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Once años

Once años (A propósito de este post de Claudia Cazorla, mi querida anfitriona neoyorquina y cómplice ex teatrera, que me hizo evocar la siguiente instantánea que le dedico con este cariño nuestro sin fronteras, desviando por un momento la mirada hacia tiempos más gratos).

Claro que le digo que sí, por supuesto, porque ya sabía lo que iba a pedirme cuando lo vi asomarse al salón tan serio y tan lindo con su suéter azul marino y su cara de sexto grado y yo que estoy en quinto, y casi me muero cuando me llamó con la mano y la profe me dijo que sí, Watson, que podía salir pero rapidito, y salgo a su encuentro y él me conduce hasta la baranda, misterioso, y sin preámbulos susurra la frase con la que llevo días soñando: «Que si te quieres empatar conmigo». «Okey», respondo, y me encojo de hombros para disimular la taquicardia, y entonces me pide que no se lo cuente a nadie y yo le aseguro que no lo haré pero la verdad es que no tengo la más mínima intención de guardar mi promesa, claro que no: al final del pasillo, en el baño de niñas, me espera Isabel, y yo corro y corro como cuando jugaba a las carreras y me parece que el pasillo se hace larguísimo y corro y paso los salones de Quinto B, C y D y ni siquiera me volteo a ver si él sigue ahí, pero cómo no se lo voy a contar a nadie, pienso, porque no contarlo es como que no hubiese pasado, y al fin alcanzo la puerta del baño: «¡Tengo novio, tengo novio!» le anuncio a Isabel con un grito, y las dos nos abrazamos y brincamos como locas.
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