sopotocientosFicciones, digresiones, desahogos y lo que surja |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2005. Resumen
El regreso y la intemperiePasado mañana estaré en Caracas. ¿Qué siento? ¿Impaciencia? ¿Alegría? ¿Extrañeza? ¿Nostalgia? ¿Todo lo anterior? Siento esto: ya no creo en el concepto de patria. Sí, es verdad que hay cosas que extraño: la playa, sobretodo, la brisa del mar Caribe golpeándome el rostro mientras saboreo una cerveza fría, el azul. Las risas de mis amigos, aunque gran parte de mis amigos ya no viven en Venezuela; emigraron, como yo, buscando una vida mejor. ¿Y la encontraron? Esa es otra historia. Extraño los cachitos de jamón y poder pedir un marrón claro sin llegar a con leche y que me traigan exactamente lo que he pedido. El Ávila al fondo como silencioso testigo verde. Que los demás hablen como hablo yo (¿pero cómo hablo yo? ¿cuál es mi idioma ahora?) Extraño las cachapas con queso de mano y las arepas de pernil. Y ese no sé qué que tiene el venezolano y que por comodidad llamamos chispa. Pero la verdad es que llevo ocho años, ocho, sin estas cosas, y no he dejado de ser feliz. En realidad, para ser más exactos, he llevado estas cosas siempre dentro, y a lo mejor es eso lo que constituye la patria, un conjunto de recuerdos que uno siempre lleva consigo, y por eso patria es cualquier lugar en donde uno esté y sea feliz. Yo nací en Venezuela y Venezuela fue mi punto de partida, pero el mundo es muy grande como para quedarse en un solo lugar. A veces también siento que Madrid se me está quedando pequeño. Pero esa es otra cosa. El asunto es que tengo un poco de miedo. Me da miedo volver a Caracas y darme cuenta de que ya no tengo nada allá. Es como cuando te sueltas de la orilla y te quedas flotando sin nada a que aferrarte. Y en realidad así vivimos, ese es nuestro estado natural, porque cualquier orilla es falsa. Creemos que nos aferramos a algo sólido pero ese algo (un trabajo, una relación, un país) en cualquier momento desaparece, y entonces nos damos cuenta de que siempre hemos estado a la intemperie, y qué duro es darse cuenta. Venezuela es una dimensión paralelaHace una semana que volví de Caracas y creo que he necesitado todo este tiempo para digerir la vivencia. Soy un poco lenta, qué le vamos a hacer, pero es que fueron muchas cosas, y además, no he tenido el espacio suficiente (físico y mental) para pensar. De manera que este post llega un poco tarde, pero más vale tarde que nunca, ¿no? Si me pusiera a escribir una crónica, cosa que no voy a hacer, de mi día a día allá, se podría titular Crónicas de Macondo. Me voy a limitar a describir cómo hice para sacarme la cédula, que fue el propósito principal de mi viaje. Era algo iomportantísimo: tenía que recuperar me verdadero nombre después de haberme divorciado hace unos años. Creo que tengo mérito. En sólo dos semanas me saqué la cédula, la licencia y la licencia internacional, la partida de nacimiento y el certificado de antecedentes penales (para pedir la nacionalidad española), y el carnet de periodista (importante para entrar gratis a los museos). Primer encontronazo con la realidad: para saber dónde sacarse la cédula hay que tener una bola de cristal. Por esas cosas de la vida, me enteré de que había un operativo... en el 23 de Enero. Territorio vedado por lo peligroso: es difícil hacerle entender a una persona que no haya vivido en Caracas lo que significa aquello. Mariano, que es argentino, pensaba que estaba exagerando cuando le contaba por mail (creo que sospechaba que me había vuelto loca). Segundo encontronazo con la realidad: imposible comunicarla a la persona no iniciada. Me voy, pues, al 23 de Enero, donde no había estado nunca antes en mi vida. La absoluta división de clases que es tradición en Venezuela me parece un verdadero cáncer, y más después de haber vivido tanto tiempo en Europa, en donde esas divisiones no son tan insalvables. En Caracas yo siempre viví en el Este y me movía por esos lares, pero esa es sólo una pequeñísima parte de la ciudad, y agradecí la oportunidad de