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Hay una palabra que se llama/ peligro...

Bang

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Quién no se deprime en verano, había dicho la última vez que nos vimos, y no pude sino estar de acuerdo cuando la vi llegar por fin, jadeando, con aquella camiseta de tirantes que iba dejando al descubierto los pliegues blancuzcos de su panza, las carnes bamboleándose al ritmo de sus pasos presurosos mientras se acercaba, toda gestos y ojos y manos regordetas, balbuceando no sé qué tonterías mientras, desde mi rincón a 40 grados a la sombra, yo me dedicaba a odiarla por la demora y a secarme el sudor de la frente. Llegó hasta mí dando saltitos que hacían temblar aún más sus carnes blandengues y temí que se le escapara una teta, Dios Santísimo, cómo podía vestirse así, ¿acaso no se había visto en un espejo? Ella murmuró una disculpa y me entregó el sobre, está completo, dijo, puedes contarlo, y lo hice rápidamente, sin sacar los billetes, antes de guardarlo en el bolsillo del pantalón. Muy bien, respondí, podemos proceder entonces. Ella pareció dudar y yo me impacienté, pero qué importaba si cambiaba de idea, me dije, ya tengo el dinero, eso es lo que cuenta. Estaba a punto de soltarle que no tenía todo el día, debía atender otros encargos, cuando me miró resueltamente y dijo vamos. Le pregunté si prefería que le tapara los ojos, porque soy un profesional y me gusta hacer las cosas bien, pero se negó. Cuando le disparé, su piel estalló como un globo.

 

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27/06/2008 21:03 Autor: Vivian Watson. Enlaza este artículo. Tema: Ficción. Hay 1 comentario.

Sabia Vida Sabia

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Al fin tengo mi copia dedicada de Sabia Vida Savia (Edic. Amargord), el precioso libro con textos de María Gabriela Lovera e ilustraciones de Daniela Guglielmetti, talentosísimas ambas y con una creatividad que deslumbra ya desde la portada de este librito rojo, "Manual de irrealismo pragmático", que es en realidad cualquier cosa menos un simple librito. "Puede que sea un libro de niños para adultos, o puede que sea un libro de sueños para la vida diaria. A lo mejor es lo mismo." Así lo describe el prólogo de Pablo Fernández Christlieb, y no se me ocurre mejor introducción. Sumergirse en él es nadar por los vericuetos de los sueños, un antídoto contra autobuses atestados, despertadores y formularios y esas cosas odiosas que forman parte de la vida adulta. "Lo escrito se cuela por los bordes del libro/ hasta tu regazo,/ para que acaricies/ la tarde que dormita en su lomo", escribe Gabi con esa lucidez tan suya. Las ilustraciones de Daniela, sugerentes y misteriosas, no se quedan atrás. Para quienes estén por Madrid en estos días, la autoras están en la Feria del Libro, en la caseta 178 de Ediciones Amargord. Puede que hasta tengan la suerte de que les dediquen una copia, pero no les garantizo que la dedicatoria sea tan genial como la mía. Lo siento, pero no siempre tengo motivos tan acertados para presumir.

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10/06/2008 19:05 Autor: Vivian Watson. Enlaza este artículo. Tema: Voy leyendo. No hay comentarios. Comentar.

Mudanzas, de Eugenio Montejo

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Mudanzas por el mar o por el tiempo,
en un navío, en una carreta con libros,
cambiando de casas, palabras, paisajes, 
separándonos siempre para que alguien se quede
y algún otro se vaya.
Despedirnos de un cuerpo de mujer
que se mira ya lejos como un pueblo,
donde las noches fueron más largas que los siglos
en lámparas y hoteles.
Mudanzas de uno mismo, de su sombra,
en espejos con pozos de olvido
que nada retienen.
No ser nunca quien parte ni quien vuelve
sino algo entre los dos,
algo en el medio;
lo que la vida arranca y no es ausencia,
lo que entrega y no es sueño,
el relámpago que deja entre las manos
la grieta de una piedra.

 

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08/06/2008 14:25 Autor: Vivian Watson. Enlaza este artículo. Tema: Día a Día. Hay 4 comentarios.

