sopotocientosFicciones, digresiones, desahogos y lo que surja |
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Día a Día. Segunda temporadaTodo empezó hace poco más de un año. De un día para el otro no pude volver a escribir. Simplemente no venían las palabras. Tenía el cuerpo raro, la vida pareció ponerse patas arriba de pronto. Todo me molestaba. Me daba asco las música que siempre había escuchado, lo que antes me producía placer de pronto sabía a vacío; ya no sabía quién era. Todavía no lo sé del todo, pero esa es otra historia. Mi mundo entero había cambiado aún antes de saber que había cambiado. Un grupo de células se reproducía rápidamente dentro de mí, en silencio. Sabían exactamente lo que debían hacer aunque yo ni siquiera sospechaba de su existencia. Y necesitaban toda mi energía, necesitaban aquello —no sé qué nombre darle— con lo que yo armaba mis otras criaturas, las hechas de palabras. A fin de cuentas, se trataba de una criatura de carne y hueso. La criatura ya está aquí. Fuera de mí. Otro. Tiene cara y ojos y voz. Sabe exactamente lo que necesita y lo pide. Estoy a sus pies. Desde que llegó y hasta ahora mi única ocupación ha sido atenderlo, aprender de él, enamorarme. Pero las yemas de mis dedos ya quieren tamborilear, las criaturas que quedaron suspendidas en el limbo entre la idea y el papel se me aparecen en sueños, me reclaman. Ya es hora de volver a ellas, aunque sólo sea en los momentos en que mi niño duerme. Por eso retomo el blog. No sé con cuánta frecuencia podré publicar, sólo sé que necesito escribir. Así que aquí estoy de nuevo. Gracias a quienes han seguido visitándome a pesar de este año de silencio.
Mudanzas, de Eugenio Montejo![]() Mudanzas por el mar o por el tiempo,
MaravillosoHace cosa de un mes estuve en Caracas, pero no quiero hablar de lo espantosa que encontré a la ciudad, de lo sucia y descuidada que está, de la sequía y el tráfico y esa sensación de posguerra. Mejor recordar, para reír un poquito (o para llorar, según como se vea la cosa), la entrega de cierto premio literario patrocinado por una marca de bolígrafos de lujo en la que me colé por acompañar a un amigo periodista, y en la que proliferaban actrices de telenovelas con traje largo y panqué y galancitos de gomina y sonrisa Pepsodent, un despliegue de tetas operadas y trajes de diseñador. Yo, evidentemente, como buena expatriada, no tenía idea de quiénes eran todos esos famosillos, pero era muy fácil distinguirlos entre la gente común —léase los finalistas a los premios, sus acompañantes, y nosotros, los de prensa, siempre tan desaliñados—: bastaba con que te recordaran a la Barbie y a su Ken. Por lo del plástico, digo. Si alguien te recordaba a la Barbie y a su Ken, ya sabías, cuán honor, que estabas ante uno de ellos. Claro que los flashes también ayudaban. Total, que empieza la cosa y, tras las presentaciones de rigor —a cargo de una famosita para quien todo era «maravilloso»—, los diez finalistas leen sus textos. Algunos eran muy buenos, excelentes incluso, otros no tanto, pero todos tenían algo en común: eran verdaderos. Qué contraste. A alguna lectora incluso le tembló la voz al micrófono mientras, literalmente, desnudaba el alma frente a la audiencia, leyendo con envidiable honestidad una carta dirigida a su nieto autista. Hace falta valor para hacer algo así. Y yo la escuchaba sentada en los escalones —los de prensa nunca tenemos asientos, claro— y me preguntaba si entre aquellos dos mundos que se habían congregado allí esa noche podía haber alguna forma de comunicación. Mi teoría es que no. Porque cuando todo terminó y yo salí a perseguir a mi amigo que perseguía a la presentadora que perseguía a los famosillos para entrevistarlos, y todos tenían el mismo discurso —«una noche maravillosa», «una iniciativa hermosísima», «un arte tan sublime como es la literatura»— y, cosa habitual, matamos el asunto en diez minutos y nos dedicamos a paladear el whisky 18 años que unos mesoneros impolutos repartían en bandejas, me di cuenta de que los dos mundos no llegaron a mezclarse en toda la noche. Los ganadores eran lo de menos. La gente común no vende titulares. Pero a ellos les daba igual. Habían leído su texto frente al público y habían ganado: eso era lo importante. Después volverían a sus vidas, sus trabajos, sus estudios, alguno —ojalá— a empeñarse en nadar contra la corriente y seguir escribiendo, y se borraría el recuerdo de la noche de la misma forma en que, dentro de un par de años o así, nadie se acordará del nombre de esos famosillos, cuando otros acaparen los titulares y ellos se conformen con asistir a eventos como estos para creer que siguen brillando aunque ya nadie les tome fotos. 2666: Bolaño a escena![]() Cuando hace meses leí que Àlex Rigola se disponía a llevar a escena la inmensa –por extensión y calidad– novela póstuma de Roberto Bolaño, 2666, pensé que aquello era imposible: demasiadas historias, demasiados detalles, demasiado todo. Una locura, en fin –se trataría de una adaptación muy libre, claro: más que una adaptación, una obra independiente inspirada en el libro, me dije. Pero Rigola y Pablo Ley no sólo han respetado la novela con una rigurosidad que, desde mi admiración por Bolaño, agradecí en el alma, sino que además lo han hecho con una maestría que me dejó en un estado de agitación del que todavía no salgo. La vi anoche, en el Matadero de Madrid: cinco horas de función que transcurren como un soplo, con momentos que literalmente cortan la respiración. La magnífica puesta en escena se sirve de lo literario, como no podía ser de otra forma: se han respetado las cinco partes de las que se compone la novela, y el lenguaje también se ha mantenido en la medida de lo posible, un gran acierto. En cuanto a las actuaciones, impecables. Magnífico Joan Carreras (en la foto) en el papel del esquivo escritor Benno von Archimboldi, el hilo que conecta las cinco partes del libro y de la obra, y Andreu Benito en la parte de Amalfitano, por no hablar de los demás actores. En fin, no sigo porque me emociono. La obra se presenta en Madrid hasta el 2 de marzo. Absolutamente indispensable. 27/02/2008 21:53 Autor: Vivian Watson. Enlaza este artículo. Tema: Día a Día No hay comentarios. Comentar. Los afectos anónimos![]() La muchacha es preciosa, de piel muy blanca y ojos azules, pero no es la típica «niña mona». Sus rasgos son bien definidos, denotan carácter. Si yo fuera captador de modelos, o como sea que se llaman esos señores, ya le habría dado mi tarjeta. Coincidimos todas las mañanas, en la línea 5 del metro, primer vagón. De tanto encontrármela le he inventado una vida. No ve mucho a sus padres, no es muy buena estudiante, le gusta el deporte y la música. Un par de estaciones más adelante sube él, un chico alto, moreno, con el pelo levantado con gomina y una argolla en una oreja, detalles que no empañan su cara de buen muchacho, de portarse bien. No sé por qué, pero se nota que tiene atrás una mamá, una familia: mira con los ojos de los niños que han sido arropaditos por las noches. A ella se le ilumina el rostro. Se saludan con dos besos y ya se están riendo. Ambos tendrán unos 16 años y van con sus mochilas camino al instituto. Algunas veces interrumpo a Sabina en mi mp3 para espiar su conversación: hablan de profesores, de amigos comunes, intercambian anécdotas y bromas. Hoy, por fin, los vi de la mano, ella apoyando la cabeza en el hombro de él, y lo celebré en silencio. Esta vez no le di a «pause», para qué. Pero me hubiese gustado que supieran que allí, en ese vagón repleto de trabajadores trasnochados, tenían una cómplice secreta, anónima, perdida entre la muchedumbre adormilada, para quien, a partir de entonces, el día fue un poco más viernes. Gajes del oficio (o un ejemplo de cómo sobrevivir a la rutina)![]() Una calle antes de llegar al portal de mi alumno, en Lavapiés, algo zumba en mi bolsillo. El móvil. Mensajito: «¿Habíamos quedado el miércoles?» Hoy es lunes. No, no habíamos quedado el miércoles. Habíamos quedado hoy. Llamo a mi alumno por no dejar, pero ya sé que he perdido el viaje. Sí, claro, Marcelo: una confusión, no pasa nada, no te preocupes, nos vemos el miércoles. Tampoco es tan grave. Vivo en Huertas, a diez minutos de aquí. Pero es que los del mediodía tampoco avisaron a tiempo que se suspendía la clase y habiendo podido almorzar tranquilamente en mi casa me zampé un kebab en diez minutos, que era el tiempo que tenía para comer si quería llegar a tiempo a la clase que al final no tuve. No estaba mal del todo el dichoso kebab, vale, pero entendámonos: no hay nada tan poco glamoroso como comerse una cosa de esas en diez minutos y quedar con las manos y la barbilla pegajosas de salsa. Y no te dan cubiertos. ¿Cómo pretenden que uno se meta eso en la boca? Es peor que los perrocalientes de la Calle del Hambre, allá en mi natal Caracas, tiempos aquellos de urgencia y pelazón. En fin. No hubo clase, no tuve clase en toda la tarde, y en lugar de aprovecharla (la tarde, digo) me puse a preparar la clase de la noche, que tampoco tuve. Así que allí me vi, frente al portal de mi alumno que no se encontraba en su piso de Lavapiés, preguntándome qué carajo hacer ahora: podía entrar en cualquier bar y ahogar mi mal humor en una copa de vino, o darme una vuelta por el barrio, oloroso de especias exóticas e idiomas que no entiendo, como viajar sin salir de mi ciudad. O podía decirle a Mariano que me invitara a una cerveza, o caminar los diez minutos que me separaban de mi casa y hacer algo productivo con mi tiempo, como por ejemplo trabajar en la novela. Y por esas cosas del sentido del deber y esas chorradas, opté por eso último. Lo que es la vida: terminé escribiendo esto. Al menos de catarsis ha servido, aunque no estoy segura si le deba las gracias al hecho de haber escrito este post (o lo que sea que ha resultado ser al final), o a la media botella de vino que llevo, y que, por cierto, me regaló un alumno. Uno más considerado. Qué más da: funcionó. Por lo pronto, salud. Clemencia Toro de Aponte, in memoriamNos dejaba ayudarla a amasar las arepas, las manos pegajosas de masa blanca que nos llevábamos a la boca en cuanto se daba vuelta, niñitas, no se come la masa cruda, que les va a dar dolor de barriga, y nosotras volvíamos entre risas a nuestras creaciones, encaramadas en sendas sillas para poder llegar a la encimera, hacíamos arepas cuadradas, alargadas, con forma de caracol, con caras —sonrientes, malhumoradas, tristes—, y Tita las cocinaba junto a las de verdad y después nos la servía convertidas en masa tostada que en nada se parecía a nuestra idea original, pero daba lo mismo: Virgi y yo nos las comíamos con la satisfacción de saber que eran hechas por nosotras, Tita, ¿verdad que ya sabemos cocinar como tú? Y Tita nos enseñaba las llagas de sus dedos —¿por qué se quemaba tanto? ¿no veía bien?—: muchachitas, no es tan fácil, miren lo que hace la candela, y le dábamos besitos convencidas de que así se le curaban, Tita, ¿verdad que ya no te duele? Una vez se quedó a dormir en nuestro cuarto y a las cuatro de la mañana quería levantarnos para ir al colegio, porque ya había cantado el primer gallo. Toronto. Toronto se llamaba el gallo que, muchos años después, se paseaba orondo por su cocina de los Andes cuando íbamos a visitarla ya con los maridos y que acudía como un perro cuando Tita lo llamaba. Al año siguiente Toronto no apareció. ¿Y Toronto, Tita? Ay, si vieran qué rico quedó ese sancocho. Ah Tita. Las alpargatas sonando ras ras con cada paso. El pelo largo recogido en un moñito que se volvió gris tan rápido. Los lentes de culo de botella que te hacían tan grandes los ojos y te ponían tan linda, Tita. Los vestiditos de flores. Las manos arrugadas. Y lo chiquita que te fuiste quedando con los años, siempre ras ras de un lado a otro, insistiendo en batir los huevos para hacerme una torta de plátano porque era mi cumpleaños y tus sobrinas no querían verte trabajar y tú de mal humor, carajo, que te dejaran hacer tus cosas, pues. Y el ras ras sonando todavía en esa casa que ya no existe y a la que sin embargo me empeño en volver, una y otra vez, para despertar a mis muertos, y me paseo contigo por sus corredores de ceniza, Tita, Mencha, Clemencia. Siete años y sigue tan viva tu huella. AtrabiliarioEn el colegio nos acercó el amor por los libros y el cine y la música y el entusiasmo de cada nuevo descubrimiento: un poeta, un documental, una canción. Intercambiábamos libros y discos y sueños. Casi siempre era ella la que me introducía en esos nuevos mundos. Gran parte de mi cosmología proviene de lecturas, ideas, películas sugeridas por ella. Era natural que María Gabriela terminara siendo poeta. Lo que nunca imaginé es que nos encontraríamos en Madrid, por pura casualidad, después de habernos perdido la pista. Pero aquí estamos, y cuando la vi cantar en un escenario, con su grupo, Beats in the Belfry, sólo pude pensar en los dieciséis años que nunca hemos dejado de tener —no, Gabi, tú tampoco— y en aquellas ganas urgentes de hacer precisamente lo que estamos haciendo ahora: escribir, cantar, crear. Porque lo más fácil siempre es dejarse llevar por la burocracia, el prestigio, las cuentas por pagar, el tráfico, las colas del supermercado, el trabajo, las horas extra. Lo más fácil es creerse la excusa de que no hay tiempo, no sirvo, no puedo. Por eso me siento tan orgullosa cuando veo los poemas de Gabi, las fotos de Alekos, los cuentos de Claudia, los guiones de Leo, e incluso el plan de negocios de Mariano: porque yo sé lo cabeza dura que hay que ser para hacer todas esas cosas cuando la cotidianidad siempre conspira en contra. Y porque yo pertenezco al mismo batallón de mis amigos artistas, y sé que no hay que ser un genio ni un superdotado ni nada que uno no sea ya. Sólo hay que tomárselo en serio. No hay nada más urgente que perseguir los propios sueños. Lo demás es una muerte en vida. Todo esto era para decir que Gabi acaba de abrir su blog, Camille Claudel![]() Porque soy incorregible, esperé hasta el último día para ir a ver la muestra de Camille Claudel en la Fundación Mapfre, y es una lástima, porque esta es de las exposiciones que se deben visitar varias veces. No sabría describir qué es lo que me produce la obra torturada, increíblemente expresiva, de esta artista francesa. Decir que me abre en canal es una aproximación torpe, por no decir cursi. Tal vez sea por la gran fuerza que se desprende de cada figura, su movimiento, la caída de las telas, la expresión de esos rostros vivos, la vida que recorre esos cuerpos, la precisión de los detalles. Esos dos amantes en cualquier momento se dejan llevar por la urgencia del abrazo y continúan reconociéndose, ajenos a nuestros ojos. Y aquellos dos, los que bailan: casi esperas que terminen la pirueta y se besen. Pero además está la leyenda, hasta cierto punto inseparable de la obra: la aprendiz y amante de Rodin, que nunca dejó a su otra mujer, Rose Beuret, la crisis depresiva en la que se sumió Camille tras la ruptura con él, cuando se encerró a esculpir obsesivamente para luego destruir la mayor parte de su obra, el consecuente encierro en un sanatorio, en donde su familia la recluyó hasta su muerte, treinta años después, sin permitirle esculpir en todo ese tiempo. No logro imaginarme el dolor de esa muerte en vida. Y pienso en la figura suplicante de «La edad madura», la joven desnuda y de rodillas, humillada. Imposible permanecer indiferente mientras se contempla ese instante paralizado en el tiempo. Desde entonces no me desprendo de esa imagen, que está ahí, como acechando, una pieza de la utilería al fondo de un teatro vacío. No sé en qué quiere convertirse. Ya me lo revelará.
