sopotocientosFicciones, digresiones, desahogos y lo que surja |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2005. Resumen
Poniéndome al díaHan pasado muchas cosas en este mes - un mes, sí - que tengo sin escribir en mi blog. Lo más relevante para el caso es que, por esas cosas de la vida, de pronto se borró todo mi perfil de usuario de Windows: todo. Es decir mis mensajes, cuentas de Outlook, fondo de pantalla, preferencias, fotos... y mis documentos. Cuando lo descubrí estuve a punto de lanzarme por el balcón. Desde luego, y como suele ocurrir en estos casos, no había hecho ninguna copia de seguridad recientemente, por lo que no tenía respaldo de una cantidad de cosas, entre ellas - la más grave - mi novela. Entendámonos: llevo siete años trabajando en esta novela. No todos los días de esos siete años, ni todos los meses, pero en total son siete años y cinco borradores, uno de ellos terminado (caos absoluto), tres abandonados a la mitad, y el quinto, el definitivo, o eso espero; 34 páginas que son la niña de mis ojos. Y de pronto no estaba. Creo que el suicidio estaba más que justificado. Pero, como los milagros también existen, aparecieron los documentos por allí en una carpeta perdida, y ahora se puede caer el mundo, que yo tengo cinco resguardos de mi quinto borrador, cada uno guardado en un sitio de la casa distinto, y uno en la computadora de mi trabajo por si acaso mi casa se incendiara. Lo que nunca apareció fueron los e-mail y las cuentas de correo y alguna que otra minucia sin importancia. Estos percances informáticos me han mantenido alejada de mi blog. También han pasado otras cosas, pero eso lo dejo para después. El asunto es que aquí estoy otra vez. El poder de la memoria De Venezuela me traje varios libros que no encontraría aquí en España. Libros de autores venezolanos, como Eduardo Liendo (genial Pepín Spútnik, Alekos), o Milagros Mata Gil (un grato descubrimiento), o la gran Ana Teresa Torres. El por qué de la escasa presencia de escritores venezolanos en las librerías españolas es algo a lo que no me voy a referir aquí, pero ciertamente es un tema que preocupa. Recientemente tuve la agradable sorpresa de encontrar un libro de poemas de Hanni Ossott, Canto de penumbra, en una gran librería de Madrid, y es posible encontrar cosas de Arturo Uslar Pietri y Rómulo Gallegos, pero hasta ahí. En fin. Yo de lo que quiero hablar es del libro de Ana Teresa Torres, Doña Inés contra el olvido. De Torres había leído El exilio del tiempo, una novela hechizante y lúcida, y la más reciente Los últimos espectadores del Acorazado Potemkin, bastante intrigante. Pero ninguna como Doña Inés. Doña Inés es una mantuana del siglo XVI que narra desde la muerte las vicisitudes de su descendencia, y con ellas la historia de Venezuela a lo largo de tres siglos. Su voz es el hilo conductor que hilvana escenas inolvidables, episodios históricos, lugares y costumbres del pasado y el presente, y explica sin quererlo cómo hemos llegado a dónde estamos y por qué somos como somos. Es un libro muy hermoso, lleno de personajes lúcidos, y Doña Inés está tan llena de vida que a uno le provocaría cerrar los ojos y escucharla contando anécdotas como lo hacían mis tías abuelas cuando era niña. Como siempre que termino un buen libro, me ha costado mucho dejar a Doña Inés. Hay escenas que se han quedado conmigo para siempre, como la entrañable huida de la esclava Daría con la niña Isabel. Su ama Doña Isabel (viuda del nieto de Doña Inés), sus tres niños y ella están siguiendo a Bolívar, quien ha ordenado la evacuación de Caracas hacia oriente para escapar de las tropas de Boves. La situación es desesperada, los muertos se amontonan en el camino, no hay agua ni alimentos; Doña Isabel, que nunca en su vida había pasado trabajo, está muy débil. La esclava es