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Clemencia Toro de Aponte, in memoriam

Nos dejaba ayudarla a amasar las arepas, las manos pegajosas de masa blanca que nos llevábamos a la boca en cuanto se daba vuelta, niñitas, no se come la masa cruda, que les va a dar dolor de barriga, y nosotras volvíamos entre risas a nuestras creaciones, encaramadas en sendas sillas para poder llegar a la encimera, hacíamos arepas cuadradas, alargadas, con forma de caracol, con caras —sonrientes, malhumoradas, tristes—, y Tita las cocinaba junto a las de verdad y después nos la servía convertidas en masa tostada que en nada se parecía a nuestra idea original, pero daba lo mismo: Virgi y yo nos las comíamos con la satisfacción de saber que eran hechas por nosotras, Tita, ¿verdad que ya sabemos cocinar como tú? Y Tita nos enseñaba las llagas de sus dedos —¿por qué se quemaba tanto? ¿no veía bien?—: muchachitas, no es tan fácil, miren lo que hace la candela, y le dábamos besitos convencidas de que así se le curaban, Tita, ¿verdad que ya no te duele? Una vez se quedó a dormir en nuestro cuarto y a las cuatro de la mañana quería levantarnos para ir al colegio, porque ya había cantado el primer gallo. Toronto. Toronto se llamaba el gallo que, muchos años después, se paseaba orondo por su cocina de los Andes cuando íbamos a visitarla ya con los maridos y que acudía como un perro cuando Tita lo llamaba. Al año siguiente Toronto no apareció. ¿Y Toronto, Tita? Ay, si vieran qué rico quedó ese sancocho. Ah Tita. Las alpargatas sonando ras ras con cada paso. El pelo largo recogido en un moñito que se volvió gris tan rápido. Los lentes de culo de botella que te hacían tan grandes los ojos y te ponían tan linda, Tita. Los vestiditos de flores. Las manos arrugadas. Y lo chiquita que te fuiste quedando con los años, siempre ras ras de un lado a otro, insistiendo en batir los huevos para hacerme una torta de plátano porque era mi cumpleaños y tus sobrinas no querían verte trabajar y tú de mal humor, carajo, que te dejaran hacer tus cosas, pues. Y el ras ras sonando todavía en esa casa que ya no existe y a la que sin embargo me empeño en volver, una y otra vez, para despertar a mis muertos, y me paseo contigo por sus corredores de ceniza, Tita, Mencha, Clemencia. Siete años y sigue tan viva tu huella.

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5 comentarios

vivian -

Mi M: ejem... por cuestiones de pudor, a ti mejor te respondo por otra vía ;)

MO querida: ¡Qué ilusión me ha hecho tu comentario! Me he emocionado muchísimo. Puedo darme por satisfecha entonces :) Muchas gracias y un beso muy fuerte!

Emma: Si has sentido a Tita como tuya, cosa que me emociona mucho, es porque me has ayudado a despertarla. Después de todo, los ángeles no suelen desaparecer por mucho tiempo, no? Muchas gracias por tu comentario!

A do outro lado: Ven siempre que quieras! Un abrazo!

A do outro lado da Xanela -

De haberlo sabido hubiera venido antes, para conocer a Tita y poder pasar con ella el poco tiempo que tuviera.

Precioso. Verdaderamente precioso.

Un saludo. Vendré siempre que pueda

Emma -

Como es posible que Tita se haya ido? No hay muchas como ellas. Tita de hacendosas manos. La adoro como si fuera mia aunque sea tuya. Seguro que si yo la hubiera conocido ella tambien me hubiera conocido a mi, solo de echarme un vistazo.
Me ha gustado mucho.
Aunque me ha hecho pensar otra vez, por que? Por que?

Un afectuoso saludo.

MO -

Viv Ojos...

!Qué hermoso y qué bien escrito!

¿sabes qué?

Casi que me sentí como tu hermana o tu prima....
Me llegó un eco de pasado compartido ...

Lindísimo texto.
Y, repito, un prosa fantástica!

besos

Mariano -

Vivi, me emocionaste (que no es poco), ojala hubiera conocido a Tita y comido tus arepas con sonrisas. Por suerte son algo con als que espero vivir el resto de mi vida (tus sonrisas y als arepas), ja. Me llenas de orgullo.
Un beso,
Mariano
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