¡No!Es muy difícil escribir desde la desesperanza, ese terreno baldío, pero voy a hacer el intento porque hoy es el día de acción bloguero para opinar sobre la reforma de la constitución venezolana, y aunque en este espacio me suelo dedicar a temas que me son más afines, lo que está pasando en mi país es demasiado grave como para dejarlo de lado. El nuevo texto contempla, entre otras barbaridades, la suspensión de las garantías constitucionales en estado de excepción (art. 337), incluyendo el derecho a la información y al debido proceso, y la concentración del poder en manos del Presidente (art.236), además de comprometerse con una ideología única al hablar de Estado Socialista. En otras palabras, una carta blanca al totalitarismo. Pueden descargar el texto completo de la reforma aquí, y leer el análisis detallado elaborado por Kareta, Lycette Scott, y, desde el chavismo, por Manuel Miranda. Pero la blogósfera está llena de comentarios, análisis y opiniones sobre el tema. Que cada quien saque sus propias conclusiones. El próximo 2 de diciembre se llevará acabo el referéndum. Aunque no soy demasiado optimista en relación a este asunto, tampoco estoy de acuerdo con quienes promueven la abstención. Es verdad que el proceso se ha llevado a cabo de manera irregular, pero creo que no votar es darle un argumento más al régimen. Yo, por mi parte, estaré allí, haciendo mi cola, observándolo todo, rezándole a un dios mudo. Digo yo...![]() ¿Por qué será que, cuando me voy a poner a trabajar en la novela, se me ocurren de pronto quince mil cosas que podría hacer en su lugar? Y peor aún, ¿por qué será que de esas quince mil cosas me pongo a hacer la más irrelevante, como si en ello se me fuera la vida? La resistencia a veces se siente como un muro de hormigón que tienes que derrumbar armado únicamente con un martillo. Suficiente. Me voy a mi muro. Los minicuentos del dictador: 0 Por más que el dictador llamaba a la montaña, la montaña –esa insolente– no se movía. Al día siguiente el dictador promulgó una ley que prohibía todas las montañas en el territorio nacional. Hubo manifestaciones a favor (las manifestaciones en contra estaban prohibidas), marchas, conciertos gratuitos en pro de la erradicación de esas enemigas de la soberanía. «Por un país plano», era la nueva consigna.Las montañas ni se inmutaron. Tan lejos y tan cercaYa sé que había prometido no hablar más de política, pero es imposible obviar todo lo que está pasando en Venezuela. Imposible no hacerse eco de las multitudinarias protestas estudiantiles, imposible ignorar a esos muchachos, el animal dormido que ha despertado de pronto y que es imparable, que desde hace una semana se ha estado enfrentando a la represión policial, la cárcel, los perdigones, las bombas lacrimógenas, los cañones de agua y las agresiones de motorizados chavistas que han querido arruinar las protestas pacíficas arengando a esos muchachos valientes —universitarios y estudiantes de bachillerato de todos los sectores— con el discurso agresivo, pobre y soez que tanto le gusta a Chávez. Mientras todo esto sucede allá, en ese país mío doliente y convulso, pero todavía vivo, todavía en pie, todavía resistiéndose a los caprichos de un dictadorzuelo soberbio, aquí en Madrid se avecina el verano y la gente ya tiene la cabeza puesta en las vacaciones. Este es otro planeta. Lógico. Pero yo, que vivo aquí, me muevo a otra velocidad, como si habitara un mundo paralelo. Porque mi mente está en Venezuela. No dejo de pensar en lo que está pasando. Y es tan raro andar por la Gran Vía o por Fuencarral o por cualquiera de estas calles en donde la gente estrena camisetas y sandalias y no teme que les arrebaten los derechos elementales, ni que los maten los ladrones, ni nada de esas cosas tan familiares para los venezolanos, y que andan preocupados únicamente por pagar la hipoteca y las vacaciones, y por las cosas cotidianas de cualquier persona que vive en un país libre, que ya con eso tienen bastante. Yo en cambio vivo en un mundo distinto. Y no sé cómo describir la emoción que siento al pensar en esos muchachos que han salido a defender lo que les corresponde por derecho, la libertad de expresarse, de disentir, de vivir en un país que no se rija por el capricho de una única persona, encima despótica y arrogante. Me siento muy orgullosa. Son muchachos lúcidos, muy bien organizados, con un discurso coherente y bien estructurado —tan distinto al de Chávez y al de la oposición, que nunca ha sabido estar a la altura—, un ejemplo tanto para el oficialismo como para esa oposición mediocre que tantos errores ha cometido. Bravo por ellos, porque ellos sí están representando a la mayoría de los venezolanos, los que no queremos que nos callen.
Buenos días, mordazaEl inminente cierre de Radio Caracas Televisión, el primer canal venezolano, que tendrá efecto a partir de las 12 de la noche de hoy, es el golpe más duro que se haya dado a la libertad de expresión en Venezuela desde que se instauró la democracia. Y eso es algo grave. Muy grave. Hace tiempo ya que Chávez, con esa forma de gobernar al país como si fuera su hato personal, se reveló ante el mundo como el tirano que es, desenmascarándose; pero esta decisión arbitraria de no renovar la licencia de un canal de televisión que lleva 53 años en el aire, para así castigarlo por su postura abiertamente crítica hacia el gobierno, es la coronación de un régimen autoritario, caprichoso y megalómano. Esta es la única nota política que voy a permitirme en este blog, que se ha ido decantando hacia temas menos trágicos, pero como periodista y como venezolana, no puedo dejar de pronunciarme. Pienso sobre todo en los trabajadores de RCTV, en tanta gente que se queda ahora en la calle. ¿Qué pasará con ellos? Mientras tanto, Chávez y sus secuaces se dedican a dar brinquitos en el Teresa Carreño, en el mismo espacio en el que, años ha, tuve la fortuna de ver a Marcel Marceau, Julio Bocca y tantos otros. Qué triste, Dios mío.
![]() A modo de explicaciónEl despertador suena a las 6:10 am pero casi siempre me quedo un rato más en la cama, alargando el momento de salir al frío de la sala, y después de escribir mis páginas de la mañana y de hacer el poquito de Chi Kung que me permite terminar de despertarme hasta de buen humor (sí, una maravilla, el Chi Kung), ya el día se me viene encima: el autobús, el metro, las clases, las traducciones esas aburridísimas con las que me gano la vida, más corredera, un par de esos chocolates de dieta que se supone que quitan el hambre aunque en realidad sólo la disfrazan durante un tiempo aproximado de treinta minutos y enseguida ya quieres comerte un caballo, pero que al menos sirven para que no te suene la barriga en medio de la clase de inglés con el gerente general de alguna empresa muy seria e importante, más clases, y de nuevo el autobús y una manzana y llegar a mi casa para empezar el trabajo no remunerado pero verdadero, ese que hago por pura terquedad, y luego llega Mariano y ya se acabó el día y todo empieza otra vez. En pocas palabras: que estoy, pero a duras penas. Por eso hace tanto que no me aparezco por aquí. Mis disculpas a los que han seguido visitándome. 16/03/2007 18:46 Autor: Vivian Watson. Enlaza este artículo. Tema: Día a Día No hay comentarios. Comentar. Ya pueden bajarse las canciones de SopotocientosDespués de postear el artículo sobre las canciones de Sopotocientos, mucha gente de Venezuela me escribió para decirme que no les funcionaba el link ed2k. Pues bien, mi amigo Emiliano, el mismo que se tomó la molestia de digitalizarlas, las ha colgado en su página para que todos puedan acceder a ellas. Las tienen aquí. El otro día me di un verdadero banquete escuchando las canciones y viajando en el tiempo. Espero que ahora la gente que está en Venezuela pueda hacer lo mismo. ¡Salud! Sopotocientos amigos...![]() Escribo ahora desde mis 5 años, botas ortopédicas y todo, que se resbalan un poco sobre el piso de mármol impecablemente pulido. Me gusta deslizarme por el suelo con mis botas, pero es mejor cuando estoy en medias, sólo que no me dejan andar en medias por ahí. La ventana de la sala está poblada por las ramas del árbol de flores rosadas que parecen hélices de helicópteros y que, de hecho, Virgi y yo arrancamos para hacerlas caer girando sobre sí mismas, una y otra vez, y es divertido verlas caer desde la ventana hacia el jardín. Una vez encontramos una enorme tela de araña en las ventanitas de la escalera, y allí, agazapadita, estaba la araña negra de larguísimas patas esperando a su próxima víctima. Nos daba miedo, pero también curiosidad, y nos sentamos a esperar que cayera una mosca en la tela sólo para ver cómo la araña la devoraba, pero esperamos y esperamos y no venía ninguna mosca y era un poco aburrido. Siempre es mi papá el que pone el picó. A mi papá ya le llego un poco más abajo de las rodillas, pero dentro de muy poco le llegaré a las rodillas y de todos modos siempre le gano cuando jugamos a Popeye, y yo siempre soy Popeye, claro, y Virgi Olivia y mi papá es Brutus que se lleva a Virgi en brazos por toda la sala y yo lo persigo y le doy puños detrás de las piernas y él grita no, no, y baja a Virgi sobre el sofá y yo la salvo y Virgi grita. Pero cuando mi papá pone estas canciones nos ponemos a cantar Virgi y yo. Claro ella es más chiquita y no se las sabe tan bien, pero yo la ayudo. Sobre todo me gusta la de “peligro”: Hay una palabra que se llama peligro/ hay otra que se llama confiar/ cuando haya peligro/ tienes que alejarte/ y si no te alejas/ te puedes dañar”. Ya yo sé que en la cocina hay peligro y que hay que no acercarse porque uno se quema, como Tita, que tiene todos los dedos quemados, y yo le doy besitos para que no le duela. Tita nos lleva al parque y nos enseña el hueco por donde se mete el morrocoy, aunque yo nunca lo he visto, Tita dice que cuando sabe que hay mucha gente no sale y que hay que quedarse calladito para que se asome, pero yo me quedo calladita y no se asoma. Los morrocoyes son muy raros. Otra canción que me gusta es esta: “Si me tapo los ojos/ no te puedo mirar/ si me tapo la boca/ no te puedo hablar…” Esa es facilita y yo se la canto a Mamama cuando sube, y le pido que cante conmigo pero ella no quiere, y Virgi no se la sabe todavía, es muy chiquita, así que tengo que cantar yo sola, cuando uno se hace grande tiene que hacer las cosas sola. …Emerjo de ese pasado al que he vuelto, cual magdalena de Proust, gracias a un nuevo amigo, Cicuta33, a quien le estaré eternamente agradecida por haber tenido la paciencia de pasar a digital todas y cada una de las canciones de Sopotocientos, incluida la portada y las letras de las canciones, y sobre todo por haber sido tan generoso de colgarlo todo en la red y enviarme el link ed2k. Los lectores nacidos en los 70 en Venezuela saben de qué estoy hablando y lo tripearán tanto como yo. Lo tienen aquí. (Nota: Parece que desde Venezuela no funciona el link. Lo resolveré pronto). La carta de mi papáEste ínterín sin postear, por llamarlo de alguna forma, se me ha parecido a esos retiros espirituales del colegio de monjas que fue la pesadilla de mi adolescencia temprana. Lo que me gustaba de ellos es que te sacaban de la rutina: en vez de ir a clase, nos montaban a todas en un autobús y nos mandaban a una casa en El Hatillo, creo que era, en donde nos pasábamos el día intentando escaquearnos de las actividades y "juegos" diseñados para hacer de nosotras mujeres de bien (en otras palabras, amas de casa entregadas a su hogar —y no es que tenga nada en contra de la amas de casa, es sólo que todos tenemos que tener algo propio, algo que no pertenezca a nadie más, y lo que te enseñaban era todo lo contrario: abnegación y sacrificio). Lo que no me gustaba de los retiros es que siempre volvía a mi casa sintiéndome horriblemente culpable por haberme pasado el día haciéndome la graciosa con mis amigas, en vez de rezar y todo eso. Esos terribles dilemas existenciales, pues. A uno de esos retiros teníamos que llevar una carta que debíamos pedirle a uno de nuestros padres que nos escribiera para la ocasión. En ella debía decirnos lo que pensaba de nosotros y esas cosas que uno lleva por dentro y nunca dice. No debíamos leer la carta hasta el día del retiro, de hecho debíamos