
—Espejito espejito, ¿hay alguien en todo el mundo que sea más arrecho que yo?
El espejo le devolvió al dictador su propia imagen engalanada, y repitió las mismas palabras de todos los días:
—No, mi Comandante. No hay nadie en todo el mundo que sea más arrecho que usted, se lo aseguro.
—Ya lo sabía —murmuraba el dictador, se acomodaba la corbata y se iba a pelearse con el enemigo de turno.
El espejo esperaba a escuchar el portazo y luego reía, reía, reía a carcajadas.