fuerte, sin embargo. Dice Doña Inés en su narración: Daría en veinte años no ha tomado nunca una decisión, en veinte años no ha dicho nunca: yo quiero, yo deseo, yo propongo. En veinte años nadie le ha dicho nunca: qué quieres, qué propones, adónde vas. Sus manos han trabajado, su cuerpo se ha inclinado, sus labios han contestado respetuosamente las preguntas que otros han pensado, sus pies han marchado silenciosos sobre la tierra y han atravesado silenciosos los patios y corredores (...) Pero nunca antes ha tomado una decisión. Y la toma. Salta de la carreta con la niña en brazos. Durante varios días atraviesa con ella terrenos inhóspitos, hasta que llega a la hacienda de la familia en Curiepe. La niña Isabel es la única superviviente de su familia. En la hacienda, o en lo que queda de ella, sólo está el fiel mayordomo y algunos esclavos que no han querido huir. Daría cuida a la niña Isabel como si fuera suya. Pero ella sabe muy bien cuál es su condición, y cuando la niña tiene 12 años, Daría la lleva a Caracas y se la entrega a un cura amigo de la familia, para que la tome bajo su protección. La separación es dolorosa y triste, pero ¿qué otra cosa podía hacer Daría? Ya una vez le salvó la vida, ahora tiene que devolverla a la vida que le corresponde. Pero Isabel no la va a olvidar... El libro está lleno de historias semejantes, de esas que se te meten dentro para siempre. Una verdadera joya. Los objetosHace 9 años que me casé, 8 y medio que salí de Venezuela, 4 que me divorcié. Cuando salí del país con mi ex esposo, a quien llamaremos A., nunca pensé que no volvería. La idea era que cada uno hiciera su master, gracias a Fundayacucho, yo en Inglaterra primero y después él en España, y luego regresar al apartamento que habíamos dejado en Caracas, en La California Norte, con los muebles que acabábamos de comprar y la vajilla, bandejas de plata, jarras, portarretratos, candelabros, copas, vasos, ensaladeras, etc. etc. que habían sido nuestros regalos de boda, gran parte de los cuales permanecían en cajas esperando nuestro regreso. Pero el regreso no se produjo. De Lancaster nos vinimos a Madrid (con un mes de tregua en Caracas, mimados por las dos familias) y ocurrió que me fui enamorando de esta ciudad, y que vinieron las elecciones y ganó Chávez. Razones de peso para decidir quedarnos. En ese entonces, mi idea de pasar trabajo consistía en no poder ir al cine en Inglaterra porque el dinero de una beca era apenas suficiente para pagar el alquiler y la comida (a pesar de lo cual pudimos viajar por ahí, morral al hombro, durmiendo en hostales de estudiantes, cosa que a esa edad tiene su encanto). Pero incluso no poder ir al cine era divertido. Se trataba de una novedad, y a fin de cuentas, no iba a durar mucho tiempo. La vida entonces era un juego, pero poco a poco el juego se fue complicando. No teníamos papeles y no podíamos trabajar. Los ahorros menguaban, pero todavía teníamos a nuestras familias y en todo caso allá en Caracas estaba el apartamento esperándonos, si las cosas se ponían feas. Conseguí trabajo como profesora de inglés, no me pedían papeles así que ni lo pensé. Al final, y después de muchas vicisitudes que no vienen al caso, salieron los papeles, A. también encontró trabajo y las cosas poco a poco parecían empezar a tomar su rumbo de nuevo, a ir como siempre habían ido, es decir sin mayores dificultades. Pero fue entonces cuando nuestro matrimonio empezó a hundirse. Para qué entrar en detalles. Digamos que fue algo muy progresivo, como una lenta agonía, hasta que finalmente todo colapsó estrepitosamente. Para entonces, el apartamento de La California lo habíamos alquilado a unos amigos y mis suegros se había llevado a su casa las cajas con la vajilla, copas, bandejas, jarras, candelabros y todas esas cosas que en Madrid ni soñábamos