llevarla en un sobre cerrado. Obediente, le pedí a mi papá que me la escribiera. Nunca olvidaré que utilizó mi papel de cartas, uno de pájaros, con un sobre a juego. Pues bien, el día del retiro nos dividieron por grupos, y resulta que en mi grupo yo era la única que se había acordado de la carta. No recuerdo qué había que hacer con ella, pero sí el momento en que la leí. Mi papá me decía, en su caligrafía entrañable en tinta azul (casi podía verlo en su escritorio, escribiendo la carta con su pluma fuente), que extrañaba a la niña que yo había empezado a dejar atrás. Decía que me había retirado a un territorio desconocido para él y del que le dolía no formar parte. Decía que a veces me miraba y no me conocía (a mí me pasaba lo mismo cuando me veía en el espejo), y me preguntaba por mis antiguos intereses, los libros, los pájaros, la historia —intereses que yo había reemplazado por interminables conversaciones telefónicas o la música a todo volumen en mi walkman. Y terminaba diciendo que, a pesar de todo, estaba orgulloso de mí y de la mujercita en la que me estaba convirtiendo. Cuando leí aquello me sentí más cerca de mi papá de lo que había estado en mucho tiempo, desde que, muy pequeña, nos encerrábamos en la biblioteca a hablar de mis problemas y él me escuchaba como si mis problemas no fueran sólo "cosas de niños". Quise correr a abrazarlo, pero claro, estaba en el retiro, tenía una tarde interminable por delante y más me valía ocultar mis lágrimas si no quería que las demás niñas tiraran a matar con sus comentarios despectivos. Me sentí culpable por crecer. Yo entiendo a mi papá, al hombre que era mi papá en el momento de escribir la carta, pero también entiendo a la muchachita que la leyó. Siempre pasa, cuando cambiamos (para bien y para mal), que los que nos quieren se asustan un poco. Luego el cura dijo que quien lo quisiera podía leer su carta en voz alta. Yo, desde luego, no quería leer la mía: aquello era como traicionar a mi papá en cierta forma, sus palabras estaban dirigidas a mí y a nadie más y a fin de cuentas sólo yo las comprendía —pero yo era la única niña de mi grupo que tenía una carta y no leerla hubiese sido dejar a las demás en evidencia. De manera que la leí, claro. Por aquello del espíritu de sacrificio y de entrega a los demás. La leí, procurando no sentir nada, procurando no pensar en mi papá ni en el sentido de lo que leía, y logré leerla de principio a fin sin abandonarme a mi nudo en la garganta, y luego me sentí desagradablemente desnuda. No sé por qué he recordado esto. A lo mejor porque esa conexión con mi papá se perdió para siempre. Quería escribir algo distendido y re-inaugurar mi blog después de tantos meses sin aparecerme, pero esto fue lo que me salió. Cosas de la memoria. Coaching para escritoresEs increíble la cantidad de obstáculos que un aspirante a escritor, o un escritor establecido, tienen que superar día a día para afrontar el reto de la página en blanco. Desde la falta de motivación a la incertidumbre, los miedos, los bloqueos, no saber cómo proceder, sin mencionar la cantidad de veces que la vida real conspira y se entromete y le roba tiempo a la escritura: el trabajo, la familia, las preocupaciones diarias, la ropa sucia, en fin. Hay que ser bastante terco para seguir empeñado en escribir. Hay que ser bastante obstinado para aparecerse frente a la pantalla de la computadora día tras día a pesar de la falta de fe de los demás ("¿otra vez perdiendo el tiempo?") y sobre todo de uno mismo ("yo aquí escribiendo un cuento que puede que resulte muy malo cuando podría estar ganándome la vida y siendo una persona responsable"). Los talleres de escritura ayudan (a veces) a mejorar la técnica, pero es poco lo que pueden hacer para ayudar al escritor a superar esos otros obtáculos, de los que el principal y más peligroso es el escritor mismo. Es aquí donde entra el coaching. Un coach te guía desde la gestación de tu obra hasta el proceso de venderla, sin necesariamente leer lo que escribes porque no es ese el punto. El punto es entrenarte para superar esos otros obstáculos que se interponen entre ti y tu libro. Creo que lo más importante de todo, el punto de partida, es darle importancia a la escritura y ponerla siempre en primer lugar, porque es la forma que el escritor ha elegido para darle sentido a su vida. Se puede caer el mundo, pero uno está allí, frente a la página, día tras día. Y todo lo demás puede esperar. Es la única forma, créanme. Son tantas las cosas que pueden parecer "más urgentes", pero ¿qué es más urgente que vivir una vida con sentido? Escribir no es la única respuesta, pero si es la que has elegido, o la que te ha elegido a ti (a veces también pasa), que nada ni nadie se interponga en tu camino. Lo demás se aprende solo. Nadie ha dicho que sea fácil, pero yo creo que la satisfacción de crear mundos de la nada no tiene precio. Dos canasEn la parte superior de mi cabeza, en todo el medio, florecen dos canas pequeñísimas. Apenas despuntan entre la maraña de mi pelo. Seguramente nadie las notaría, a menos que las buscara expresamente. Pero yo sé que están ahí. Las llevo a todas partes. No es la primera vez que me encuentro una cana. La primera apareció hará un par de meses. Cuando la descubrí, mirándome en el espejo del baño, me quedé paralizada. Esta era larga: larga y blanca como un pequeño intruso en medio de mi pelo crespo, que en ese momento intentaba domesticar, peine en mano. Lo típico era gritar. Lo típico era salir corriendo a mostrársela a Mariano como si de una maldición se tratase. Pues no. Yo no. Yo me la arrancaría de la cabeza y me olvidaría del asunto. Pero unos días después me encontré otra. Se acercaba mi trigésimo-cuarto cumpleaños. Vaya regalito: la evidencia del paso del tiempo me caía encima con todo su peso. Mi primera reacción fue arrancármela como la mala hierba, igual que había hecho con la primera, pero luego lo pensé mejor. Admitámoslo: nada iba a impedir que siguieran saliendo. Ya que de alguna forma tendremos que convivir, mejor llevarse bien, ¿no? Así que me la dejé, y días después aparecieron las dos hermanitas pequeñas que van a su propio ritmo, en medio de mi cabeza. La verdad es que he empezado a encariñarme con ellas. Es curioso. Las "primeras veces" suelen ser eventos importantes, memorables, hasta que uno llega a cierta edad. El primer beso, el primer día de clase, el primer cigarrillo, el primer baile pegado, la primera noche, el primer hijo. En cambio, la primera cana es un evento terrorífico, tan terrorífico como inevitable: no se puede detener al tiempo. ¿Qué voy a hacer? ¿Ponerme a llorar? Sí, cuando mis canas se vean supongo que me teñiré el pelo, por una cuestión de estética. Pero nunca voy a mentir sobre mi edad. Para llegar a esta edad -treinta y cuatro, tampoco es taaaanto - he pasado por muchas cosas. He ganado batallas y las he perdido. He hecho el ridículo muchas veces. Me he puesto en situaciones de peligro. He cometido excesos. Me he arrepentido por hacer algo y también por no hacerlo. He abandonado los viejos sueños y luego los he recuperado y vuelto a abandonar y actualizado para finalmente definir cuál era mi camino, el verdadero, y quién quería ser. Ahora estoy en ese camino, ¡y lo que falta por venir! ¿Volvería atrás? ¿Recuperaría el desenfreno de mis veinte años y volvería a no tener la más absoluta idea de hacia dónde voy? No, por Dios. Yo me quedo con mis dos canas. La fuerza de tu querer Estoy haciendo un curso online de coaching para escritores. Un coach no te ayuda con el aspecto estructural de la escritura, no necesariamente tiene que leer lo que escribes. Más bien te ayuda con todo lo demás -que es muchísimo. Te ayuda a escribir de manera regular y durante mucho más tiempo, a vencer tus dudas y miedos, bloqueos y resistencia. Te apoya durante el proceso creativo y a la hora de salir a vender tu obra. En fin, es un entrenador personal para la vida de escritor. La idea del curso es poder ayudar a los demás pero sobre todo a uno mismo, que es la razón por la que lo estoy haciendo: para ser mi propio coach.La semana pasada trabajamos sobre los distintos aspectos de la personalidad que un escritor debe fomentar. Eric, el instructor, nos envió una lista de nada menos que 75 cualidades. De ellas, había que elegir una para trabajarla durante la semana. Yo elegí la confianza en mí misma, porque me pareció que esa cualidad incluía muchas otras: asertividad, por ejemplo, resistencia, etc. Fue una semana bastante reveladora. Esta semana hemos estando trabajando sobre la cualidad fundamental, el pilar que sustenta una vida de escritor, y en realidad cualquier tipo de vida: las ganas. Suena tan sencillo y tan evidente que al menos yo lo he pasado por alto muchas veces. Las ganas de crear un mundo. Las ganas, el deseo, es algo fluctuante: a veces está arriba -sobre todo cuando el trabajo va bien, cuando estamos contentos con lo que escribimos, o cuando alguien nos elogia- y a veces está abajo -cuando odiamos lo que hemos escrito, cuando las cosas no fluyen, cuando recibimos una mala crítica. La clave está en volver a hacer aflorar las ganas, en hacer que crezcan, en no descuidar el deseo. Igual que al hacer el amor. He descubierto que mientras más escribo, más ganas tengo de escribir. En el momento en que lo dejo, las ganas se mueren como una planta sin agua. Entonces algo empieza a fallar. Hay una incomodidad existencial, una sensación de que algo no está bien, una inquietud, y empieza a aparecer mi instinto asesino. Es como una bestia que han dejado libre de pronto. Tímidamente asoma el hocico, olfatea, y se lleva por delante algo sencillo y cotidiano, digamos una cita. Después va cogiendo confianza y empieza a lanzar comentarios hirientes, primero contra sí misma y luego contra los demás, que se alejan por instinto de supervivencia. Ella los ve alejarse y lanza improperios. Y poco a poco empieza a arrasar con todo. Entonces, aterrada, empiezo a preguntarme qué es lo que está mal, pero se me pasa por alto que lo único que está mal es algo muy sencillo. Simplemente, no estoy escribiendo. Por lo tanto, no hay que dejar de escribir, por mi bien y el de los demás. No hay que dejar que mueran las ganas. De mis tiempos de teatrera universitaria (años ha), me quedé para siempre con una frase: "la fuerza de tu querer". La fuerza de tu querer es aquello que le imprime vida a todo lo que haces. Es ese soplo que distingue la mirada apagada de quien ya no espera nada, de la mirada despierta y brillante de quien no ha dejado morir las ganas. La fuerza de mi querer es la que me hace acudir todos los días, sin importar mi estado de ánimo o mi nivel de energía, a mi cita conmigo misma y con mis personajes. Hay días buenos, y días malos, pero yo me aparezco. La fuerza del querer es sumamente poderosa. Yo creo que es el origen de la vida, ni más ni menos. ¿Quién carrizo me manda?No quisiera presumir, pero la verdad es que soy una persona muy inteligente y astuta. El problema es que utilizo esas cualidades en lo que no debería. Una de mis habilidades más recientemente descubiertas es la de escaquearme para no escribir cuando me acerco a terrenos peligrosos. Es automático. Apenas me estoy acercando a una escena de la novela que me compromete, asusta, amenaza o duele, o que simplemente no sé cómo encarar, automáticamente me invento una excusa para levantarme y no seguir escribiendo. De pronto me entra un hambre atroz, o me duele la cabeza, o recuerdo que es urgente que ponga la lavadora. Me dan unas ganas terribles de hablar por teléfono con mi mamá, me acuerdo de alguna amiga de la que hace tiempo no sé nada y me parece que me voy a morir si no la llamo en el acto. O me entra una necesidad imperiosa y urgente de limpiar la cocina (habráse visto). Me acuerdo de que no tengo frutas y me digo que sin frutas no puedo vivir, por lo que se hace absolutamente vital bajar en el acto a la frutería. O, la técnica más reciente, me entra un sueño incontrolable y de pronto me encuentro incapaz de seguir escribiendo sin que se me cierren los ojos. Incluso a veces hasta me mareo, y mareada no puedo escribir, desde luego. Mis formas de manipularme a mí misma no tienen fin, y cada vez son más sofisticadas. Ayer me dije que no me levantaría de mi escritorio