Maravilloso

Hace cosa de un mes estuve en Caracas, pero no quiero hablar de lo espantosa que encontré a la ciudad, de lo sucia y descuidada que está, de la sequía y el tráfico y esa sensación de posguerra. Mejor recordar, para reír un poquito (o para llorar, según como se vea la cosa), la entrega de cierto premio literario patrocinado por una marca de bolígrafos de lujo en la que me colé por acompañar a un amigo periodista, y en la que proliferaban actrices de telenovelas con traje largo y panqué y galancitos de gomina y sonrisa Pepsodent, un despliegue de tetas operadas y trajes de diseñador. Yo, evidentemente, como buena expatriada, no tenía idea de quiénes eran todos esos famosillos, pero era muy fácil distinguirlos entre la gente común —léase los finalistas a los premios, sus acompañantes, y nosotros, los de prensa, siempre tan desaliñados—: bastaba con que te recordaran a la Barbie y a su Ken. Por lo del plástico, digo. Si alguien te recordaba a la Barbie y a su Ken, ya sabías, cuán honor, que estabas ante uno de ellos. Claro que los flashes también ayudaban. Total, que empieza la cosa y, tras las presentaciones de rigor —a cargo de una famosita para quien todo era «maravilloso»—, los diez finalistas leen sus textos. Algunos eran muy buenos, excelentes incluso, otros no tanto, pero todos tenían algo en común: eran verdaderos. Qué contraste. A alguna lectora incluso le tembló la voz al micrófono mientras, literalmente, desnudaba el alma frente a la audiencia, leyendo con envidiable honestidad una carta dirigida a su nieto autista. Hace falta valor para hacer algo así. Y yo la escuchaba sentada en los escalones —los de prensa nunca tenemos asientos, claro— y me preguntaba si entre aquellos dos mundos que se habían congregado allí esa noche podía haber alguna forma de comunicación. Mi teoría es que no. Porque cuando todo terminó y yo salí a perseguir a mi amigo que perseguía a la presentadora que perseguía a los famosillos para entrevistarlos, y todos tenían el mismo discurso —«una noche maravillosa», «una iniciativa hermosísima», «un arte tan sublime como es la literatura» y, cosa habitual, matamos el asunto en diez minutos y nos dedicamos a paladear el whisky 18 años que unos mesoneros impolutos repartían en bandejas, me di cuenta de que los dos mundos no llegaron a mezclarse en toda la noche. Los ganadores eran lo de menos. La gente común no vende titulares. Pero a ellos les daba igual. Habían leído su texto frente al público y habían ganado: eso era lo importante. Después volverían a sus vidas, sus trabajos, sus estudios, alguno —ojalá— a empeñarse en nadar contra la corriente y seguir escribiendo, y se borraría el recuerdo de la noche de la misma forma en que, dentro de un par de años o así, nadie se acordará del nombre de esos famosillos, cuando otros acaparen los titulares y ellos se conformen con asistir a eventos como estos para creer que siguen brillando aunque ya nadie les tome fotos.

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13/05/2008 21:51 Autor: Vivian Watson. Enlaza este artículo. Tema: Día a Día. Hay 3 comentarios.

El error

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El ladrón emergió del portal donde se ocultaba y encaró al hombre. Dame todo lo que tengas, le exigió, la navaja temblando en su mano. Con un suspiro, el hombre extrajo del bolsillo una pelota roja, una pluma y un mondadientes. Eso no, idiota, se impacientó el ladrón, lo que quiero es tu dinero, y el hombre extrajo del otro bolsillo una cajita de cartón, un huevo y una carta: el dos de corazones. Entonces el ladrón se abalanzó sobre su víctima y aterrizó a cuatro patas sobre un terreno áspero y frío, y de pronto un hambre atroz y el miedo y los callejones, y el desprecio de las otras ratas —extranjero, lo llamaban—, y ese tener que arrastrarse siempre entre las sombras.

Mal asunto atracar a un mago.

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17/03/2008 00:02 Autor: Vivian Watson. Enlaza este artículo. Tema: Ficción. Hay 10 comentarios.

2666: Bolaño a escena

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Cuando hace meses leí que Àlex Rigola se disponía a llevar a escena la inmensa –por extensión y calidad– novela póstuma de Roberto Bolaño, 2666, pensé que aquello era imposible: demasiadas historias, demasiados detalles, demasiado todo. Una locura, en fin –se trataría de una adaptación muy libre, claro: más que una adaptación, una obra independiente inspirada en el libro, me dije. Pero Rigola y Pablo Ley no sólo han respetado la novela con una rigurosidad que, desde mi admiración por Bolaño, agradecí en el alma, sino que además lo han hecho con una maestría que me dejó en un estado de agitación del que todavía no salgo. La vi anoche, en el Matadero de Madrid: cinco horas de función que transcurren como un soplo, con momentos que literalmente cortan la respiración. La magnífica puesta en escena se sirve de lo literario, como no podía ser de otra forma: se han respetado las cinco partes de las que se compone la novela, y el lenguaje también se ha mantenido en la medida de lo posible, un gran acierto. En cuanto a las actuaciones, impecables. Magnífico Joan Carreras (en la foto) en el papel del esquivo escritor Benno von Archimboldi, el hilo que conecta las cinco partes del libro y de la obra, y Andreu Benito en la parte de Amalfitano, por no hablar de los demás actores. En fin, no sigo porque me emociono. La obra se presenta en Madrid hasta el 2 de marzo. Absolutamente indispensable.

