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Sabia Vida Sabia

Sabia Vida Sabia

Al fin tengo mi copia dedicada de Sabia Vida Savia (Edic. Amargord), el precioso libro con textos de María Gabriela Lovera e ilustraciones de Daniela Guglielmetti, talentosísimas ambas y con una creatividad que deslumbra ya desde la portada de este librito rojo, "Manual de irrealismo pragmático", que es en realidad cualquier cosa menos un simple librito. "Puede que sea un libro de niños para adultos, o puede que sea un libro de sueños para la vida diaria. A lo mejor es lo mismo." Así lo describe el prólogo de Pablo Fernández Christlieb, y no se me ocurre mejor introducción. Sumergirse en él es nadar por los vericuetos de los sueños, un antídoto contra autobuses atestados, despertadores y formularios y esas cosas odiosas que forman parte de la vida adulta. "Lo escrito se cuela por los bordes del libro/ hasta tu regazo,/ para que acaricies/ la tarde que dormita en su lomo", escribe Gabi con esa lucidez tan suya. Las ilustraciones de Daniela, sugerentes y misteriosas, no se quedan atrás. Para quienes estén por Madrid en estos días, la autoras están en la Feria del Libro, en la caseta 178 de Ediciones Amargord. Puede que hasta tengan la suerte de que les dediquen una copia, pero no les garantizo que la dedicatoria sea tan genial como la mía. Lo siento, pero no siempre tengo motivos tan acertados para presumir.

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La caraqueña del maní

La caraqueña del maní Como caraqueña trasplantada a Madrid, ha sido curioso leer esta novela que transcurre en la Caracas actual y por la que transitan malandros, buhoneros, policías corruptos, sifrinos estirados y escuálidos clase media, mujeres bellísimas de todos colores pero sobre todo mulatas de infarto expertas bailadoras de salsa, mucho ron y marroncitos, y adúlteros de toda clase y calaña. Quien busque sexo, violencia y crimen lo encontrará en abundancia en estas páginas, sin menoscabo a su calidad literaria, que, sin duda, la tiene. La prosa de Muñoz es ágil y bien condimentada, con descripciones muy visuales y una trama impecablemente construida. El personaje principal es un ex etarra que vive refugiado de su pasado en esa capital del caos que es la Caracas de la era chavista, y la caraqueña a la que se refiere el título es una mulata que el protagonista conoce en El Maní, ese lugar emblemático que tanto recuerdo de mis años universitarios y al que iba a hacer el ridículo porque la salsa es algo que nunca se me ha dado. Nunca.

Lo cierto es que, leyendo esta novela, me transporté: allí estaba el Ávila (“Monte Ávila”, lo llama), Las Mercedes, la autopista Caracas-La Guaira (antes de la trocha), las calles concurridas del Centro, el tráfico, el calor, el cerro, los modismos (“chévere”). El trópico, pues. Y también el eterno enfrentamiento de clases que nos ha llevado a donde ahora estamos. El desdén con el que las clases acomodadas se dirigen a los que tienen menos, el afán de éstos por parecerse –a toda costa– a los primeros, y el mutuo desprecio (y ya que hablo de esto, voy a permitirme una pequeña nota al margen: una de las razones por las que llevo diez años viviendo fuera es que la palabra “mono” –con la que algunos de mis compatriotas se refieren a los habitantes de los cerros– aquí significa “lindo”).

Sólo tengo un pero, un detalle que para mí no deja de ser importante: algunos nombres de calles están equivocados (“Chuaco” en lugar de “Chuao”, por ejemplo). En esta novela el escenario es un personaje más y al menos los nombres de las calles, a mi juicio, tendrían que estar bien escritos. Salvo eso, creo que es una gran novela, y yo que no suelo leer novela negra he disfrutado mucho de esta incursión en lo que para mí es un nuevo territorio.

"El Ingrediente Secreto", de Vanessa Montfort

"El Ingrediente Secreto", de Vanessa Montfort

Hace semanas que quiero escribir sobre esta gran novela, premio Ateneo Joven de Sevilla 2006, y ahora que me siento a hacerlo, no sé por dónde empezar. A lo mejor porque Vanessa es una nueva amiga, y me da un poco de pudor escribir sobre los amigos. Es mucho más fácil escribir sobre el texto de un desconocido que sobre el de alguien con cuyas buenas noticias te alegras sinceramente, y a quien, por cierto, debes una comida. Pero este libro me ha entusiasmado mucho, y como siempre que un libro me entusiasma, me siento en deuda y quiero compartirlo.