bajo ningún pretexto antes de que hubiera terminado (terminado de verdad, me refiero, no después de escribir un solo párrafo). El resultado fue que escribí durante media hora y el resto del tiempo lo pasé allí, frente a la pantalla, recreándome en la inmensa tristeza que me daba pensar que algún día terminaría la novela y tendría que despedirme de mis personajes. Estoy que no me soporto, la verdad. Ando con las emociones revueltas, una ansiedad perenne y la cabeza llena de dudas. Aún así persisto. No sé por qué. Supongo que por pura terquedad. El tiempo pasa (Después de preguntarme durante varios días si podría volver a acceder a mi blog en algún momento o si tendría que despedirme definitivamente de él, aprovecho este momento de tranquilidad laboral para postear, porque no sé cuándo Blogia me volverá a dejar hacerlo). Voy a ser tía por primera vez. Parece que fue ayer cuando mi hermana y yo compartíamos el cuarto en casa de mis papás, y ahora va a tener un bebé. Tanto ella como yo queríamos tener nuestra propia habitación, pero no la tuvimos nunca. En realidad Virgi sí la tuvo, cuando yo me casé y le dejé el cuarto a ella, pero de eso hablaré después. El hecho es que no es una tontería compartir el mismo cuarto con la misma persona durante 23 años. Yo, personalmente, siempre he sido muy territorial. Ya que no podía tener un cuarto para mí sola, marcaba mi propio territorio en el cuarto que compartía con Virginia: mi escritorio, mi silla, mi cama. Por eso no podía soportar cosas como que Virginia dejara las toallas húmedas sobre mi cama, por ejemplo. Si se acuerdan del demonio de Tazmania, eso da más o menos una idea de cómo me ponía. El tiempo y la experiencia me han aplacado, pero reconozco que podía llegar a ser terrrible. Virgi, en cambio, no entendía esos arranques míos. Para ella era igual dejar la toalla sobre mi cama que sobre la suya o en cualquier otro lugar, esas cosas no tenían la más mínima importancia. Muchas veces nos quedábamos hablando por la noche, con la luz apagada y desde nuestras respectivas camas. A veces hablábamos hasta muy tarde, y el despertador sonaba a las 6 pero nosotras seguíamos durmiendo, y tenía que venir mi papá dando palmadas y diciendo, "niñitas, colegio", y siempre llegábamos tarde, aunque el colegio quedaba a 10 minutos de mi casa. Quizá por ser tan distintas y estar condenadas a compartir el mismo espacio hubo un tiempo en el que estuvimos a años luz de distancia, aunque durmiéramos a pocos metros. Virginia estudiaba odontología y yo, comunicación social. Ella dejaba por ahí sus dientes y otras asquerosidades, yo guardaba pulcramente mi cámara y mi carpeta de poemas bajo llave. Cuando me tocó terminar la tesis, Virginia no tuvo ningún reparo en cedernos el cuarto a mí y a mi compañera para que trabajáramos toda la noche (y todo el día) mientras ella dormía en la sala. Lo hizo con la misma generosidad y el mismo desprendimiento que siempre tuvo. Yo no hubiese podido dejar que invadieran mi espacio de esa forma. La verdad es que yo era odiosa, ahora que lo pienso. A lo mejor todavía lo soy y no me he dado cuenta. Por eso, cuando finalmente me fui, dejándole a Virgi todo el espacio del mundo para que abandonara las toallas donde ella quisiera, pensé que para ella sería un alivio. Pero nunca voy a olvidar el llanto de Virgi la primera vez que fue a visitarme a mi nueva casa, todavía sin muebles. Al despedirnos en la puerta se colgó de mis hombros y me dijo que no quería volver a nuestro cuarto si yo no estaba. En ese momento me di cuenta de que toda nuestra relación de hermanas había estado plagada de malentendidos e incomprensión. Hasta muy poco siguió estándolo, pero yo creo que el tiempo y la madurez los han ido diluyendo. Y eso no es cualquier cosa para dos hermanas que compartieron el mismo cuarto durante tanto tiempo, y que ahora viven con un océano de por medio. Y ahora, cuando mi reloj biológico hace años que empezó a dar la voz de alarma (el tiempo pasa, el tiempo pasa, el tiempo pasa), mi hermanita va a tener un bebé. La misma que hasta hace poco sólo me llamaba cuando tenía un problema (cosa que al principio me molestaba pero a la larga empecé a agradecer), a veces esquiva y a veces accesible, pero siempre entrañablemente linda, ahora se me adelanta por primera vez --porque siempre he sido yo, la mayor, la primera en vivir las cosas: el primer beso, el primer viaje sola, el primer gran desencanto... Yo siempre la voz de la experiencia, y mi hermanita llamando para contarme sus cosas porque yo ya había pasado por eso... Es tan grande que ahora vaya a ser al revés. Y va a ser tan grande cargar a esa criaturita, tan grande que todavía no me lo creo. En realidad me parece que no lo puedo poner en palabras, así que para qué decir más. Nueva York Nueva York sabe a café latte. El café latte es como el capuchino, pero con más leche, y lo compres donde lo compres, está disponible en tres tamaños: grande, extra grande y gigante. En Nueva York, lo único pequeño es uno mismo. Sobre todo la primera vez que vas a Times Square. Si uno nunca ha estado en Times Square, no conoce la verdadera talla del ser, que es mínima.En verano el calor es pegajoso y húmedo, pero hay que llevar un suéter a todas partes porque el aire acondicionado lo ponen a tope. No sabría decir si pasé más calor o más frío. Incluso me dio gripe. Pero hasta tener gripe en Nueva York tiene su encanto. Basta con ir a Brooklyn y pasear por el Promenade para que uno se sienta como un personaje de película. La gripe, o lo que sea, parece de celuloide. Yo no sé si los neoyorquinos tienen esa conciencia de ser personajes de película, o si se trata de un privilegio exclusivo de los visitantes. Yo creo que es más lo segundo: alguna ventaja teníamos que tener los que no tuvimos la fortuna de nacer allí. A ratos uno se siente como si estuviera paseando por una película de Woody Allen, y cuando menos te lo esperas, el escenario cambia y te encuentras en un videoclip de U2. Una maravilla. Hay que ir a Nueva York. Hay que perderse por sus calles. Hay que cruzarse con todo tipo de personajes y escuchar todos los idiomas del mundo. No hay que conformarse con las películas. Hay que dejar que se te meta por dentro como un pequeño parásito, que se quede allí para siempre. Hay que ser un poco masoquista para querer tanto a esta ciudad. O no. Todo depende. Todo cabe. (No puedo dejar de mencionar la Zona 0, sobre todo por estas fechas. Sólo puedo decir que sobre ella pesa el aire. Es una sensación que se empieza a sentir a medida que uno se aproxima: algo empieza a removerse por dentro, cuesta respirar. La gente guarda silencio, a excepción de algún turista aislado que no puede evitar el impulso de salir en la foto. En las rejas cuelgan letreros pidiendo respeto. En una maravillosa librería de libros usados, en Brooklyn, un lugar mágico de donde no habría que salir nunca, nos pusimos a conversar con el dueño. Cuando le dijimos que vivíamos en Madrid, nos dio "sus condolencias" por los atentados de Atocha el año pasado. "Soy de Nueva York," dijo, "así que yo también sé lo que se siente." Aquello me sorprendió. A pesar de que vivo muy cerca de Atocha y yo misma pude haber estado allí, hace rato que se me olvidó aquello. Ninguno de los míos resultó afectado; la vida sigue. Pero no hay que olvidar. Tampoco obsesionarse, y mucho menos con la idea del "enemigo": mientras siga habiendo bandos habrá muerte. Pero no, no hay que olvidar). VacacionesComienza agosto y Madrid se ha quedado sola. Es una delicia: no hay colas, no se agolpa la gente en las esquinas, siempre hay puesto en el autobús (aunque pasan con mucha menos frecuencia). Si esto fuera así todo el año, esta sería la mejor ciudad del mundo. Yo, por mi parte, me voy a Nueva York. Siempre he querido conocer esa ciudad que se me antoja mágica. Las cosas surgen en el momento en que tienen que surgir, definitivamente. Poder ir ahora es un regalo. Creo que cuando realmente hacemos lo que tenemos que hacer, lo que nos dicta el corazón, de pronto el rompecabezas se arma solo y surgen oportunidades donde no las había, las puertas se abren y las cosas fluyen. En mi caso siempre ha sido así. Cuando escribo, todo me sale bien. Cuando no estoy escribiendo, las cosas se tuercen. Está clarísimo cuál es mi camino. La novela sigue avanzando, con sus días buenos y sus días mejores. He aprendido a no tener expectativas y simplemente hacer lo que tengo que hacer: aparecerme. Estar allí, ante la pantalla. Nada más. Lo demás viene solo. Qué delicia de verano, verdaderamente. Las cosas van bien. El proceso creativo o el umbral de la locura Desde que Mariano se fue a Nueva York hace ya casi un mes, he estado metida de lleno en la escritura de mi novela, y me he dado cuenta de que no hay nada como la escritura para combatir la nostalgia. No es que Mariano no me haya hecho falta, pero esto de vivir una vida paralela es tan emocionante que a uno se le olvida el resto. Por ejemplo, uno de mis personajes, Santiago, se me esconde. Estoy segura de que guarda un secreto y no quiere que me entere. Sospecho que no es tan buena gente como yo pensaba. Eso me asusta. Por otra parte, hay otro personaje, Daniel, que entró de pronto en la novela y todavía no sé qué hace ahí. Yo lo observo y lo sigo, no me queda otra. Mientras tanto, todos los demás se van acercando peligrosamente al clímax y sufro profundamente por ellos. Los quiero mucho. Han estado conmigo durante mucho tiempo. Han aguantado mis periodos de sequía y mis periodos de indiferencia y todas las distracciones de estos casi siete años. Les debo algo. Les debo este libro. Si todo esto suena esquizofrénico, es porque lo es. Si voy más allá, solo un poco más allá, traspasaré el umbral de la locura - pero sólo puedo escribir desde ese lugar, ese preciso lugar en donde se funden ficción y realidad y ya no sabes dónde empieza una y dónde termina la otra y tampoco importa. La escritura es un oficio peligroso. Te obliga a pasearte por el lado oscuro. Los objetosHace 9 años que me casé, 8 y medio que salí de Venezuela, 4 que me divorcié. Cuando salí del país con mi ex esposo, a quien llamaremos A., nunca pensé que no volvería. La idea era que cada uno hiciera su master, gracias a Fundayacucho, yo en Inglaterra primero y después él en España, y luego regresar al apartamento que habíamos dejado en Caracas, en La California Norte, con los muebles que acabábamos de comprar y la vajilla, bandejas de plata, jarras, portarretratos, candelabros, copas, vasos, ensaladeras, etc. etc. que habían sido nuestros regalos de boda, gran parte de los cuales permanecían en cajas esperando nuestro regreso. Pero el regreso no se produjo. De Lancaster nos vinimos a Madrid (con un mes de tregua en Caracas, mimados por las dos familias) y ocurrió que me fui enamorando de esta ciudad, y que vinieron las elecciones y ganó Chávez. Razones de peso para decidir quedarnos. En ese entonces, mi idea de pasar trabajo consistía en no poder ir al cine en Inglaterra porque el dinero de una beca era apenas suficiente para pagar el alquiler y la comida (a pesar de lo cual pudimos viajar por ahí, morral al hombro, durmiendo en hostales de estudiantes, cosa que a esa edad tiene su encanto). Pero incluso no poder ir al cine era divertido. Se trataba de una novedad, y a fin de cuentas, no iba a durar mucho tiempo. La vida entonces era un juego, pero poco a poco el juego se fue complicando. No teníamos papeles y no podíamos trabajar. Los ahorros menguaban, pero todavía teníamos a nuestras familias y en todo caso allá en Caracas estaba el apartamento esperándonos, si las cosas se ponían feas. Conseguí trabajo como profesora de inglés, no me pedían papeles así que ni lo pensé. Al final, y después de muchas vicisitudes que no vienen al caso, salieron los papeles, A. también encontró trabajo y las cosas poco a poco parecían empezar a tomar su rumbo de nuevo, a ir como siempre habían ido, es decir sin mayores dificultades. Pero fue entonces cuando nuestro matrimonio empezó a hundirse. Para qué entrar en detalles. Digamos que fue algo muy progresivo, como una lenta agonía, hasta que finalmente todo colapsó estrepitosamente. Para entonces, el apartamento de La California lo habíamos alquilado a unos amigos y mis suegros se había