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27/02/2008 21:53 Autor: Vivian Watson. Enlaza este artículo. Tema: Día a Día. No hay comentarios. Comentar.

Los afectos anónimos

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La muchacha es preciosa, de piel muy blanca y ojos azules, pero no es la típica «niña mona». Sus rasgos son bien definidos, denotan carácter. Si yo fuera captador de modelos, o como sea que se llaman esos señores, ya le habría dado mi tarjeta. Coincidimos todas las mañanas, en la línea 5 del metro, primer vagón. De tanto encontrármela le he inventado una vida. No ve mucho a sus padres, no es muy buena estudiante, le gusta el deporte y la música. Un par de estaciones más adelante sube él, un chico alto, moreno, con el pelo levantado con gomina y una argolla en una oreja, detalles que no empañan su cara de buen muchacho, de portarse bien. No sé por qué, pero se nota que tiene atrás una mamá, una familia: mira con los ojos de los niños que han sido arropaditos por las noches. A ella se le ilumina el rostro. Se saludan con dos besos y ya se están riendo. Ambos tendrán unos 16 años y van con sus mochilas camino al instituto. Algunas veces interrumpo a Sabina en mi mp3 para espiar su conversación: hablan de profesores, de amigos comunes, intercambian anécdotas y bromas. Hoy, por fin, los vi de la mano, ella apoyando la cabeza en el hombro de él, y lo celebré en silencio. Esta vez no le di a «pause», para qué. Pero me hubiese gustado que supieran que allí, en ese vagón repleto de trabajadores trasnochados, tenían una cómplice secreta, anónima, perdida entre la muchedumbre adormilada, para quien, a partir de entonces, el día fue un poco más viernes.

22/02/2008 21:44 Autor: Vivian Watson. Enlaza este artículo. Tema: Día a Día. Hay 3 comentarios.

Gajes del oficio (o un ejemplo de cómo sobrevivir a la rutina)

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Una calle antes de llegar al portal de mi alumno, en Lavapiés, algo zumba en mi bolsillo. El móvil. Mensajito: «¿Habíamos quedado el miércoles?»

Hoy es lunes. No, no habíamos quedado el miércoles. Habíamos quedado hoy. Llamo a mi alumno por no dejar, pero ya sé que he perdido el viaje. Sí, claro, Marcelo: una confusión, no pasa nada, no te preocupes, nos vemos el miércoles.

Tampoco es tan grave. Vivo en Huertas, a diez minutos de aquí. Pero es que los del mediodía tampoco avisaron a tiempo que se suspendía la clase y habiendo podido almorzar tranquilamente en mi casa me zampé un kebab en diez minutos, que era el tiempo que tenía para comer si quería llegar a tiempo a la clase que al final no tuve. No estaba mal del todo el dichoso kebab, vale, pero entendámonos: no hay nada tan poco glamoroso como comerse una cosa de esas en diez minutos y quedar con las manos y la barbilla pegajosas de salsa. Y no te dan cubiertos. ¿Cómo pretenden que uno se meta eso en la boca? Es peor que los perrocalientes de la Calle del Hambre, allá en mi natal Caracas, tiempos aquellos de urgencia y pelazón. En fin. No hubo clase, no tuve clase en toda la tarde, y en lugar de aprovecharla (la tarde, digo) me puse a preparar la clase de la noche, que tampoco tuve. Así que allí me vi, frente al portal de mi alumno que no se encontraba en su piso de Lavapiés, preguntándome qué carajo hacer ahora: podía entrar en cualquier bar y ahogar mi mal humor en una copa de vino, o darme una vuelta por el barrio, oloroso de especias exóticas e idiomas que no entiendo, como viajar sin salir de mi ciudad. O podía decirle a Mariano que me invitara a una cerveza, o caminar los diez minutos que me separaban de mi casa y hacer algo productivo con mi tiempo, como por ejemplo trabajar en la novela. Y por esas cosas del sentido del deber y esas chorradas, opté por eso último. Lo que es la vida: terminé escribiendo esto. Al menos de catarsis ha servido, aunque no estoy segura si le deba las gracias al hecho de haber escrito este post (o lo que sea que ha resultado ser al final), o a la media botella de vino que llevo, y que, por cierto, me regaló un alumno. Uno más considerado. Qué más da: funcionó. Por lo pronto, salud.

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18/02/2008 22:27 Autor: Vivian Watson. Enlaza este artículo. Tema: Día a Día. Hay 3 comentarios.