 

El Ingrediente Secreto es la historia de un viaje en dos dimensiones. Una de ellas se adentra hondo en el pasado de España, y la otra transcurre en el Madrid de 2004. Eva, la protagonista, regresa a la casa paterna después de una dolorosa ruptura. Se inician así una serie de conversaciones con su padre, Fernando, que poco a poco va desgranando su vida, revelándose ante ella en una narración desprovista de alardes y nada autocomplaciente: allí están sus caídas, sus errores, sus tropiezos, pero también su lucha por sobrevivir en una España resquebrajada y doliente, un pasado que se mezcla con el presente de Eva y que la prepara para la búsqueda de su propio ingrediente secreto: esa cosa única que es distinta para cada quien, y que le da sentido a nuestras vidas. Ambos tiempos se entretejen con gran maestría y creo que ese es uno de los grandes aciertos de esta novela en donde nada sobra y nada falta, llena de imágenes visualmente poderosas, inolvidables, de esas que, al dejar de leer, cierras los ojos y recreas: los huevos sobre los que Fernando muchacho aprende a escribir, por ejemplo, y sobre los que Fernando anciano escribe la palabra “gracias”, un hermosísimo acto de agradecimiento hacia la hija que le presta sus oídos; o el teatro en el que Eva trabaja para devolverle la vida después de restaurado, en el que se encuentran una serie de personajes inolvidables —qué mejor lugar para reunirlos que un escenario vacío, ese punto donde todo converge— y que luego se verá inundado por una mágica lluvia ámbar que completa el proceso alquímico iniciado por Eva al comienzo de la historia.

 

Una maravilla.

 

Nunca me ha gustado atribuirle categorías a las cosas —mi mente no funciona con tanta precisión— pero creo que estoy en edad de permitirme cierta manías, así que yo soy de las que dividen a los libros en dos clases, los que se leen una única vez, y se disfrutan o no; y aquellos destinados a la relectura: esos son los más sabrosos, los que siguen vivos cuando los cierras, y te acompañan, y de vez en cuando te preguntas qué será de la vida de tal o cual personaje y entonces abres el libro en cuestión y allí está de nuevo, y disfrutas su compañía con la misma intensidad que la primera vez. El Ingrediente Secreto se ubica sin duda entre estos últimos, y creo que va a seguir estando entre la pila inestable de libros que tengo en mi mesa de noche casi como si fueran amuletos, y que en realidad lo son.

Conversaciones con Picasso

Conversaciones con Picasso La genial exposición de Picasso que se clausuró recientemente en el Prado y el Reina Sofía ha renovado mi interés por su figura, y guiada un poco por la intuición, me compré este libro de Brassaï (Fondo de Cultura Económica), uno de sus grandes amigos, que además viene con unas fotos increíbles del pintor, París en los cuarenta y algunas de sus obras. La escritura de Brassaï, depurada, precisa y muy visual (se trata de uno de los grandes fotógrafos de entonces) evoca con nitidez al París de la ocupación y de poco después de la liberación, y le da vida a ese personaje que fue Picasso, al hombre detrás de la obra, al artista que no podía parar de crear cosas con sus manos: las servilletas de papel se convertían como por arte de magia en el rostro del querido perrito que su amante había perdido; los restos de una bicicleta, en una cabeza de búfalo, y así todos los elementos que aparecían a su paso estaban sujetos a transformarse en otra cosa. Pero además están sus amigos: artistas de todas las disciplinas, como Matisse, por ejemplo, Apollinaire, Max Jacob, Sartre, Jacques Prévert, hasta Henry Miller desfila por ese París inagotable y Brassaï registra sus diálogos con Picasso y él mismo recreando, como si se tratara de una fotografía, las conversaciones, los escenarios, las inquietudes de cada uno, las obras en las que estaban trabajando. Las privaciones de la guerra.