llevado a su casa las cajas con la vajilla, copas, bandejas, jarras, candelabros y todas esas cosas que en Madrid ni soñábamos con tener, porque no podíamos comprarlas y porque nos conformábamos con los platos de todo a 100 y no nos importaba que cada tenedor fuese distinto. Hacía rato que me había despedido de todas esas cosas a las que en realidad nunca di la menor importancia. Cuando nos casamos hicimos una lista de bodas porque era lo que había que hacer, pero en realidad siempre me dio igual comer con cubiertos de plata que de plástico. Así que esas cajas cerradas permanecieron en casa de mis ex suegros... hasta ahora. Las cajas llegaron por barco y fui a la casa que ahora A. comparte con su novia, a quien no conocía, para ver con qué me quedaba yo. A. y yo no tenemos más relación que la estrictamente necesaria, por decisión de él. Nuestro trato es cordial y yo siempre lo querré muchísimo, pero nunca podremos salvar el creciente abismo que nos separa. Supongo que es normal. Pero no deja de doler. La novia de A. es encantadora y nos ayudó a embalar las bandejas, jarras, tacitas de café. Había incluso un portarretratos con una foto de mi Tita, sus perros, mi hermana y yo. Cada uno de esos objetos tenía una historia que era nuestra, de A. y mía, y yo me sorprendí al recordar cada una de ellas – pero ahí estábamos, envolviendo cada objeto en papel y metiéndolos de nuevo en cajas para que yo me los trajera a la casa que comparto con Mariano. Ahora esas cosas están en mi pequeño piso del barrio de las letras, en donde nunca habían entrado objetos de plata, en donde los platos pertenecen a la casera. ¿Y qué hago yo con todo esto? He puesto las botellas de vidrio verde sobre una bandeja de pewter en la mesa lateral de la sala, junto a un candelabro de plata y una jarrita. La vajilla de diario sustituye ahora a la de la dueña del piso, convenientemente guardada en una caja en el clóset. Sobre la pared he colgado un precioso plato de pewter, enorme, y he tenido que quitar el cuadro que ahora desentonaba. Hay unas cuantas bandejas, un par de jarras y una heladera de plata que no he podido colocar y que esperan que las limpie y las guarde para cuando tenga una casa grande. Todas estas cosas – regalos de tíos, primos, amigos que estuvieron conmigo en un momento que fue importante – son parte de mi historia. Ahora han vuelto a mí, en otro momento de mi vida que también es importante, como si me las regalaran por segunda vez. Poniéndome al díaHan pasado muchas cosas en este mes - un mes, sí - que tengo sin escribir en mi blog. Lo más relevante para el caso es que, por esas cosas de la vida, de pronto se borró todo mi perfil de usuario de Windows: todo. Es decir mis mensajes, cuentas de Outlook, fondo de pantalla, preferencias, fotos... y mis documentos. Cuando lo descubrí estuve a punto de lanzarme por el balcón. Desde luego, y como suele ocurrir en estos casos, no había hecho ninguna copia de seguridad recientemente, por lo que no tenía respaldo de una cantidad de cosas, entre ellas - la más grave - mi novela. Entendámonos: llevo siete años trabajando en esta novela. No todos los días de esos siete años, ni todos los meses, pero en total son siete años y cinco borradores, uno de ellos terminado (caos absoluto), tres abandonados a la mitad, y el quinto, el definitivo, o eso espero; 34 páginas que son la niña de mis ojos. Y de pronto no estaba. Creo que el suicidio estaba más que justificado. Pero, como los milagros también existen, aparecieron los documentos por allí en una carpeta perdida, y ahora se puede caer el mundo, que yo tengo cinco resguardos de mi quinto borrador, cada uno guardado en un sitio de la casa distinto, y uno en la computadora de mi trabajo por si acaso mi casa se incendiara. Lo que nunca apareció fueron los e-mail y las cuentas de correo y alguna que otra minucia sin importancia. Estos percances informáticos me han mantenido alejada de mi blog. También han pasado otras cosas, pero eso lo dejo para después. El asunto es que aquí estoy otra vez. Venezuela es una dimensión paralelaHace una semana que volví de Caracas y creo que he necesitado todo este tiempo para digerir la vivencia. Soy un poco lenta, qué le vamos a hacer, pero es que fueron muchas cosas, y además, no he tenido el espacio suficiente (físico y mental) para pensar. De manera que este post llega un poco tarde, pero más vale tarde que nunca, ¿no? Si me pusiera a escribir una crónica, cosa que no voy a hacer, de mi día a día allá, se podría titular Crónicas de Macondo. Me voy a limitar a describir cómo hice para sacarme la cédula, que fue el propósito principal de mi viaje. Era algo iomportantísimo: tenía que recuperar me verdadero nombre después de haberme divorciado hace unos años. Creo que tengo mérito. En sólo dos semanas me saqué la cédula, la licencia y la licencia internacional, la partida de nacimiento y el certificado de antecedentes penales (para pedir la nacionalidad española), y el carnet de periodista (importante para entrar gratis a los museos). Primer encontronazo con la realidad: para saber dónde sacarse la cédula hay que tener una bola de cristal. Por esas cosas de la vida, me enteré de que había un operativo... en el 23 de Enero. Territorio vedado por lo peligroso: es difícil hacerle entender a una persona que no haya vivido en Caracas lo que significa aquello. Mariano, que es argentino, pensaba que estaba exagerando cuando le contaba por mail (creo que sospechaba que me había vuelto loca). Segundo encontronazo con la realidad: imposible comunicarla a la persona no iniciada. Me voy, pues, al 23 de Enero, donde no había estado nunca antes en mi vida. La absoluta división de clases que es tradición en Venezuela me parece un verdadero cáncer, y más después de haber vivido tanto tiempo en Europa, en donde esas divisiones no son tan insalvables. En Caracas yo siempre viví en el Este y me movía por esos lares, pero esa es sólo una pequeñísima parte de la ciudad, y agradecí la oportunidad de conocer el otro lado de la moneda- pero una cosa es cierta, y es que es un verdadero peligro internarse en esas zonas, y más si eres mujer y para colmo catira. Pero yo tenía que sacarme la cédula, así que me vestí para no llamar la atención y me fui. Me movía con la actitud de quien conoce el área a la perfección. Aprendí que la palabra que abre todas las puertas es "compatriota". Pero cuando llegué, resulta que ese día sólo estaban sacando la cédula a niños. Tercer encontronazo con la realidad: estas cosas no se pueden prever, hay que llegar hasta el lugar para enterarse. Cuarto - y sorprendentemente agradable - encuentro con la realidad: los funcionarios que se mueven en el 23 de Enero son la amabilidad personificada. Nunca un funcionario (ni venezolano ni español) me había tratado con tanta consideración. Nada de "ciudadano, documentación" ni cosas por el estilo. A pesar de ello, tuve que volver al día siguiente, pero tal y como me lo habían prometido, me pasaron sin tener que esperar por haber perdido el viaje el día anterior. Y no me pasó nada. Volví con mi cédula, que sí, parece de mentira, pero no importa, porque dice mi nombre y apellidos verdaderos. He recuperado mi identidad. Una posible conclusión a la que he llegado, después de tres años sin visitarlo, es que mi país no es otra cosa que una dimensión paralela. Y que no hay lugar para la nostalgia. A fin de cuentas sigue estando allí, no lo he perdido. Y es verdad, el concepto de patria se me ha quedado pequeño, pero siempre es bueno volver al punto de partida, siempre es bueno recuperar imágenes queridas, sabores, afectos. De eso se trata, supongo. Creo que ahora estoy bastante más en paz con mi vida fuera, con la vida que yo elegí, y lo estoy, paradójicamente, después de haber recuperado ese pedazo de tierra que a fin de cuentas nunca he perdido. El regreso y la intemperiePasado mañana estaré en Caracas. ¿Qué siento? ¿Impaciencia? ¿Alegría? ¿Extrañeza? ¿Nostalgia? ¿Todo lo anterior? Siento esto: ya no creo en el concepto de patria. Sí, es verdad que hay cosas que extraño: la playa, sobretodo, la brisa del mar Caribe golpeándome el rostro mientras saboreo una cerveza fría, el azul. Las risas de mis amigos, aunque gran parte de mis amigos ya no viven en Venezuela; emigraron, como yo, buscando una vida mejor. ¿Y la encontraron? Esa es otra historia. Extraño los cachitos de jamón y poder pedir un marrón claro sin llegar a con leche y que me traigan exactamente lo que he pedido. El Ávila al fondo como silencioso testigo verde. Que los demás hablen como hablo yo (¿pero cómo hablo yo? ¿cuál es mi idioma ahora?) Extraño las cachapas con queso de mano y las arepas de pernil. Y ese no sé qué que tiene el venezolano y que por comodidad llamamos chispa. Pero la verdad es que llevo ocho años, ocho, sin estas cosas, y no he dejado de ser feliz. En realidad, para ser más exactos, he llevado estas cosas siempre dentro, y a lo mejor es eso lo que constituye la patria, un conjunto de recuerdos que uno siempre lleva consigo, y por eso patria es cualquier lugar en donde uno esté y sea feliz. Yo nací en Venezuela y Venezuela fue mi punto de partida, pero el mundo es muy grande como para quedarse en un solo lugar. A veces también siento que Madrid se me está quedando pequeño. Pero esa es otra cosa. El asunto es que tengo un poco de miedo. Me da miedo volver a Caracas y darme cuenta de que ya no tengo nada allá. Es como cuando te sueltas de la orilla y te quedas flotando sin nada a que aferrarte. Y en realidad así vivimos, ese es nuestro estado natural, porque cualquier orilla es falsa. Creemos que nos aferramos a algo sólido pero ese algo (un trabajo, una relación, un país) en cualquier momento desaparece, y entonces nos damos cuenta de que siempre hemos estado a la intemperie, y qué duro es darse cuenta. TitaCuando mi mamá era una niña, vivía en Betijoque, en los Andes venezolanos, con mis abuelos. Mi abuela contrató a una muchacha del pueblo para que ayudara a cuidar a mi mamá, que era muy tremenda. La muchacha se llamaba Clemencia, y tenía el pelo largo y negro y los ojos curiosos y vivaces. Como mi mamá no sabía pronunciar su nombre, la bautizó Mencha, y Mencha comenzaron a llamarla todos. Mencha no se opuso a ese cambio de nombre, y mi mamá y ella pronto se hicieron inseparables. Se las veía por el pueblo, mi mamá delante y Mencha atrás, siempre defendiéndola cuando mi abuela llegaba a regañarla por sus tremenduras. Un día mis abuelos decidieron trasladarse a Caracas. Mencha, por supuesto, fue con ellos. Por nada del mundo se hubiera perdido ella eso: Caracas era una ciudad de verdad, tan grande que casi parecía de mentira, con tranvía y casas de techos rojos y gente, muchísima gente. Desde entonces Mencha no se separó de mi familia. Acompañó a mi abuela y a mi mamá cuando murió mi abuelo, siendo mi mamá todavía una niña. También estuvo cuando ella empezó el colegio, y cuando fue a sus primeras fiestas, y cuando comenzó a estudiar en la universidad, y cuando se enamoró por primera vez, y por segunda. Y Tita también acompañó a mi mamá y a mi abuela cuando mi mamá conoció a mi papá, y cuando se casaron. También estuvo cuando yo nací, y cuando nacieron mis hermanos. Cuando yo estaba muy pequeña me decían que Mencha era mi abuelita, así que yo le cambié el nombre una vez más y la bauticé Tita. De nuevo Tita no se opuso. Claro que entonces ya Tita no era la muchacha de pelo negro que había cuidado a mi mamá. Ahora el pelo lo tenía gris, y se lo recogía detrás de la cabeza en un pequeño moño. Usaba alpargatas que arrastraba contra el suelo y vestidos de flores, y unos lentes que le hacían los ojos más grandes y le daban un aspecto entrañable de osito de peluche. Cuando mi abuela murió, Tita se trasladó nuevamente a los Andes para estar cerca de su familia, y se instaló en una vieja casa que había pertenencido a sus abuelos. Era la casa de una antigua hacienda de café, tan antigua que no tenía agua corriente y que hasta hacía muy poco tampoco había tenido luz eléctrica. Pero allí Tita era feliz. Siempre tenía algo que hacer: darle de comer a las gallinas, o cocinar esa cosas deliciosas que nunca más probaré: torta de plátano, unas sopas exquisitas, las arepas perfectas, el café con leche siempre en su punto. Y estas cosas