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sopotocientos

Dos canas

En la parte superior de mi cabeza, en todo el medio, florecen dos canas pequeñísimas. Apenas despuntan entre la maraña de mi pelo. Seguramente nadie las notaría, a menos que las buscara expresamente. Pero yo sé que están ahí. Las llevo a todas partes.

No es la primera vez que me encuentro una cana. La primera apareció hará un par de meses. Cuando la descubrí, mirándome en el espejo del baño, me quedé paralizada. Esta era larga: larga y blanca como un pequeño intruso en medio de mi pelo crespo, que en ese momento intentaba domesticar, peine en mano. Lo típico era gritar. Lo típico era salir corriendo a mostrársela a Mariano como si de una maldición se tratase. Pues no. Yo no. Yo me la arrancaría de la cabeza y me olvidaría del asunto.

Pero unos días después me encontré otra. Se acercaba mi trigésimo-cuarto cumpleaños. Vaya regalito: la evidencia del paso del tiempo me caía encima con todo su peso. Mi primera reacción fue arrancármela como la mala hierba, igual que había hecho con la primera, pero luego lo pensé mejor. Admitámoslo: nada iba a impedir que siguieran saliendo. Ya que de alguna forma tendremos que convivir, mejor llevarse bien, ¿no? Así que me la dejé, y días después aparecieron las dos hermanitas pequeñas que van a su propio ritmo, en medio de mi cabeza. La verdad es que he empezado a encariñarme con ellas.

Es curioso. Las "primeras veces" suelen ser eventos importantes, memorables, hasta que uno llega a cierta edad. El primer beso, el primer día de clase, el primer cigarrillo, el primer baile pegado, la primera noche, el primer hijo. En cambio, la primera cana es un evento terrorífico, tan terrorífico como inevitable: no se puede detener al tiempo. ¿Qué voy a hacer? ¿Ponerme a llorar? Sí, cuando mis canas se vean supongo que me teñiré el pelo, por una cuestión de estética. Pero nunca voy a mentir sobre mi edad. Para llegar a esta edad -treinta y cuatro, tampoco es taaaanto - he pasado por muchas cosas. He ganado batallas y las he perdido. He hecho el ridículo muchas veces. Me he puesto en situaciones de peligro. He cometido excesos. Me he arrepentido por hacer algo y también por no hacerlo. He abandonado los viejos sueños y luego los he recuperado y vuelto a abandonar y actualizado para finalmente definir cuál era mi camino, el verdadero, y quién quería ser. Ahora estoy en ese camino, ¡y lo que falta por venir! ¿Volvería atrás? ¿Recuperaría el desenfreno de mis veinte años y volvería a no tener la más absoluta idea de hacia dónde voy? No, por Dios. Yo me quedo con mis dos canas.

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