia, es difícil para un político medrar en el extranjero. El trabajador no puede ni debe sentir nostalgia: sus manos son su patria.

Exiliarse no es desaparecer sino empequeñecerse, ir reduciéndose lentamente o de manera vertiginosa hasta alcanzar la altura verdadera, la altura real del ser.

Probablemente todos, escritores y lectores, empezamos nuestro exilio, o al menos cierto tipo de exilio, al dejar atrás la infancia.

Y hablo sobre el exilio, en la voz de Bolaño, porque en un par de semanas viajo a Caracas, después de tres años sin ir. Y porque cada vez creo menos en el concepto de patria. Y en eso sí estoy de acuerdo con mi querido Bolaño.
21/04/2005 19:15 Enlaza este artículo. Voy leyendo No hay comentarios. Comentar.

Tita

Cuando mi mamá era una niña, vivía en Betijoque, en los Andes venezolanos, con mis abuelos. Mi abuela contrató a una muchacha del pueblo para que ayudara a cuidar a mi mamá, que era muy tremenda. La muchacha se llamaba Clemencia, y tenía el pelo largo y negro y los ojos curiosos y vivaces.

Como mi mamá no sabía pronunciar su nombre, la bautizó Mencha, y Mencha comenzaron a llamarla todos. Mencha no se opuso a ese cambio de nombre, y mi mamá y ella pronto se hicieron inseparables. Se las veía por el pueblo, mi mamá delante y Mencha atrás, siempre defendiéndola cuando mi abuela llegaba a regañarla por sus tremenduras.

Un día mis abuelos decidieron trasladarse a Caracas. Mencha, por supuesto, fue con ellos. Por nada del mundo se hubiera perdido ella eso: Caracas era una ciudad de verdad, tan grande que casi parecía de mentira, con tranvía y casas de techos rojos y gente, muchísima gente. Desde entonces Mencha no se separó de mi familia. Acompañó a mi abuela y a mi mamá cuando murió mi abuelo, siendo mi mamá todavía una niña. También estuvo cuando ella empezó el colegio, y cuando fue a sus primeras fiestas, y cuando comenzó a estudiar en la universidad, y cuando se enamoró por primera vez, y por segunda. Y Tita también acompañó a mi mamá y a mi abuela cuando mi mamá conoció a mi papá, y cuando se casaron. También estuvo cuando yo nací, y cuando nacieron mis hermanos.

Cuando yo estaba muy pequeña me decían que Mencha era mi abuelita, así que yo le cambié el nombre una vez más y la bauticé Tita. De nuevo Tita no se opuso. Claro que entonces ya Tita no era la muchacha de pelo negro que había cuidado a mi mamá. Ahora el pelo lo tenía gris, y se lo recogía detrás de la cabeza en un pequeño moño. Usaba alpargatas que arrastraba contra el suelo y vestidos de flores, y unos lentes que le hacían los ojos más grandes y le daban un aspecto entrañable de osito de peluche.

Cuando mi abuela murió, Tita se trasladó nuevamente a los Andes para estar cerca de su familia, y se instaló en una vieja casa que había pertenencido a sus abuelos. Era la casa de una antigua hacienda de café, tan antigua que no tenía agua corriente y que hasta hacía muy poco tampoco había tenido luz eléctrica. Pero allí Tita era feliz. Siempre tenía algo que hacer: darle de comer a las gallinas, o cocinar esa cosas deliciosas que nunca más probaré: torta de plátano, unas sopas exquisitas, las arepas perfectas, el café con leche siempre en su punto. Y estas cosas Tita las hacía en el fogón, porque cocina eléctrica nunca tuvo, pero así las cosas sabían mejor.

Siempre que podíamos íbamos a visitarla. Nos sentábamos en la cocina para ponernos al día, en una mesa grande cubierta con un mantel de plástico de cuadros rojos y blancos, mientras su gallo favorito iba y venía y ella preparaba esas cosas ricas.

Tita murió hace unos años. Yo no pude ir al entierro porque estaba en Madrid, pero me contaron que fue precioso. Y es que a Tita la quería todo el mundo, era imposible no quererla, así que todos los niños del pueblo le llevaron flores, y los niños de los pueblos vecinos, y fue muchísima gente. A mí me hubiese gustado ir. Pero tampoco lo sentí demasiado, primero porque yo ya le había dicho a Tita todo lo que tenía que decirle antes de que se fuera, y también porque de alguna forma yo sentía que estaba presente en los niños que le llevaron flores. Como si en ellos volviera a ser niña. La niña que era cuando iba al parque de la mano de mi Tita.




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Abril 2005 | sopotocientos

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