Brassaï describe al París ocupado por los nazis con la precisión y objetividad con los que su lente captaba todo aquello que llamaba su atención, pero sin caer en los sentimentalismos propios de estos casos. Habla del frío, de la falta de gas para calentarse, de tener que trabajar con kilos de ropa encima, habla del miedo casi como si no hablara del miedo, centrándose más en el retrato de su amigo Picasso y los demás pintores, escultores, poetas, coreógrafos y artistas de todos los medios que lo frecuentaban. Nos cuenta cómo Picasso se queda en París durante la ocupación, a pesar de que podía haberse ido donde hubiera querido: para entonces, ya su fama daba la vuelta al planeta, para bien y para mal (desde luego, había quienes lo odiaban, cosa que no le preocupaba en absoluto).

En el Prado, mientras contrastaba Las Meninas de Velázquez con las distintas versiones de Picasso, intenté imaginarme al hombre que estaba detrás de esa visión, tan original para la época. Picasso tenía una gran confianza en sí mismo como artista, aún antes de que le llegara la fama. Cuántos otros habrá, con el mismo talento, pero menos arriesgados. No creo que la única condición para ser un buen artista sea el talento. Hace falta algo más. Valor. Cierta audacia. El libro de Brassaï es una excelente herramienta para acercarse al temperamento del artista, de todo artista. La poderosa, apasionada atención hacia todo lo que le rodea, incluyendo las cosas más nimias, lo que para otros puede pasar desapercibido. El espíritu juguetón: las ganas de divertirse con el medio que se ama, la apremiante necesidad de transformar un objeto en otro. La pasión. La solidaridad y entusiasmo hacia quienes, como él, se dedican a crear desde su esencia: la generosidad con la que Picasso organiza una exposición de los dibujos de Brassaï, por ejemplo, creyendo en ellos mucho antes que su propio autor, habla por sí misma. Es cierto que su temperamento era fuerte. Es cierto que le daban rabietas y que decía lo que pensaba a veces sin ninguna diplomacia: Brassaï también habla de ello, sin juzgar nunca, con esa maestría de fotógrafo con la que se imprime su prosa. Allí están los detalles, las situaciones, los testigos, las amantes, las palabras, incluso las fechas. Que cada quien saque sus propias conclusiones. Yo me quedo con la imagen de París en los cuarenta y ese Picasso juguetón, generoso, leal con sus amigos, consciente de su increíble talento (dibujaba sobre los manuscritos originales de sus amigos poetas para “revalorizarlos”), y sin ningún asomo de falsa modestia, esa forma tan odiosa de la hipocresía.

El poder de la memoria

El poder de la memoria De Venezuela me traje varios libros que no encontraría aquí en España. Libros de autores venezolanos, como Eduardo Liendo (genial Pepín Spútnik, Alekos), o Milagros Mata Gil (un grato descubrimiento), o la gran Ana Teresa Torres. El por qué de la escasa presencia de escritores venezolanos en las librerías españolas es algo a lo que no me voy a referir aquí, pero ciertamente es un tema que preocupa. Recientemente tuve la agradable sorpresa de encontrar un libro de poemas de Hanni Ossott, Canto de penumbra, en una gran librería de Madrid, y es posible encontrar cosas de Arturo Uslar Pietri y Rómulo Gallegos, pero hasta ahí.

En fin. Yo de lo que quiero hablar es del libro de Ana Teresa Torres, Doña Inés contra el olvido. De Torres había leído El exilio del tiempo, una novela hechizante y lúcida, y la más reciente Los últimos espectadores del Acorazado Potemkin, bastante intrigante. Pero ninguna como Doña Inés.

Doña Inés es una mantuana del siglo XVI que narra desde la muerte las vicisitudes de su descendencia, y con ellas la historia de Venezuela a lo largo de tres siglos. Su voz es el hilo conductor que hilvana escenas inolvidables, episodios históricos, lugares y costumbres del pasado y el presente, y explica sin quererlo cómo hemos llegado a dónde estamos y por qué somos como somos. Es un libro muy hermoso, lleno de personajes lúcidos, y Doña Inés está tan llena de vida que a uno le provocaría cerrar los ojos y escucharla contando anécdotas como lo hacían mis tías abuelas cuando era niña.