Tita las hacía en el fogón, porque cocina eléctrica nunca tuvo, pero así las cosas sabían mejor. Siempre que podíamos íbamos a visitarla. Nos sentábamos en la cocina para ponernos al día, en una mesa grande cubierta con un mantel de plástico de cuadros rojos y blancos, mientras su gallo favorito iba y venía y ella preparaba esas cosas ricas. Tita murió hace unos años. Yo no pude ir al entierro porque estaba en Madrid, pero me contaron que fue precioso. Y es que a Tita la quería todo el mundo, era imposible no quererla, así que todos los niños del pueblo le llevaron flores, y los niños de los pueblos vecinos, y fue muchísima gente. A mí me hubiese gustado ir. Pero tampoco lo sentí demasiado, primero porque yo ya le había dicho a Tita todo lo que tenía que decirle antes de que se fuera, y también porque de alguna forma yo sentía que estaba presente en los niños que le llevaron flores. Como si en ellos volviera a ser niña. La niña que era cuando iba al parque de la mano de mi Tita. Esos pequeños vicios cotidianosYo vivo en Madrid, y como gran parte de los habitantes de esta ciudad, viajo en metro todos los días. Suelo tomarlo a la hora punta, muchas veces haciendo malabarismos para poder entrar en medio del gentío, y con el tiempo justo para llegar. Es en esos momentos cuando suelen pasar las siguientes cosas: el metro se tarda minutos interminables en cada estación, con la consecuente subida de gente que ya no cabe; o bien no llega nunca, o si llega, te hacen bajar en una estación que no es la tuya porque el tren en el que viajas está averiado, y tienes que esperar al siguiente que llega tan lleno que simplemente no puedes entrar y tienes que esperar al otro. Cosas así, en fin, que son parte del día a día de los madrileños que toman (tomamos) el metro. Siempre llevo un libro conmigo, pero a veces, en vez de leer, me dedico a observar a la gente. En las tempranas horas de la mañana hay poco que ver: todos somos trabajadores adormilados y ya se sabe a dónde vamos. Pero por la tarde, al volver, a veces se pueden escuchar conversaciones interesantes. O no. Depende. En todo caso, es un buen ejercicio mirar a la gente e imaginar cómo es cada quien, a qué se dedica, en qué está pensando. A veces alguno termina convirtiéndose en personaje. Casi con toda seguridad, la persona que le dio origen nunca lo sabrá. Es grato saberse personaje. Alguno de mis amigos ha tenido la deferencia de elevarme a esa categoría. Con cuánta rapidez se entrega uno a estos pequeños vicios cotidianos cuando va en el metro, sabiendo que llega tarde, y encima el metro se queda parado entre estación y estación. Menos mal que es viernes. Siempre diecisiete Hoy, mientras caminaba por la Castellana con mis audífonos puestos, escuchando a Queen, y con un libro de Bolaño en la mano, me volví a sentir adolescente. En aquella época me protegía del mundo con mi walkman, en el que siempre sonaba U2, o Bruce Springsteen, o Dire Straits, o incluso a veces, cuando me sentía melancólica, las canciones de amor de Elvis Presley, porque en algunas cosas yo era una adolescente atípica, aunque en otras no me diferenciaba en nada de mis coetáneos. Me ponía, además, unos lentes oscuros que ahora que los recuerdo me parecen horrorosos, pero que en aquella época me parecían la esencia de lo cool, espejados y de un azul eléctrico bastante lamentable. Pero en aquella época yo sentía que me transformaba cuando me los ponía, y que casi parecía que no llevaba puesta la camisa del colegio, siempre por fuera, que acompañaba de mis zapatos de goma sucios, porque así debían ser, y los bluyines más viejos y gastados que tenía. Así me iba a mi casa caminando desde Chacaíto, que era donde estaba mi colegio, sin importarme el humo de los autobuses y las miradas de los obreros, que en Caracas, si eres mujer, siempre te van a lanzar miradas lascivas, aunque sexy no sea precisamente la palabra que mejor te describa, como me pasaba a mí cuando volvía del colegio en esa pinta que he descrito. Pero yo iba con mis audífonos y mis lentes y nada podía tocarme. Después descubrí la poesía. Fue por entonces cuando memoricé aquellos versos de José Santos Chocano: ¿Que retroceda yo? Salvaje anhelo: Yo tiendo por instinto a alzar la frente, El ave tiende por instinto al cielo, Hoy nadie pone a mis furores raya, Que si yo retrocedo es solamente Cual lo hace el mar, para inundar la playa. Versos que me parecían lo más sublime que se podía llegar a escribir. Por esa época adopté, como parte de mi atuendo, un libro de poesía, casi siempre el Inventario de Benedetti, que es el libro adolescente por excelencia, lleno de rebeldía diecisieteañera. Con el libro y los audífonos y los lentes me volvía invencible y miraba al mundo con cierta displicencia, sintiéndome inalcanzable como una súper heroína cuyo destino era el de Salvar algo que no sabía muy bien qué era, pero no importaba. Pues bien. Hoy, caminando por la Castellana, volví a sentir esa sensación de libertad, que probablemente no sea tal, porque andar por la calle con unos audífonos sólo evita que uno escuche las cornetas de los carros y probablemente eso en sí mismo justifique su uso, pero uno también deja de escuchar cosas como el canto de los pájaros, caso de que los haya. Normalmente no. Yo fui una adolescente soñadora y rebelde, generosa como todos los adolescentes, arrogante como todos los adolescentes, llena de preguntas, y pensaba que las respuestas estaban a la vuelta de la esquina, pero o nunca he terminado de doblarla o estaba totalmente equivocada, porque las preguntas siguen allí, acechando, igual que cuando tenía 17 y pensaba que yo había nacido para algo grande y noble. Yo creía, a los 17, que la vida verdadera era la Vida con mayúscula, y que cuando realmente me ocurriera algo Grande habría fuegos artificiales y bailes en la calle. Cosas Grandes como Descubrir La Verdad o Enamorarme o Entender De Pronto El Sentido De La Vida. Vivir, entonces, sería algo Monumental, lleno de efectos especiales como en las películas. Pero la vida es más bien algo pequeño y vulgar, y descubrirlo si fue una verdadera desilusión, o mejor, una Desilusión. Porque se descubre, tarde o temprano se descubre. Das un beso y el mundo no se detiene. Descubres que estás enamorada, pero aparte de sentir las mariposas en el estómago (que incluso estas desaparecen y ya no vuelven), nada más cambia en tu vida, que sigue transcurriendo de la misma manera. Puede que seas un poco más feliz, pero el día se sucede a la noche como siempre y de los fuegos artificiales ni rastro. Y cuando te das cuenta de que has Descubierto una Gran Verdad, resulta que la verdad es pequeñita y deslucida, y no hay banda sonora, a no ser que lleves audífonos. Entonces uno se acuerda de cuando tenía 17 años, y se siente engañado. Y descubres que, más que a una superproducción hollywoodense, la vida se parece sobretodo a un mal chiste. A veces el chiste te causa algo de gracia, pero sigue siendo malo. Y entonces te das cuenta de que todo este tiempo has estado buscando Lo Que No Es. La pregunta es, Qué Es Lo Que Es Entonces. Y hasta que encuentres la respuesta, todo empieza otra vez. Por eso es mejor no cumplir años, y tener siempre 17. Mirar al mundo con esa mezcla de curiosidad, extrañeza y falta de sentido del ridículo que caracteriza a esa edad, y creer que un libro de poesía debajo del brazo nos protege contra la Incomprensión Del Mundo Real, que es aquel en el que lo único importante es Acumular Posesiones y que en varias etapas de nuestro deambular conseguirá atraparnos, hasta que salimos a caminar con unos audífonos puestos y recuperamos a esos 17 que en realidad nunca hemos perdido. Sorpresas te da la vida Como mi cabeza siempre está en las nubes, me gusta tener los pies bien puestos sobre la tierra. Para compensar. Por eso nunca me han gustado las montañas rusas ni cosas por el estilo. Digamos que para estas cosas siempre he sido bastante cobarde. O al menos eso pensaba. Hasta que, no sé por qué, por esas cosas de la vida, finalmente acepté la invitación de mis amigos Claudia y el Pana para volar, esta vez en paramotor. Hace años que los conozco y desde que los conozco nos han estado invitando, pero como soy bastante cobarde, lo había estado posponiendo hasta nuevo aviso. En parte, para no quedar en evidencia ante ellos, que llevan ya muchos años dedicados al vuelo.Uno nunca termina de conocerse. Nunca. Mientras me preparaba para volar en biplaza con el Pana, ni yo misma podía podía creer lo que estaba haciendo. Pero el hecho es que allí estaba y no había vuelta atrás. Mi sentido de la dignidad me impedía escaquearme, y además, había algo secreto que me llamaba. ¿Un sentido tardío de la aventura? ¿Un amor repentino al peligro? A lo mejor era la magia de estar en Lanzahita, rodeados de verde, con un día precioso y sin nada de frío. Las condiciones eran perfectas y había que aprovecharlas. Apenas comenzamos a correr nos elevamos y fue subir y enamorarme de la altura. ¡Qué maravilla verlo todo desde arriba, cambiar de perspectiva un instante y dejar de sentir los pies en el suelo! No paraba de gritar "qué arrecho". Indescriptible. Pues sí. Nunca pensé que me fuera a gustar tanto. La verdad es que tenía una imagen menos aventurera de mí misma. Pues bien, he decidido reacondicionar esa imagen. No soy como yo pensaba. Gracias a Dios. Escribo esto mientras estoy en mi casa con una gripe de esas fulminantes que me tiene enclaustrada por lo menos mientras no estoy trabajando (ay ese sentido mío de la responsabilidad). Y necesitaba contactar con tiempos más felices. Qué mejor que esa primera vez volando - porque vendrán más, eso seguro. Si les interesa el tema, échenle un vistazo a la página de la Claudia y el Pana: ojovolador.com. Me consta que la hacen con muchísimo cariño. El monstricoEn estos días me he dado cuenta de que llevo toda la vida conviviendo con un monstruo. Bueno, okey, en realidad me había dado cuenta antes, de lo que no me había dado cuenta es del alcance que puede llegar a tener mi monstrico particular. Es como un animalito que está siempre al acecho de lo que hago o dejo de hacer, y sus palabras favoritas son "no sirve". Nuestros diálogos son, más o menos, así: -Este blog tuyo es una burla. Un solo artículo al mes. Y eso de casualidad. Y mira que ponerte a transcribir lo que yo digo. Qué falta de imaginación. -Okey, okey. -Eres el colmo de la inconstancia. -... -Ayer no escribiste. -... -Dije que no escribiste ayer. -Escribí un poquito. -No sirve. ¿Crees que vas a terminar una novela escribiendo "un poquito"? Habrase visto. -(Eso sonó sospechosamente como mi Tía Albertina.) -¿Qué dijiste? -No, nada. -Ah, ya me había parecido. ¿Y hoy qué vas a hacer, aparte de perder el tiempo? -Déjame en paz. -Vas a perder otra tarde, me imagino. Y así. ¿No es agotador? Con razón al final del día no puedo ni pensar. Habrá que buscar estrategias para domesticar al monstrico. No creo que atacarlo directamente sirva de mucho, la verdad. Me parece que un acercamiento más sutil sería lo adecuado. Probaré con chocolate. Proust, en la vida realHace unos días, en un restaurante de menú, pedí una crema de calabacín. Me trajeron la sopa que me daban cuando estaba chiquita. Era la típica crema de verduras que les dan a los bebés, o que me daban a mí en todo caso. Creo que no la había vuelto a probar desde que fui capaz de articular una oración completa. Hasta ahora. Los recuerdos, sin duda alguna, se alojan en el cuerpo. Fue probar la sopa, y sentir una cantidad de sensaciones dentro de mí, en el cuerpo, de tal manera que si cerraba los ojos casi me parecía que al abrirlos iba a ser Mamama o Tita quienes me acercaban la cuchara diciendo "ahí viene el avioncito..." Sueno cursi. Lo sé. Y sin embargo fue tan real. Pero lo que más me impactó fue recordar, re-sentir, lo querida que fui de niña. El amor también se aloja en el cuerpo. No se pierde. No se diluye en el recuerdo. Y yo recibí tanto, tanto, que era como si un animal dormido se despertara en mi piel y me desbordara de pronto. Lo volví a sentir, envolvente y diáfano, pero esta vez no venía de fuera. Todo este tiempo lo había tenido conmigo. Todo esto me lleva a pensar que no he perdido ni a Mamama ni a Tita, mis queridas abuelas. Y también me lleva a darme cuenta