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Las Caperucitas y el lobo

Yo tendría unos siete años cuando mi mamá nos metió en clases de ballet a mi hermana y a mí. Mi hermana era delgada y ágil. Yo era gordita y torpe y odiaba el ballet. Con todas mis fuerzas. Todas esas niñas con sus mallas rosadas y sus lacitos en las cabezas. Tanto tul y mete el pompis y un dos y un dos. Eso no era para mí: yo quería ser varón y jugar a la guerra, a policías y ladrones, a ser Supermán y encaramarme en los árboles y llenarme de tierra sin que me regañaran porque me había ensuciado el estúpido vestidito de fiesta. Pero qué aburrido es ser niña y tener que caminar no sé cómo y decir no se qué y sentarse con las piernas cerradas, Vivian, que eres una señorita. Por eso, cuando la profesora nos dijo que para el acto de fin de curso representaríamos la historia de Caperucita en danza y quién quiere ser Caperucita, yo fui la única niña, la única, que no levantó la mano. Porque yo quería ser el lobo. Quería poder perseguir a ese montón de niñas tontas que se sabían tan bien sus pas de deux. De haber podido, las hubiese devorado.

 Ese día hubo catorce Caperucitas Rojas y un lobo gordito. Las Caperucitas iban todas de  rojo pero yo no tenía disfraz de lobo, así que me pusieron una “cola”: una de esas plumas ridículas que usábamos en las clases y que una de las maestras fijó a mi joven pompis. Pero aquello no me preocupó en lo más mínimo, porque pronto estaría corriendo detrás de esas ridículas promesas de mujercitas, ¡y hasta podría gruñirles!

 Los padres estaban invitados. Cuenta mi mamá —lo confesó tiempo después, cuando yo ya era grande y no había peligro de que una revelación semejante menoscabara para siempre mi autoestima— que al verme allí, con mi cuerpo regordete enfundado en esas mallas y arrastrando la cola-pluma, corriendo torpemente detrás de ese ejército de caperucitas que chillaban (qué pronto habían aprendido las sutilezas de lo mujeril), no pudo aguantar la risa. Lo intentó y no fue capaz. Tuvo que salirse para reír a rienda suelta lejos de mi alcance y protegerme así de esa humillación. Qué triste. Qué triste que hasta la propia madre se ría de uno en tan miserables condiciones. Tengo que confesar, sin embargo, que no la culpo. Probablemente yo habría hecho lo mismo.

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Problemas con Blogia

Desde que me propuse retomar el blog he tenido muchos problemas para entrar en Blogia. Por la noche, que es el único momento en que puedo escribir, es imposible acceder, y durante el día la cosa no mejora mucho. Por eso quiero cambiarme a otro proveedor, el que sea. Mientras averiguo cómo hacerlo procuraré seguir publicando aquí, pero si no lo consigo ya saben que es por causas ajenas a mi voluntad. Gracias por su paciencia.

Segunda temporada

Todo empezó hace poco más de un año.

De un día para el otro no pude volver a escribir. Simplemente no venían las palabras. Tenía el cuerpo raro, la vida pareció ponerse patas arriba de pronto. Todo me molestaba. Me daba asco las música que siempre había escuchado, lo que antes me producía placer de pronto sabía a vacío; ya no sabía quién era. Todavía no lo sé del todo, pero esa es otra historia.

Mi mundo entero había cambiado aún antes de saber que había cambiado. Un grupo de células se reproducía rápidamente dentro de mí, en silencio. Sabían exactamente lo que debían hacer aunque yo ni siquiera sospechaba de su existencia. Y necesitaban toda mi energía, necesitaban aquello —no sé qué nombre darle— con lo que yo armaba mis otras criaturas, las hechas de palabras. A fin de cuentas, se trataba de una criatura de carne y hueso.

La criatura ya está aquí. Fuera de mí. Otro. Tiene cara y ojos y voz. Sabe exactamente lo que necesita y lo pide. Estoy a sus pies. Desde que llegó y hasta ahora mi única ocupación ha sido atenderlo, aprender de él, enamorarme. Pero las yemas de mis dedos ya quieren tamborilear, las criaturas que quedaron suspendidas en el limbo entre la idea y el papel se me aparecen en sueños, me reclaman. Ya es hora de volver a ellas, aunque sólo sea en los momentos en que mi niño duerme.

Por eso retomo el blog. No sé con cuánta frecuencia podré publicar, sólo sé que necesito escribir. Así que aquí estoy de nuevo. Gracias a quienes han seguido visitándome a pesar de este año de silencio.