Como siempre que termino un buen libro, me ha costado mucho dejar a Doña Inés. Hay escenas que se han quedado conmigo para siempre, como la entrañable huida de la esclava Daría con la niña Isabel. Su ama Doña Isabel (viuda del nieto de Doña Inés), sus tres niños y ella están siguiendo a Bolívar, quien ha ordenado la evacuación de Caracas hacia oriente para escapar de las tropas de Boves. La situación es desesperada, los muertos se amontonan en el camino, no hay agua ni alimentos; Doña Isabel, que nunca en su vida había pasado trabajo, está muy débil. La esclava es fuerte, sin embargo. Dice Doña Inés en su narración:

Daría en veinte años no ha tomado nunca una decisión, en veinte años no ha dicho nunca: yo quiero, yo deseo, yo propongo. En veinte años nadie le ha dicho nunca: qué quieres, qué propones, adónde vas. Sus manos han trabajado, su cuerpo se ha inclinado, sus labios han contestado respetuosamente las preguntas que otros han pensado, sus pies han marchado silenciosos sobre la tierra y han atravesado silenciosos los patios y corredores (...) Pero nunca antes ha tomado una decisión.

Y la toma. Salta de la carreta con la niña en brazos. Durante varios días atraviesa con ella terrenos inhóspitos, hasta que llega a la hacienda de la familia en Curiepe. La niña Isabel es la única superviviente de su familia. En la hacienda, o en lo que queda de ella, sólo está el fiel mayordomo y algunos esclavos que no han querido huir. Daría cuida a la niña Isabel como si fuera suya. Pero ella sabe muy bien cuál es su condición, y cuando la niña tiene 12 años, Daría la lleva a Caracas y se la entrega a un cura amigo de la familia, para que la tome bajo su protección. La separación es dolorosa y triste, pero ¿qué otra cosa podía hacer Daría? Ya una vez le salvó la vida, ahora tiene que devolverla a la vida que le corresponde. Pero Isabel no la va a olvidar...

El libro está lleno de historias semejantes, de esas que se te meten dentro para siempre. Una verdadera joya.

Últimas tardes con Teresa

Últimas tardes con Teresa Hace una semana que terminé de leer este libro (por recomendación de Bolaño en su libro Entre paréntesis) y no he podido abandonar el fascinante mundo creado por Juan Marsé. Pocos libros se me han metido tan adentro como éste, la historia de Manolo Reyes, alias el Pijoaparte, un delicioso ladrón de motocicletas en la Barcelona de los 50, descarado y canalla, que se enamora de Teresa, una muchachita de la alta sociedad, estudiante de izquierdas, rebelde e idealista como sólo puede serlo quien lo tiene todo. El Pijoaparte ve en ella todo aquello a lo que él aspira, la comodidad y sobretodo el prestigio de una clase a la que él jamás podrá pertenecer. Teresa, en cambio, ve en el Pijoaparte a un rebelde como ella, pero uno de verdad: se hace a la idea de que Manolo es un obrero comprometido con la lucha política, y su mundo le parece lleno de colorido y brillo, en contraste con el mundo rígido, de ideas fijas, en el que vive su familia. Ambos aprenderán que las cosas no son lo que parecen, mientras todas aquellas proyecciones que el uno ha puesto en el otro casi se diluyen para dejar paso al verdadero yo, a la persona. En un momento del libro dice Marsé que Teresa todavía no se había dado cuenta de que había sido seducida por un hombre y no por una idea (cito de memoria porque no tengo el libro a mano). Yo creo que en realidad nunca llega a darse cuenta del todo. Está cerca de darse cuenta, ambos están cerca de tocarse el uno al otro, pero todo se trastoca cuando precisamente esa realidad, deslucida y cruel, juega su papel definitivo en las vidas de Manolo y de Teresa, devolviéndolos al lugar que les estaba destinado, porque no podía ser de otro modo.

Llegar al final de este libro es enfrentarse a un lúcido, pero para mí doloroso, retrato de la sociedad. Pocos personajes me han hecho sufrir tanto como el entrañable Pijoaparte. Quisiera poder imaginar un mundo en el que estas historias fueran posibles, pero ese mundo no existirá jamás.

A veces pienso que la lectura es para mí un placer masoquista. Sufro más con los personajes que amo que con la vida real. Sufrir así, con libros como este, es una verdadera delicia.

Yo quiero ser como Bolaño

A punto, casi, de terminar la monumental 2666, y mientras dilato el momento de acercarme al final porque me va a doler mucho despedirme de este libro, aunque siempre quedan las relecturas; leo la colección de ensayos y artículos de Roberto Bolaño, Entre paréntesis, que es como decir que entro al universo de este autor infinito, y me siento con él en una terraza a tomar un café. Después de estar sumergiéndome en su obra durante meses, siento a Bolaño como si fuera un viejo amigo, y me imagino las conversaciones que hubiéramos tenido frente a la playa de Blanes. No en todo estamos de acuerdo. Hay autores que él detesta (porque él era así, visceral) y que yo adoro. Pero lo que me subyuga es su afilada lucidez y su amor infinito por la literatura.

