sopotocientos

Ficciones, digresiones, desahogos y lo que surja

Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2009.

Resumen

Segunda temporada

Todo empezó hace poco más de un año.

De un día para el otro no pude volver a escribir. Simplemente no venían las palabras. Tenía el cuerpo raro, la vida pareció ponerse patas arriba de pronto. Todo me molestaba. Me daba asco las música que siempre había escuchado, lo que antes me producía placer de pronto sabía a vacío; ya no sabía quién era. Todavía no lo sé del todo, pero esa es otra historia.

Mi mundo entero había cambiado aún antes de saber que había cambiado. Un grupo de células se reproducía rápidamente dentro de mí, en silencio. Sabían exactamente lo que debían hacer aunque yo ni siquiera sospechaba de su existencia. Y necesitaban toda mi energía, necesitaban aquello —no sé qué nombre darle— con lo que yo armaba mis otras criaturas, las hechas de palabras. A fin de cuentas, se trataba de una criatura de carne y hueso.

La criatura ya está aquí. Fuera de mí. Otro. Tiene cara y ojos y voz. Sabe exactamente lo que necesita y lo pide. Estoy a sus pies. Desde que llegó y hasta ahora mi única ocupación ha sido atenderlo, aprender de él, enamorarme. Pero las yemas de mis dedos ya quieren tamborilear, las criaturas que quedaron suspendidas en el limbo entre la idea y el papel se me aparecen en sueños, me reclaman. Ya es hora de volver a ellas, aunque sólo sea en los momentos en que mi niño duerme.

Por eso retomo el blog. No sé con cuánta frecuencia podré publicar, sólo sé que necesito escribir. Así que aquí estoy de nuevo. Gracias a quienes han seguido visitándome a pesar de este año de silencio.

 

06/06/2009 23:33 Autor: Vivian Watson. Enlaza este artículo. Tema: Día a Día Hay 2 comentarios.

Problemas con Blogia

Desde que me propuse retomar el blog he tenido muchos problemas para entrar en Blogia. Por la noche, que es el único momento en que puedo escribir, es imposible acceder, y durante el día la cosa no mejora mucho. Por eso quiero cambiarme a otro proveedor, el que sea. Mientras averiguo cómo hacerlo procuraré seguir publicando aquí, pero si no lo consigo ya saben que es por causas ajenas a mi voluntad. Gracias por su paciencia.

12/06/2009 18:09 Autor: Vivian Watson. Enlaza este artículo. No hay comentarios. Comentar.

Las Caperucitas y el lobo

Yo tendría unos siete años cuando mi mamá nos metió en clases de ballet a mi hermana y a mí. Mi hermana era delgada y ágil. Yo era gordita y torpe y odiaba el ballet. Con todas mis fuerzas. Todas esas niñas con sus mallas rosadas y sus lacitos en las cabezas. Tanto tul y mete el pompis y un dos y un dos. Eso no era para mí: yo quería ser varón y jugar a la guerra, a policías y ladrones, a ser Supermán y encaramarme en los árboles y llenarme de tierra sin que me regañaran porque me había ensuciado el estúpido vestidito de fiesta. Pero qué aburrido es ser niña y tener que caminar no sé cómo y decir no se qué y sentarse con las piernas cerradas, Vivian, que eres una señorita. Por eso, cuando la profesora nos dijo que para el acto de fin de curso representaríamos la historia de Caperucita en danza y quién quiere ser Caperucita, yo fui la única niña, la única, que no levantó la mano. Porque yo quería ser el lobo. Quería poder perseguir a ese montón de niñas tontas que se sabían tan bien sus pas de deux. De haber podido, las hubiese devorado.

 Ese día hubo catorce Caperucitas Rojas y un lobo gordito. Las Caperucitas iban todas de  rojo pero yo no tenía disfraz de lobo, así que me pusieron una “cola”: una de esas plumas ridículas que usábamos en las clases y que una de las maestras fijó a mi joven pompis. Pero aquello no me preocupó en lo más mínimo, porque pronto estaría corriendo detrás de esas ridículas promesas de mujercitas, ¡y hasta podría gruñirles!

 Los padres estaban invitados. Cuenta mi mamá —lo confesó tiempo después, cuando yo ya era grande y no había peligro de que una revelación semejante menoscabara para siempre mi autoestima— que al verme allí, con mi cuerpo regordete enfundado en esas mallas y arrastrando la cola-pluma, corriendo torpemente detrás de ese ejército de caperucitas que chillaban (qué pronto habían aprendido las sutilezas de lo mujeril), no pudo aguantar la risa. Lo intentó y no fue capaz. Tuvo que salirse para reír a rienda suelta lejos de mi alcance y protegerme así de esa humillación. Qué triste. Qué triste que hasta la propia madre se ría de uno en tan miserables condiciones. Tengo que confesar, sin embargo, que no la culpo. Probablemente yo habría hecho lo mismo.

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23/06/2009 20:05 Autor: Vivian Watson. Enlaza este artículo. Hay 3 comentarios.




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Junio 2009 | sopotocientos
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