conocer el otro lado de la moneda- pero una cosa es cierta, y es que es un verdadero peligro internarse en esas zonas, y más si eres mujer y para colmo catira. Pero yo tenía que sacarme la cédula, así que me vestí para no llamar la atención y me fui. Me movía con la actitud de quien conoce el área a la perfección. Aprendí que la palabra que abre todas las puertas es "compatriota". Pero cuando llegué, resulta que ese día sólo estaban sacando la cédula a niños. Tercer encontronazo con la realidad: estas cosas no se pueden prever, hay que llegar hasta el lugar para enterarse. Cuarto - y sorprendentemente agradable - encuentro con la realidad: los funcionarios que se mueven en el 23 de Enero son la amabilidad personificada. Nunca un funcionario (ni venezolano ni español) me había tratado con tanta consideración. Nada de "ciudadano, documentación" ni cosas por el estilo. A pesar de ello, tuve que volver al día siguiente, pero tal y como me lo habían prometido, me pasaron sin tener que esperar por haber perdido el viaje el día anterior. Y no me pasó nada. Volví con mi cédula, que sí, parece de mentira, pero no importa, porque dice mi nombre y apellidos verdaderos. He recuperado mi identidad. Una posible conclusión a la que he llegado, después de tres años sin visitarlo, es que mi país no es otra cosa que una dimensión paralela. Y que no hay lugar para la nostalgia. A fin de cuentas sigue estando allí, no lo he perdido. Y es verdad, el concepto de patria se me ha quedado pequeño, pero siempre es bueno volver al punto de partida, siempre es bueno recuperar imágenes queridas, sabores, afectos. De eso se trata, supongo. Creo que ahora estoy bastante más en paz con mi vida fuera, con la vida que yo elegí, y lo estoy, paradójicamente, después de haber recuperado ese pedazo de tierra que a fin de cuentas nunca he perdido. Últimas tardes con Teresa Hace una semana que terminé de leer este libro (por recomendación de Bolaño en su libro Entre paréntesis) y no he podido abandonar el fascinante mundo creado por Juan Marsé. Pocos libros se me han metido tan adentro como éste, la historia de Manolo Reyes, alias el Pijoaparte, un delicioso ladrón de motocicletas en la Barcelona de los 50, descarado y canalla, que se enamora de Teresa, una muchachita de la alta sociedad, estudiante de izquierdas, rebelde e idealista como sólo puede serlo quien lo tiene todo. El Pijoaparte ve en ella todo aquello a lo que él aspira, la comodidad y sobretodo el prestigio de una clase a la que él jamás podrá pertenecer. Teresa, en cambio, ve en el Pijoaparte a un rebelde como ella, pero uno de verdad: se hace a la idea de que Manolo es un obrero comprometido con la lucha política, y su mundo le parece lleno de colorido y brillo, en contraste con el mundo rígido, de ideas fijas, en el que vive su familia. Ambos aprenderán que las cosas no son lo que parecen, mientras todas aquellas proyecciones que el uno ha puesto en el otro casi se diluyen para dejar paso al verdadero yo, a la persona. En un momento del libro dice Marsé que Teresa todavía no se había dado cuenta de que había sido seducida por un hombre y no por una idea (cito de memoria porque no tengo el libro a mano). Yo creo que en realidad nunca llega a darse cuenta del todo. Está cerca de darse cuenta, ambos están cerca de tocarse el uno al otro, pero todo se trastoca cuando precisamente esa realidad, deslucida y cruel, juega su papel definitivo en las vidas de Manolo y de Teresa, devolviéndolos al lugar que les estaba destinado, porque no podía ser de otro modo. Llegar al final de este libro es enfrentarse a un lúcido, pero para mí doloroso, retrato de la sociedad. Pocos personajes me han hecho sufrir tanto como el entrañable Pijoaparte. Quisiera poder imaginar un mundo en el que estas historias fueran posibles, pero ese mundo no existirá jamás. A veces pienso que la lectura es para mí un placer masoquista. Sufro más con los personajes que amo que con la vida real. Sufrir así, con libros como este, es una verdadera delicia. |
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