de la gran suerte que he tenido al haber recibido tanto. ¿Qué más se puede pedir? Es increíble cómo los sabores pueden ser capaces de despertar tantos recuerdos dormidos... qué lúcido el amigo Proust. Y qué suerte tuve yo de haber estado en ese lugar y de haber pedido justamente crema de calabacín. Seguro que no fue casual. Appelfeld Leo en el suplemento cultural de El País un artículo sobre el escritor judío Aharon Appelfeld (Czernowitz, Rumania, 1932), que se salvó del Holocausto gracias a que permaneció escondido en un bosque desde los diez hasta los trece años de edad. Esto me lleva en pensar en aquella idea que esbocé en mi post anterior, en donde decía que la edad cronológica no tiene nada que ver con la edad que aportan las vivencias. Appelfeld, a los trece años, había vivido una vida muy larga. Se cumplen sesenta años del Holocausto. Se han escrito muchos libros sobre el tema, muchos artículos, se han hecho muchas películas, pero todo lo que se diga es poco. En esta época de odios (¿pero cuándo no ha sido una época de odios?), conviene más que nunca recordar las atrocidades que vivieron millones de personas, porque como dice Appelfeld, "lo que ha ocurrido una vez puede volver a ocurrir". El peligro seguirá latente mientras sigamos considerando al otro, precisamente, "otro", es decir, diferente, y nos sintamos amenazados por esa diferencia. ¿Y en qué radica la diferencia? ¿En que pensamos distinto? ¿En que creemos en cosas distintas? ¿En que experimentamos la vida de otra forma? Yo lo único que sé es que todos, sin excepción, respiramos el mismo aire. No he leído a Appelfeld, pero desde luego es el siguiente en mi lista, cuando acabe con Bolaño. DespedidasHay quien contaría su vida en términos de éxitos y fracasos. Hay quien lo haría en términos de amores, o de posesiones, o de logros, o incluso de libros leídos (como Borges). Yo lo haría en términos de despedidas en aeropuertos. A veces soy yo la que se va, a veces son personas queridas. Últimamente esa es la tendencia. Primero fue la Comadre, en octubre. Me dejó la sensación de que no la pude disfrutar lo suficiente, de que los días se habían ido muy rápido. Hacía más de dos años que no la veía (el tiempo que tengo sin ir a Caracas), y nuestro encuentro transcurrió como si nunca nos hubiéramos despedido. Sólo me di cuenta del tiempo que habíamos estado sin vernos cuando nos dimos el abrazo final en el aeropuerto de Madrid, ese lugar que conozco tan bien y que no sé si adoro o detesto, antes de que la Comadre tomara el avión de vuelta a esa ciudad en la que no vivo desde hace siete años, siete. Hace unos días se fueron Virginia y Juan, mi hermana y mi cuñado, que vinieron a pasar la Navidad con nosotros. Al principio, los ves en un contexto que no es el habitual (Madrid) y algo no te cuadra. Pero luego te vas acostumbrando a su presencia y tenerlos aquí es como unir tus dos mundos y te preguntas cómo has podido estar sin ellos tanto tiempo. Y entonces se acaban los días y se van. Y otra vez tienes que acostumbrarte a Madrid sin ellos. Y con cada despedida hay un pequeño desgarro. Siento que voy dejando migajitas de mí misma aquí y allá. Siempre hay algo que me falta. Será el precio de vivir lejos... pero fui yo quien lo quiso así. En fin. Si cuento mi vida en despedidas, la conclusión a la que llego es que mi vida ha sido larga. Pero si la veo en términos estrictamente cronológicos, me doy cuenta de que tampoco lo ha sido tanto (¿verdad? ¿Qué son 33 años a fin de cuentas? Nada). Lo que significa que hay una diferencia abismal entre lo vivido y el tiempo en que se mide. Lo que significa que la edad es relativa. Lo que significa que me estoy yendo por las ramas cuando en realidad lo que quería era hablar de despedidas. Me haces falta, Virgi. Navidad Hay quien detesta estas fechas, y no se le puede culpar, la verdad. Todo es un estrés. La gente se aglomera en todas partes, los regalos, las cenas, la cantidad de dinero derrochado. En Madrid no se puede caminar. Pareciera que todo el mundo se puso de acuerdo para estar en el mismo sitio a la vez. Por televisión sólo se ven cuñas de perfumes o juguetes. Y luego está el estrés familiar: que si este año toca el 24 en casa de Fulano, y el 31 en casa de Mengano, y cuando hablamos de familias políticas la cosa se complica. Dios, qué pesadilla. Pero no, no, no. ¿Qué sentido tiene este batiburrillo de celebraciones y compras compulsivas y comida en exceso? Bien. Es hora de remontarnos a los orígenes, de recordar qué es lo que realmente estamos celebrando. Porque hacer las cosas por hacer, sin que exista un significado detrás de la acción, es como volvernos robots. Simples carcasas de metal sin conciencia. Volvamos, entonces, a esa familia buscando posada, a la que, a falta de algo mejor, se le ofreció un pesebre. Un pesebre para dar a luz a un niño. ¿Alguna vez se han imaginado a esa pareja? ¿Alguna vez han pensado en la angustia de no tener un techo ni siquiera para traer al mundo a un hijo? ¿Y en la alegría de esos padres primerizos al tener el niño finalmente en brazos? Un niño que no iba a ser cualquier niño, y que haya nacido en un pesebre… qué lección de humildad. Pero todavía esa historia, que a mí me parece tan bonita, de José y María y la mula y el buey, se queda corta. Hay un significado que va mucho más allá de la mera anécdota religiosa, un significado que cobra vida cada diciembre. Un significado en el que participamos todos. Tengo que admitir que desconfío mucho de la religión. Y sé que a más de uno, la historia de Belén les pone los pelos de punta: no quieren ni oír hablar de ella, aunque sí quieren los regalos y la bulla decembrina. Pero es que olvidamos lo esencial. Lo de menos de esta historia del nacimiento de Jesús es que haya sido cierta o no. Puede que sea una simple leyenda, ¿qué importa? Lo de menos es que creamos en ella o dejemos de creer. Lo de menos es si creemos o no en Jesús. Podemos creer en Dios o no. Podemos ser religiosos o no. ¿Pero quién no cree en un niño? Pues bien, ese niño está presente. No se quedó en el pesebre hace dos mil años. Ese niño somos nosotros. Y no es otra cosa que nuestra capacidad de amar. Eso es lo que celebramos. Por eso el afán de estar con los nuestros. Por eso los regalos: es una forma de decirles a los demás que nos importan. Simbolizan la entrega. Celebramos el amor, y la vida que comienza a cada instante, que cada instante se renueva (de ahí los arbolitos de Navidad, que simbolizan la vida). Y esto es algo que no tiene por qué tener nada que ver con la religión. Pero tampoco es algo que se pueda entender leyendo esto, porque va mucho más allá de las palabras. Hay que vivirlo. Hagan la prueba. Cada vez que reciban un regalo, dense cuenta de qué es lo que están recibiendo en realidad. Cada vez que den un regalo, sepan lo que están dando. Que esta Navidad no sea una simple formalidad. Que cada celebración se convierta en un canto a eso que nos hace humanos, lo que verdaderamente le da sentido no sólo a las fiestas sino a cada día de nuestras vidas, y que no es otra cosa que nuestra capacidad de amar. Les deseo unas Navidades llenas de lucidez y conciencia, para que la alegría brote desde el único sitio de donde sale toda alegría verdadera: desde la esencia. Asuntos domésticos Escribo esto mientras me instalan la calefacción. La dueña del piso donde vivo ha decidido instalarla porque si no la comunidad de vecinos la iba a demandar. Es un cuento largo. El hecho es que desde el jueves de la semana pasada mi casa está invadida y yo estoy mareada de ver a tanta gente entrar y salir: los dos instaladores y ella, la dueña, a quien llamaremos en adelante M.C. y que vale por diez personas juntas, todas enloquecidas y gritando al mismo tiempo.Por Dios, qué paciencia. La mujer ha aprovechado mi ausencia (yo tengo que trabajar y ella se tiene que entender con los instaladores) para ver todos y cada uno de los rincones de mi casa. Que si la baldosa se rompió. Que no hemos descongelado la nevera (y va y la descongela). Las cortinas están sucias (y va y las lava). Las baldosas del baño. Las ventanas que no abren bien. Aaaaggghhh. Y yo me pongo a pensar, Dios mío, en el marido de esa mujer. Pobre ser, lo que le ha tocado. Afortunadamente ella no vive en Madrid, y no viene con demasiada frecuencia. Y afortunadamente, la calefacción sólo se instala una vez. Porque yo vuelvo a pasar por esto y no respondo. Alguna gran culpa debo estar pagando. Ouch!Me botaron del trabajo. Dar clases a niños no es lo mío. Y menos de inglés. Me di cuenta de ello más o menos a la segunda semana de empezar. Nunca le había dado clase a niños y la verdad es que nunca me había interesado, hasta que surgió este trabajo en donde las condiciones no estaban mal - pero la verdad es que de no haber sido por eso, ni siquiera me lo habría planteado. Me gusta dar clase, pero a adultos. No hay que andar detrás de ellos para que hagan la tarea, ni para que no rayen los pupitres. Si no entienden algo te lo preguntan, y nadie les obliga a ir a clase - ellos van solitos. Si no te ha dado tiempo de preparar nada, les preguntas por sus hijos, por el trabajo, o comentas el juego de fútbol de ayer. Haces amigos. Y es reconfortante cuando te dicen, "qué buena clase, lo entendí todo". Con niños, en cambio, tienes que invertir el doble de tiempo en preparar la clase, en inventar juegos, en cortar y pegar. Tienes que hacer que aprendan sin que ellos se den cuenta, y tienes que tener diez pares de ojos para dar la clase, estar pendiente de que nadie se meta con nadie, de que los más rápidos no se aburran y los más lentos entiendan, de que se estén divirtiendo. No, pana. Esa vaina no es lo mío. Lo que pasa es que claro, hubiera sido más lindo ser yo la que comunicara mi cese al centro, y no al revés. Hubiera sido más digno. Pero yo estaba esperando a que pasaran las vacaciones de Navidad. En fin, qué se la va a hacer, se me adelantaron, pero bueno, me quedan unas tres semanitas de pesadilla y ya está, seré libre de nuevo. Mientras tanto me lo tomaré con calma. -Teacher, teacher, can I go to the toilet? -Yes you can. -Can we draw? Can we play? -Yeah, yeah, whatever you want, just pretend you're doing something in case the director comes, okay? 33 Bien, ya llegué a esa edad mítica. No hace mucho cumplir años era una ilusión y no una amenaza. Cada año me acercaba al futuro, que me imaginaba como una mezcla de aventura, independencia y éxito. El futuro era el lugar en el que se acababan los miedos. Pero pasan los años y te das cuenta de que el miedo siempre va a estar ahí acechando, por más que hayas superado obstáculos, por más que te hayas probado a ti mismo una y otra vez, por más victorias, siempre va a haber una parte de ti que no sabe, que duda, que tiene, en definitiva, miedo.Hace días y días que no escribo en mi blog, y la noticia de los 33 es vieja ya. Pero tenía que escribirlo igual. Los días se van sucediendo y cada vez me doy más cuenta de que no es allá que está la meta, en un futuro inexistente e incierto, sino ahora, en este momento, en este instante, que es lo único que puedo considerar mío. Estoy retomando el rumbo perdido. He retomado (gracias a Bolaño) aquella novela que había dejado abandonada hace tiempo, que se me había muerto por dentro de pronto. Yo pensaba que nunca más iba a vivir y resulta que aquí está, viva y con ganas. ¡Solamente eso ya es tanto! No están mal los 33 después de todo. La gripe, la luna, y otras consideracionesTodo el fin de semana con gripe, inmersa en una suerte de delirio surrealista, como si me moviera en un universo paralelo que me recuerda muchísimo a la carta de La Luna en el Tarot: un perro aullando, una suerte de ¿alacrán? en un estanque, la luna, cómo no, fantasmagórica en el fondo. El subconsciente, dando vueltas, desechando imágenes, reutilizando fragmentos de vivencias que habían quedado olvidados. Yo, mi yo consciente, quiero decir, no interviene para nada en el proceso; a lo sumo me sumerjo en un sopor extraño, envuelta en una cobija frente a la televisión. Imágenes que no sabría describir pasan por mi mente. Palabras sueltas. Colores. Y afuera el frío. La conclusión inmediata es que las pastillas que tomo para aliviar el malestar me drogan. Pero voy más allá y me acuerdo de lo que