Algunas joyas sobre el exilio tomadas de este libro:

Para el escritor de verdad su única patria es su biblioteca, una biblioteca que puede estar en estanterías o dentro de su memoria. El político puede y debe sentir nostalgia, es difícil para un político medrar en el extranjero. El trabajador no puede ni debe sentir nostalgia: sus manos son su patria.

Exiliarse no es desaparecer sino empequeñecerse, ir reduciéndose lentamente o de manera vertiginosa hasta alcanzar la altura verdadera, la altura real del ser.

Probablemente todos, escritores y lectores, empezamos nuestro exilio, o al menos cierto tipo de exilio, al dejar atrás la infancia.

Y hablo sobre el exilio, en la voz de Bolaño, porque en un par de semanas viajo a Caracas, después de tres años sin ir. Y porque cada vez creo menos en el concepto de patria. Y en eso sí estoy de acuerdo con mi querido Bolaño.
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Sigo leyendo a mi adorado Roberto Bolaño, y nada más que a Bolaño. Desde octubre, o desde septiembre, no recuerdo, lo único que he leído de otros autores ha sido la nueva novela de García Márquez, Memoria de mis putas tristes, y algún cuento de Uslar Pietri que siempre viene bien retomar (Lluvia, por ejemplo, que es una verdadera maravilla). La novela de García Márquez está muy bien escrita, eso es indudable, pero no me gustó. Al menos no del todo. Hay una cantidad de detalles visuales que son una delicia: la casa del protagonista, la habitación del burdel donde este se deleita contemplando a la prostituta-niña durmiendo desnuda, en fin. Esos detalles son una delicia, pero no me creí la historia. Y si no te crees la historia, de nada vale cualquier esfuerzo por darle vida.

En cambio, Bolaño. Estoy enfrascada en 2666, su novela póstuma, que es todo un universo. Mientras más leo a Bolaño más lo admiro. Su incansable capacidad de trabajo y sobretodo su pasión sin límites por la literatura, y esa testarudez por conseguir la frase, el párrafo, la página perfecta, me parecen envidiables. ¡Yo quiero ser como Bolaño!

Mi nueva adquisición es Entre paréntesis, un libro que recopila textos publicados por Bolaño en varios periódicos, así como conferencias y una entrevista. Lo que no sé es qué voy a hacer cuando termine de leerlo todo. Qué lástima haberlo descubierto tan tarde.

Cazando a Bolaño

Cazando a Bolaño Últimamente escribo poco, porque estoy todo el día corriendo de un lado a otro. Pero en cambio leo mucho. Después de la maravilla que fue el descubrimiento de Los Detectives Salvajes, me he dado a la tarea de leer todo Roberto Bolaño. Todo.

Empecé por una novela posterior a Los Detectives, llamada Amuleto. No la elegí por haber sido posterior, porque de hecho esto no lo sabía cuando la compré. La elegí porque el buen Bolaño tuvo la delicadeza de incluir a mi entrañable Arturo Belano como personaje una vez más. Lo acompaño así, guiada por la narradora, cuando era un muchachito de 17 años y ya había escrito una novela, y luego cuando se fue a hacer la revolución a su natal Chile por allá por 1973, y voy viendo destellos suyos a medida que se acercaba a los veinte, veintiún años, cuando lo recupera Los Detectives Salvajes y lo saca definitivamente de México. Tan lindo Arturito.

Confieso que tendría que releer Amuleto, porque de tanto estar pendiente de Arturo se me escaparon algunas cosas. No se puede estar en todo a la vez, ¿no?

Hace unos día empecé a leer Estrella Distante, en la que estoy inmersa hasta ahora. Esta novela es anterior a Los Detectives, y al principio aparece sin embargo la sombra de Arturo. No puedo decir nada del libro porque no lo he terminado, pero cómo me gusta la prosa de Bolaño! ¡Qué ganas de haberlo conocido! Un buen libro es un mundo, un universo en sí mismo. No hace falta nada más.