con tener, porque no podíamos comprarlas y porque nos conformábamos con los platos de todo a 100 y no nos importaba que cada tenedor fuese distinto. Hacía rato que me había despedido de todas esas cosas a las que en realidad nunca di la menor importancia. Cuando nos casamos hicimos una lista de bodas porque era lo que había que hacer, pero en realidad siempre me dio igual comer con cubiertos de plata que de plástico. Así que esas cajas cerradas permanecieron en casa de mis ex suegros... hasta ahora. Las cajas llegaron por barco y fui a la casa que ahora A. comparte con su novia, a quien no conocía, para ver con qué me quedaba yo. A. y yo no tenemos más relación que la estrictamente necesaria, por decisión de él. Nuestro trato es cordial y yo siempre lo querré muchísimo, pero nunca podremos salvar el creciente abismo que nos separa. Supongo que es normal. Pero no deja de doler. La novia de A. es encantadora y nos ayudó a embalar las bandejas, jarras, tacitas de café. Había incluso un portarretratos con una foto de mi Tita, sus perros, mi hermana y yo. Cada uno de esos objetos tenía una historia que era nuestra, de A. y mía, y yo me sorprendí al recordar cada una de ellas – pero ahí estábamos, envolviendo cada objeto en papel y metiéndolos de nuevo en cajas para que yo me los trajera a la casa que comparto con Mariano. Ahora esas cosas están en mi pequeño piso del barrio de las letras, en donde nunca habían entrado objetos de plata, en donde los platos pertenecen a la casera. ¿Y qué hago yo con todo esto? He puesto las botellas de vidrio verde sobre una bandeja de pewter en la mesa lateral de la sala, junto a un candelabro de plata y una jarrita. La vajilla de diario sustituye ahora a la de la dueña del piso, convenientemente guardada en una caja en el clóset. Sobre la pared he colgado un precioso plato de pewter, enorme, y he tenido que quitar el cuadro que ahora desentonaba. Hay unas cuantas bandejas, un par de jarras y una heladera de plata que no he podido colocar y que esperan que las limpie y las guarde para cuando tenga una casa grande. Todas estas cosas – regalos de tíos, primos, amigos que estuvieron conmigo en un momento que fue importante – son parte de mi historia. Ahora han vuelto a mí, en otro momento de mi vida que también es importante, como si me las regalaran por segunda vez. El proceso creativo o el umbral de la locura Desde que Mariano se fue a Nueva York hace ya casi un mes, he estado metida de lleno en la escritura de mi novela, y me he dado cuenta de que no hay nada como la escritura para combatir la nostalgia. No es que Mariano no me haya hecho falta, pero esto de vivir una vida paralela es tan emocionante que a uno se le olvida el resto. Por ejemplo, uno de mis personajes, Santiago, se me esconde. Estoy segura de que guarda un secreto y no quiere que me entere. Sospecho que no es tan buena gente como yo pensaba. Eso me asusta. Por otra parte, hay otro personaje, Daniel, que entró de pronto en la novela y todavía no sé qué hace ahí. Yo lo observo y lo sigo, no me queda otra. Mientras tanto, todos los demás se van acercando peligrosamente al clímax y sufro profundamente por ellos. Los quiero mucho. Han estado conmigo durante mucho tiempo. Han aguantado mis periodos de sequía y mis periodos de indiferencia y todas las distracciones de estos casi siete años. Les debo algo. Les debo este libro. Si todo esto suena esquizofrénico, es porque lo es. Si voy más allá, solo un poco más allá, traspasaré el umbral de la locura - pero sólo puedo escribir desde ese lugar, ese preciso lugar en donde se funden ficción y realidad y ya no sabes dónde empieza una y dónde termina la otra y tampoco importa. La escritura es un oficio peligroso. Te obliga a pasearte por el lado oscuro. |
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