la gripe es en realidad: un mensaje inequívoco del cuerpo, que no puede más, que pide una tregua, que se enferma porque sabe que de otra manera no lo escucharía. El otro día, en el curso de Shiatsu, Pedro, mi profesor, me tomó el pulso. Me dijo que estaba con demasiadas cosas, que mi energía estaba agotada, y que mi cuerpo estaba echando mano de la Esencia de Riñón, que es como decir la energía primigenia, aquella que traemos de nuestros padres. Eso me alarmó. Me di cuenta de que si seguía con el ritmo que he llevado hasta ahora me iba a enfermar. Decidí parar un poco y dejar algunas clases. Interpreto esta gripe como la primera señal de advertencia. De vez en cuando me viene bien detenerme y replantearme mis prioridades, revisar cómo he ido llevando mi vida hasta ahora y cómo lo voy a hacer de ahora en adelante. Y hay cosas que van a cambiar. Antes de internarme de nuevo en esos oscuros pasadizos de la mente que he estado visitando en mis sueños febriles, tomo nota de unas cuantas llamadas telefónicas que haré mañana a primera hora, para empezar. Afuera brilla La Luna. LluviaTodo el día lloviendo. El paraguas, el autobús, las carpetas. Se hace tarde. El reloj. Las botas. Entrar y salir y volver a entrar una vez más y de nuevo la lluvia, de nuevo. El agua se mete por las ranuras, se cuela en la cartera, me moja los libros. Yo no paro. No tengo tiempo. Si saber cómo, de pronto ya no estoy. Sigo moviéndome, alguien (¿mi mano?) sostiene el paraguas. No soy yo. Ya no estoy. Me quedé agazapada en algún portal, en alguna boca de metro, en la cama que estaba tan tibia antes de salir por la mañana. Esta otra, la que lleva el paraguas, se mueve con eficiencia, pero sin sentido. El paraguas. El metro. Las mismas palabras gastadas. Sigue lloviendo. ¡Qué semanita!Ayer se fue la Comadre, y como siempre, no nos bastó el tiempo. Nos contamos muchas cosas pero siempre faltan otras por decir. Suele ser así. Pero no me quejo: aunque fueron pocos días, fue un verdadero privilegio tener aquí a la Comadre. Hoy he necesitado todo el día para digerir su visita, y sobretodo, su ausencia. Soy un poco lenta para estas cosas. Por otra parte, han sido unos días tan agitados, que siento la necesidad de detenerme y ponerme en contacto conmigo misma de nuevo. Recargar las pilas. Mariano se fue al juego de basket del Estudiantes, yo no pude. No tuve fuerzas. Me pregunto qué estará haciendo la Comadre ahora. Seguramente estará contándole a la gente acerca de Madrid. ¡Qué ganas de estar allá! Hace dos años y medio que no voy a Caracas. Si consigo una buena oferta me escapo para el puente de noviembre. ¡Llegó la Comadre!Les cuento que la Comadre (ver post del 2/10) ya está aquí. Finalmente pudo arreglar su problema con el pasaporte y llegó ayer en la mañana. Apenas la pude ver un ratico al mediodía, pero fue tan sabroso el abrazo! Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si nos hubiéramos visto ayer. Es tanto lo que nos une y lo que hemos compartido, que ni siquiera hace falta que nos digamos nada para saber en qué anda la otra. Nuestros procesos suelen ser paralelos: vivimos cosas parecidas, llegamos a las mismas conclusiones, ella en Caracas y yo en Madrid. Y ahora está aquí, y es tan reconfortante tenerla cerca. Habrá tiempo para tomarnos todas las cervezas (¡y las tequilas!) que no nos hemos tomado en dos años y medio. Últimamente estoy bastante eufórica. Tengo una energía impresionante. Será la llegada de la Comadre, será que sorprendentemente me gusta mi trabajo nuevo (es divertido dar clase a niños). No sé. Mientras dure, genial. Me siento bien, y las cosas empiezan a enderezarse. Mirándolo más de cerca, me doy cuenta de que en realidad no ha cambiado nada, sólo ha habido en mí un pequeño cambio de perspectiva. Es increíble como con una cosa tan sencilla se puede lograr tanto. Lo que me pasó hoy5:50 AM.. Suena el despertador. Ya estaba despierta. No he podido pegar ojo en toda la noche. 6:05 AM. En el espejo del baño mis ojos se ven rojos. Anoche estuve en la Casa de Granada, un bar en Tirso de Molina que queda en la planta alta de un edificio. Desde su terraza se ve Madrid. ¿Por qué estoy levantada a estas horas un día sábado? Porque viene la Comadre, y voy a buscarla al aeropuerto. 6:25 AM. Ya lista, salgo a la calle. Tengo como 5 contracturas en el cuello y los hombros. Todavía es noche cerrada y hace un poco de frío. Como hace tiempo que no salgo a destruirme, me sorprendo al comprobar que hay mucha vida en los alrededores de Atocha: la gente a estas horas sale de las discotecas y se va a tomar churros con chocolate en los bares atestados. No hace mucho yo también hacía lo mismo. Cómo nos cambia la vida. (Lo digo sin ninguna nostalgia, la verdad. Ni por un momento volvería atrás). 6:40 AM. Me monto en el tren hacia Nuevos Ministerios. He quedado con Isabel a las 7 en la estación de Colombia, para seguir las dos al aeropuerto. Se supone que el vuelo de la Comadre llega a las 7, pero entre que salga y busque las maletas calculamos que pasará por lo menos media hora. 7:15 AM. Ya en el aeropuerto, nos damos cuenta de que no tenemos idea de la aerolínea ni mucho menos el vuelo. Mala señal. Vemos en las pantallas que los vuelos procedentes de Caracas llegan a las 7:45. Le enviamos un mensaje a A. (mi ex y compadre de la comadre). Nos responde que ha visto en la página web del aeropuerto que el vuelo salió con retraso y llegará a las 8:05. Isabel y yo nos damos cuenta de que hubiéramos podido dormir una hora más (o al menos permanecer en la cama con los ojos abiertos). Queremos matar a alguien. En vez de eso decidimos tomarnos un café. 7:30 AM. El café con leche y unas galletas nos han devuelto a la vida. Hablamos de todo un poco mientras esperamos que pase el tiempo. Una pareja ha dejado a su bebé en el coche mientras despreocupadamente se dirigen al self-service. En nuestras mentes latinoamericanas no cabe semejante descuido: cualquiera podría llevarse a la bebé. Qué angustia. 8:30 AM. Veo pasar a A. a toda prisa, hacia la puerta 1, por donde debería salir la Comadre. A. tiene el mismo tumbaíto de toda la vida (nos conocemos desde los 17 años). 8:35 AM. El encuentro con A. es cálido y eso me reconforta. Me sorprende sentirme tan distendida. Está más delgado que la última vez que lo vi. En las pantallas, vemos que el vuelo se ha retrasado - ¡hasta las 12:45! A. dice que Santa Bárbara siempre se retrasa. Si hubiera ventanas, me lanzaría por una. 8:37 AM. A. quiere ir a desayunar, pero Isabel se entera de que nuestro amigo Jesús, que trabaja en el aeropuerto y a quien no vemos desde hace años, está de servicio. Decidimos ir a verlo al terminal de vuelos nacionales. 9:30 AM. Nos vamos, pero volveremos. Paramos a desayunar en un café cerca de la casa de Isabel. Al rato ésta se despide. A. y yo nos quedamos conversando y luego me lleva a mi casa. Quiero dormir. 11.00 AM. No puedo dormir. 1:10 PM. A. me pasa buscando para volver al aeropuerto. Qué distinto es ir en carro. En el camino hablamos de todo un poco. Estoy contenta. 1:30 PM. El vuelo de la Comadre ya llegó. Nos ponemos a esperar a que salga. 2:05 PM. Ni rastro de la Comadre. 2:35 PM. Empezamos a ponernos nerviosos. Preguntamos a un vigilante por la Comadre, nos dice que no puede darnos ninguna información, que lo único que podemos hacer es preguntar en la policía. Preguntamos en Santa Bárbara. Nos dicen que a lo mejor la están interrogando. Ni que se tratara de un criminal. ¿Será que le metieron una vaina en la maleta? En la policía nos dan un número de teléfono que siempre está ocupado. 3:15 PM. De la Comadre todavía no se sabe nada y hace más de dos horas que llegó su vuelo. No queremos llamar a su mamá en Caracas porque se va a morir de la angustia. Además, si la Comadre no se hubiera embarcado, nos habrían avisado. El celular de la Comadre tampoco responde. 3:40 PM. Intentamos llamar a la Comadre una vez más, y esta vez, atiende. -¿Dónde estás?- pregunta A. -En Caracas – responde ella. La cara de A. se transforma mientras me cuenta, con el auricular en la mano, que es mañana cuando la Comadre llega. ¡La gran caraja nos había dicho a todos que llegaba el sábado a las 7 de la mañana, pero resulta que era el sábado que se embarcaba, y llegaba el domingo! La insultamos. Lógicamente. Y luego nos vamos a descargar nuestra arrechera en un MacDonald’s, que no es el mejor lugar para estos menesteres, pero es barato. Que nadie se nos cruce por delante porque lo matamos. 10:00 PM. No tengo la más mínima intención de desplazarme mañana al aeropuerto. A. seguro que sí va, porque es un santo. En cuanto a mí, si alguien se atreve a despertarme antes del mediodía, más le vale que rece por su vida. DownHay días en que me quedaría en mi casa, mirando por la ventana, sin mover un músculo. Días en que cualquier esfuerzo, por mínimo que sea, se siente tan cuesta arriba que más valdría no hacer nada. Pero no me puedo detener. Hay obligaciones que cumplir, objetivos que alcanzar, llamadas, citas. Y el autobús, y el metro, y el verano que no se termina de ir, pero tampoco quiero que se vaya. Hay días y hay días. Soy un péndulo. Voy de un lado a otro. Mi humor va de un lado a otro y no termino de centrarme, por más tai chi, por más reiki que haga. Supongo que es cuestión de tener paciencia, de esperar a que el péndulo finalmente se detenga en el centro. En estos momentos es perfecto el ocio creativo. Simplemente no hacer nada. Una vocecita: Blanca. Mi personaje. Pero no, ahora no. Afuera brilla el sol. Está por acabarse la tarde. Se nota que anochece más temprano. Yo estoy aquí, con dolor de espalda, como siempre, como siempre, como siempre. Algo tiene que cambiar, algo va a cambiar. Voy a salir, voy a mover un poco las piernas, a ver qué me dice la tarde. Personajes y nostalgias Días sin escribir porque he tenido la cabeza puesta en la búsqueda de trabajo. Ya conseguí, eso parece, y no está mal, así que ahora podré dedicar mi cabeza a otras cosas.A pesar de no haber trabajado en la novela últimamente, me ronda en la cabeza la nueva historia, y por ahí sale Blanca, mi personaje, que está más viva que mucha gente con la que me topo por la calle. En mis idas y venidas por Madrid, en mis eternos viajes en metro y autobús, de un lugar a otro, tengo la oportunidad de observar a la gente. Me pregunto entonces cómo se movería Blanca entre ellos, y casi la veo entre la gente, aferrada a su bolso, intentando leer un libro a pesar de los empujones (creo que lo que está leyendo es Madame Bovary). Blanca trabaja en lo mismo que yo: es profesora de inglés. La diferencia es que ella lo odia y yo, a fuerza de repetir mil veces las mismas cosas, le he tomado cariño al trabajito: después de todo, es lo que me ha mantenido desde hace ya unos años. Atrás quedó mi flamante diploma de Comunicadora Social – pero eso cada vez duele menos. Lo mejor de dar clases es que tengo tiempo para hacer otras cosas, como por ejemplo pasarme un jueves por la mañana escribiendo. Por la ventana miro el cielo azulísimo, y me pregunto qué será de la vida de García Madero, el personaje de Los Detectives Salvajes (ya me acerco al final) que apareció al principio de la novela y no se le ha vuelto a ver. Curioso que en la segunda parte del libro, Los Testimonios, nadie lo mencione. En todo caso, ¡quién escribiera como Roberto Bolaño! Noto que a medida que voy resolviendo cosas, la escritura se vuelve más fluida. Es como el agua de un río. Se me antoja fresca, y el sol brillando entre las hojas de los árboles. Cierro los ojos y casi estoy allí, en Sabas Nieves, cuando en vez de subir la cuesta de los amantes del ejercicio te metías por ese otro caminito que conducía a un riachuelo. Era sabroso mojar allí los pies. El paisaje era idílico, ¡y todo eso en medio de la ciudad! Esas son las cosas que tiene Caracas que no encuentras en ningún otro lado. (La nostalgia, de nuevo). Esta mañana recibí un mail de mi comadre del alma. Dice que si todo sale bien, podría estar aquí el 3 de octubre. ¡El 3 de octubre! ¡No falta nada! Ya me veo recibiendo a la comadre en el aeropuerto, saboreando ese poquito de sol caribeño que sin duda se traerá con ella. Ojalá que venga. Será como unir Caracas y Madrid. Una vez más. |
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