(Me entero, por cierto, de que se acaba de publicar una novela póstuma de este autor, 2666. Parece que salió apenas ayer. Mañana mismo estoy en la Fnac para comprármela.)

Los amores de papel

Los amores de papel Finalmente, hace un par de días, terminé de leer Los Detectives Salvajes. Hacía mucho tiempo que un libro no me obsesionaba tanto. No saben con qué dolor me he despedido de García Madero, y sobretodo, del gran Arturo Belano. Leo que Belano también aparece en algunos cuentos de Roberto Bolaño, y mi próxima tarea es devorármelos enteros.

Curioso esto de los amores de papel. La primera vez que me enamoré de un personaje yo tenía 16 años (edad en la que es normal que a uno le pasen estas cosas, no a estas alturas, ya lo sé, pero yo no quiero terminar de crecer). El personaje se llamaba Noel y era director de teatro. Aparecía en un libro llamado Marjorie Morningstar, que había sido el libro de cabecera de mi mamá y todas sus primas en su adolescencia. El libro contaba las vicisitudes de Marjorie, una muchacha bien de Nueva York, que se enamora de Noel y sus padres ponen el grito en el cielo, porque Noel era el típico bohemio inestable y ellos no querían eso para su hija (tampoco mi mamá lo hubiera querido para mí, razón suficiente para enamorarme de él - menos mal que no era de carne y hueso). Marjorie, a todas estas, soñaba con ser actriz. El asunto es que la relación de Marjorie y Noel es bastante tormentosa, hasta que Noel se va a París a dirigir una obra. Marjorie se queda destrozada, y comienza a trabajar duro para poder viajar a buscarlo. Por las noches tiene un pequeño papel en una obra de teatro, y por el día trabaja de mesonera. No duerme. No tiene vida la pobre. Hasta que el papá la ve tan mal, tan con las ojeras por el suelo, que le da dinero para el pasaje de avión, a pesar de no aprobar su relación con Noel. Marjorie se va a París y busca a Noel por todas partes, hasta que lo encuentra en el pequeño teatro donde este está montando su obra. Imagínense la situación: París, y Noel, ¿qué más se podía pedir? Entonces ocurre lo inesperado, el sueño de la vida de Marjorie: él le pide que se case con ella. Estamos hablando de un hombre que no creía en esas cosas, un tipo que estaba acostumbrado a tener montones de amantes... es la situación con la que Marjorie ha soñado desde que lo conoció, ¿y qué le responde?

Que no. Porque en ese momento se da cuenta de que Noel siempre será lo que es: el hombre equivocado. A ella la han educado para casarse y tener una casa y una familia, y Noel no podrá darle eso. Así que regresa a Nueva York, y termina casándose con un hombrecito bueno, sensato, aburrido, en fin, el marido ideal. Y por supuesto, abandona su sueño de ser actriz para convertirse en ama de casa.

No hay que ser muy suspicaz para darse cuenta de que esta novela era más bien un manual de adoctrinamiento para jovencitas. Afortunadamente conmigo no dio resultado. Yo, desde luego, me hubiera quedado con Noel. Aquello seguramente hubiera sido un desastre, como la vida real me lo confirmó luego, ¿pero quién me quita lo bailado? Y digo que la vida me lo confirmó luego porque conocí a un Noel de carne y hueso, y sí, me enamoré, y fue catastrófico. Pero lo viví.

¿Qué tiene todo esto que ver con Arturo Belano? Mucho. Arturo es un segundo Noel en mi vida, en versión treintitantos. A estas alturas, ya no necesito que la vida real me confirme nada. Ya sabemos que la vida real es otra cosa. Pero también existe una versión de mí misma que se equipara a la de Belano (tal como Belano es una versión de su autor, Roberto Bolaño), y ese personaje que soy sí que hubiese podido, tal vez, quedarse con Belano, o al menos acompañarlo a África para que no muriera solo. Es una gran cosa esto de poder vivir una vida literaria. Es como tener una doble identidad.

Ahora lo que me pregunto es qué va a ser de mi vida, la real, después de haber terminado de leer este libro. ¿Con qué lleno los momentos de ocio, por más escasos que sean? Empezar a leer otro libro así, tan rápido, me parece una traición. No, yo necesito una transición, necesito poderme despedir de los personajes, tengo que tomarme mi tiempo. Por ahora, leeré poesía.