Clemencia Toro de Aponte, in memoriam

Nos dejaba ayudarla a amasar las arepas, las manos pegajosas de masa blanca que nos llevábamos a la boca en cuanto se daba vuelta, niñitas, no se come la masa cruda, que les va a dar dolor de barriga, y nosotras volvíamos entre risas a nuestras creaciones, encaramadas en sendas sillas para poder llegar a la encimera, hacíamos arepas cuadradas, alargadas, con forma de caracol, con caras —sonrientes, malhumoradas, tristes—, y Tita las cocinaba junto a las de verdad y después nos la servía convertidas en masa tostada que en nada se parecía a nuestra idea original, pero daba lo mismo: Virgi y yo nos las comíamos con la satisfacción de saber que eran hechas por nosotras, Tita, ¿verdad que ya sabemos cocinar como tú? Y Tita nos enseñaba las llagas de sus dedos —¿por qué se quemaba tanto? ¿no veía bien?—: muchachitas, no es tan fácil, miren lo que hace la candela, y le dábamos besitos convencidas de que así se le curaban, Tita, ¿verdad que ya no te duele? Una vez se quedó a dormir en nuestro cuarto y a las cuatro de la mañana quería levantarnos para ir al colegio, porque ya había cantado el primer gallo. Toronto. Toronto se llamaba el gallo que, muchos años después, se paseaba orondo por su cocina de los Andes cuando íbamos a visitarla ya con los maridos y que acudía como un perro cuando Tita lo llamaba. Al año siguiente Toronto no apareció. ¿Y Toronto, Tita? Ay, si vieran qué rico quedó ese sancocho. Ah Tita. Las alpargatas sonando ras ras con cada paso. El pelo largo recogido en un moñito que se volvió gris tan rápido. Los lentes de culo de botella que te hacían tan grandes los ojos y te ponían tan linda, Tita. Los vestiditos de flores. Las manos arrugadas. Y lo chiquita que te fuiste quedando con los años, siempre ras ras de un lado a otro, insistiendo en batir los huevos para hacerme una torta de plátano porque era mi cumpleaños y tus sobrinas no querían verte trabajar y tú de mal humor, carajo, que te dejaran hacer tus cosas, pues. Y el ras ras sonando todavía en esa casa que ya no existe y a la que sin embargo me empeño en volver, una y otra vez, para despertar a mis muertos, y me paseo contigo por sus corredores de ceniza, Tita, Mencha, Clemencia. Siete años y sigue tan viva tu huella.

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04/02/2008 18:15 Autor: Vivian Watson. Enlaza este artículo. Tema: Día a Día. Hay 5 comentarios.

Atrabiliario

En el colegio nos acercó el amor por los libros y el cine y la música y el entusiasmo de cada nuevo descubrimiento: un poeta, un documental, una canción. Intercambiábamos libros y discos y sueños. Casi siempre era ella la que me introducía en esos nuevos mundos. Gran parte de mi cosmología proviene de lecturas, ideas, películas sugeridas por ella. Era natural que María Gabriela terminara siendo poeta. Lo que nunca imaginé es que nos encontraríamos en Madrid, por pura casualidad, después de habernos perdido la pista. Pero aquí estamos, y cuando la vi cantar en un escenario, con su grupo, Beats in the Belfry, sólo pude pensar en los dieciséis años que nunca hemos dejado de tener —no, Gabi, tú tampoco— y en aquellas ganas urgentes de hacer precisamente lo que estamos haciendo ahora: escribir, cantar, crear. Porque lo más fácil siempre es dejarse llevar por la burocracia, el prestigio, las cuentas por pagar, el tráfico, las colas del supermercado, el trabajo, las horas extra. Lo más fácil es creerse la excusa de que no hay tiempo, no sirvo, no puedo. Por eso me siento tan orgullosa cuando veo los poemas de Gabi, las fotos de Alekos, los cuentos de Claudia, los guiones de Leo, e incluso el plan de negocios de Mariano: porque yo sé lo cabeza dura que hay que ser para hacer todas esas cosas cuando la cotidianidad siempre conspira en contra. Y porque yo pertenezco al mismo batallón de mis amigos artistas, y sé que no hay que ser un genio ni un superdotado ni nada que uno no sea ya. Sólo hay que tomárselo en serio. No hay nada más urgente que perseguir los propios sueños. Lo demás es una muerte en vida.

Todo esto era para decir que Gabi acaba de abrir su blog, Atrabiliario, y que es genial como todas las cosas que ella hace. No lo voy a saber yo, que la conozco desde los dieciséis.

18/01/2008 20:13 Autor: Vivian Watson. Enlaza este artículo. Tema: Día a Día. Hay 2 comentarios.




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