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sopotocientos

Tita

Cuando mi mamá era una niña, vivía en Betijoque, en los Andes venezolanos, con mis abuelos. Mi abuela contrató a una muchacha del pueblo para que ayudara a cuidar a mi mamá, que era muy tremenda. La muchacha se llamaba Clemencia, y tenía el pelo largo y negro y los ojos curiosos y vivaces.

Como mi mamá no sabía pronunciar su nombre, la bautizó Mencha, y Mencha comenzaron a llamarla todos. Mencha no se opuso a ese cambio de nombre, y mi mamá y ella pronto se hicieron inseparables. Se las veía por el pueblo, mi mamá delante y Mencha atrás, siempre defendiéndola cuando mi abuela llegaba a regañarla por sus tremenduras.

Un día mis abuelos decidieron trasladarse a Caracas. Mencha, por supuesto, fue con ellos. Por nada del mundo se hubiera perdido ella eso: Caracas era una ciudad de verdad, tan grande que casi parecía de mentira, con tranvía y casas de techos rojos y gente, muchísima gente. Desde entonces Mencha no se separó de mi familia. Acompañó a mi abuela y a mi mamá cuando murió mi abuelo, siendo mi mamá todavía una niña. También estuvo cuando ella empezó el colegio, y cuando fue a sus primeras fiestas, y cuando comenzó a estudiar en la universidad, y cuando se enamoró por primera vez, y por segunda. Y Tita también acompañó a mi mamá y a mi abuela cuando mi mamá conoció a mi papá, y cuando se casaron. También estuvo cuando yo nací, y cuando nacieron mis hermanos.

Cuando yo estaba muy pequeña me decían que Mencha era mi abuelita, así que yo le cambié el nombre una vez más y la bauticé Tita. De nuevo Tita no se opuso. Claro que entonces ya Tita no era la muchacha de pelo negro que había cuidado a mi mamá. Ahora el pelo lo tenía gris, y se lo recogía detrás de la cabeza en un pequeño moño. Usaba alpargatas que arrastraba contra el suelo y vestidos de flores, y unos lentes que le hacían los ojos más grandes y le daban un aspecto entrañable de osito de peluche.

Cuando mi abuela murió, Tita se trasladó nuevamente a los Andes para estar cerca de su familia, y se instaló en una vieja casa que había pertenencido a sus abuelos. Era la casa de una antigua hacienda de café, tan antigua que no tenía agua corriente y que hasta hacía muy poco tampoco había tenido luz eléctrica. Pero allí Tita era feliz. Siempre tenía algo que hacer: darle de comer a las gallinas, o cocinar esa cosas deliciosas que nunca más probaré: torta de plátano, unas sopas exquisitas, las arepas perfectas, el café con leche siempre en su punto. Y estas cosas Tita las hacía en el fogón, porque cocina eléctrica nunca tuvo, pero así las cosas sabían mejor.

Siempre que podíamos íbamos a visitarla. Nos sentábamos en la cocina para ponernos al día, en una mesa grande cubierta con un mantel de plástico de cuadros rojos y blancos, mientras su gallo favorito iba y venía y ella preparaba esas cosas ricas.

Tita murió hace unos años. Yo no pude ir al entierro porque estaba en Madrid, pero me contaron que fue precioso. Y es que a Tita la quería todo el mundo, era imposible no quererla, así que todos los niños del pueblo le llevaron flores, y los niños de los pueblos vecinos, y fue muchísima gente. A mí me hubiese gustado ir. Pero tampoco lo sentí demasiado, primero porque yo ya le había dicho a Tita todo lo que tenía que decirle antes de que se fuera, y también porque de alguna forma yo sentía que estaba presente en los niños que le llevaron flores. Como si en ellos volviera a ser niña. La niña que era cuando iba al parque de la mano de mi Tita.
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2 comentarios

diminui -

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Gracias por seguir publicando la palabra.

andrea -

Qué lindo y qué triste a la vez...hay personas que nunca se olvidan...que dejan huella...

saluditos
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