Qué triste es terminar un buen libro.
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Los detectives salvajes II

Los detectives salvajes II Confieso que me he enamorado un poco de Arturo Belano. No sé por qué. Probablemente, si se tratara de un hombre de carne y hueso, hubiese salido corriendo en la dirección contraria. Después de todo, Belano está un poco loco. Y tanta excentricidad junta, en la vida real, me estresa. Bastante tengo con la mía. Pero Arturo Belano es un personaje, y los personajes pueden darse esos lujos. A ellos les permitimos cosas que no toleraríamos en la vida real, es más, nos gusta que sean así, que se salgan de lo común, porque si no, no nos tomaríamos la molestia de leerlos. Ese duelo, por ejemplo. Un duelo en las postrimerías del siglo XX. Cierro los ojos y veo a Arturo, ya cuarentón (lo he seguido a lo largo de 20 años de su vida, contenidos en más de 200 páginas), blandiendo la espada en una playa de Cataluña, como si de un mosquetero se tratara; pero no, es simplemente un novelista dispuesto a lanzarse contra un crítico que no ha sido muy elogioso con su último libro. ¿A quién se le ocurre? La idea es tan loca y tan romántica a la vez, que ahí me veo yo, convertida también en un personaje de Bolaño (¿acaso yo, a los 20 años, no hubiese estado encantada de ser una poeta real visceralista?), esperando para abrazar a Arturo después de la contienda.

Habrase visto tamaño disparate.

Y como Roberto Bolaño es un escritor tan misterioso, y no te deja claro el resultado del duelo, he seguido leyendo y leyendo hasta encontrarme a Arturo un tiempo después, vivo y en África, y resulta que es ahora el crítico con quien sostuvo el duelo el que le envía desde España las medicinas que en África no se consiguen (el pobre Arturo está delicado de salud). Y me río.

Ay, los amores de papel. Quiero terminar este libro, pero no lo quiero terminar.

(Aclaro, antes de que me meta en problemas, que los amores de papel en nada hacen peligrar a los de carne y hueso, no vaya a ser que se me asuste Mariano, que es todo en la vida).

Los detectives salvajes

Los detectives salvajes Todavía voy por la mitad de este libro, pero es de esos que te enganchan desde el principio y ya no los puedes soltar más. A mí me recuerda muchísimo mi adolescencia, marcada por el amor a la poesía y la aventura. Se trata de un grupo de jóvenes poetas en el DF mexicano, pertenecientes a un ¿movimiento? ¿corriente? literaria que ellos han bautizado “realismo visceral”. En realidad, ninguno de los preceptos que ellos defienden aparece descrito en el libro, salvo el odio exacerbado a Octavio Paz. De resto, lo que tienen en común estos chicos es su juventud y su irreverencia.

La trama abarca veinte años y se desarrolla en muchos países distintos. Está narrada por una multitud de voces que aporta, cada una, un pedacito de la historia de esos dos personajes deliciosos, Ulises Lima y Arturo Belano, los detectives salvajes que van en busca de Cesárea Tinajero, poeta mexicana desaparecida en los años 20. El resultado es una serie de fragmentos que van construyendo el todo como si de un mosaico se tratara.

A mí me divierte muchísimo. Es como ir recogiendo migajitas de la historia, aquí y allá. No había leído nada de Roberto Bolaño, pero a partir de este libro (premios Herralde y Rómulo Gallegos, por cierto) voy a empezar a explorar a este autor.

Leo que Bolaño, como los personajes de su libro, también viajó por Latinoamérica y trabajó en multitud de oficios, hasta que pudo ganarse la vida gracias a los premios literarios. Pienso entonces en Virginia Woolf y en su habitación propia. Ella decía que para escribir hay que tener resuelto el tema económico, porque de otra manera las preocupaciones se interponen entre el escritor y el papel. Eso lo he vivido en carne propia. Pero entonces se me cruza Bolaño y me demuestra que eso no siempre es cierto. Me pregunto entonces cuál es el motor que lo lleva a uno a escribir, a enfrentarse día tras día con la página, a pesar de todo. Y concluyo: creo que la escritura en muchos casos se reduce a una cuestión de terquedad. Estoy hablando de mí, desde luego. Es como decir, vale, sí, es un poco loco esto de escribir pero lo hago porque me da la gana, y punto.
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