 

Digresiones de principios de otoño

Resulta que mi blog ya cumplió un año y ni cuenta me di. Uno va por la vida así, de aquí para allá, y los días se suceden y pasan los meses y los años y uno sigue con la misma carrera. En fin. El asunto es que ya hace un año que empecé este experimento, y sigue siendo un experimento. Básicamente.

El verano ya da paso al otoño y la luz empieza a cambiar. Todo empieza otra vez. La semana que viene comienzan mis clases, lo que significa que hay que volver al madrugón. Nuevo año académico, nuevos alumnos. A ver quién toca esta vez.

Este año, sin embargo, las cosas van a ser un poco distintas. He establecido prioridades y he decidido que voy a ordenar mi vida en torno a la escritura. Es fácil decirlo, pero no ha sido nada fácil llegar a esta decisión. En primer lugar, porque nunca me he tomado demasiado en serio como escritora, y en segundo lugar, porque pensaba que era imposible. Pero, he decidido ser valiente y darle a la escritura el lugar que le corresponde. Se acabó el robar tiempo para escribir. Afortunadamente, ser profesora de inglés en empresas es una gran ventaja porque uno se hace su propio horario, y he decidido no trabajar después de las 4 de la tarde. Es verdad que a veces se hace cuesta arriba, los alumnos cancelan las clases y no las cobro, se ponen pesados, se me agotan las ideas, no encuentro materiales que valgan la pena, los autobuses siempre van llenos y la cantidad de libros, carpetas, cassettes y afines que tengo que llevar de aquí para allá me destroza la espalda, PERO... tengo tiempo para escribir, y no gano mal. Qué mas puedo pedir.

De manera que ahora la prioridad absoluta es la novela. Llevo 84 páginas. Hay días que fluye y días que no. Hay días que la adoro y días que la detesto. Hay días y días, pero yo, contra todo pronóstico, me aparezco y sigo trabajando. Yo misma me asombro. No parezco yo.

Nueva York

Nueva York

Nueva York sabe a café latte. El café latte es como el capuchino, pero con más leche, y lo compres donde lo compres, está disponible en tres tamaños: grande, extra grande y gigante. En Nueva York, lo único pequeño es uno mismo. Sobre todo la primera vez que vas a Times Square. Si uno nunca ha estado en Times Square, no conoce la verdadera talla del ser, que es mínima.

En verano el calor es pegajoso y húmedo, pero hay que llevar un suéter a todas partes porque el aire acondicionado lo ponen a tope. No sabría decir si pasé más calor o más frío. Incluso me dio gripe. Pero hasta tener gripe en Nueva York tiene su encanto. Basta con ir a Brooklyn y pasear por el Promenade para que uno se sienta como un personaje de película. La gripe, o lo que sea, parece de celuloide. Yo no sé si los neoyorquinos tienen esa conciencia de ser personajes de película, o si se trata de un privilegio exclusivo de los visitantes. Yo creo que es más lo segundo: alguna ventaja teníamos que tener los que no tuvimos la fortuna de nacer allí. A ratos uno se siente como si estuviera paseando por una película de Woody Allen, y cuando menos te lo esperas, el escenario cambia y te encuentras en un videoclip de U2. Una maravilla.

Hay que ir a Nueva York. Hay que perderse por sus calles. Hay que cruzarse con todo tipo de personajes y escuchar todos los idiomas del mundo. No hay que conformarse con las películas. Hay que dejar que se te meta por dentro como un pequeño parásito, que se quede allí para siempre. Hay que ser un poco masoquista para querer tanto a esta ciudad. O no. Todo depende. Todo cabe.

(No puedo dejar de mencionar la Zona 0, sobre todo por estas fechas. Sólo puedo decir que sobre ella pesa el aire. Es una sensación que se empieza a sentir a medida que uno se aproxima: algo empieza a removerse por dentro, cuesta respirar. La gente guarda silencio, a excepción de algún turista aislado que no puede evitar el impulso de salir en la foto. En las rejas cuelgan letreros pidiendo respeto.

En una maravillosa librería de libros usados, en Brooklyn, un lugar mágico de donde no habría que salir nunca, nos pusimos a conversar con el dueño. Cuando le dijimos que vivíamos en Madrid, nos dio "sus condolencias" por los atentados de Atocha el año pasado. "Soy de Nueva York," dijo, "así que yo también sé lo que se siente." Aquello me sorprendió. A pesar de que vivo muy cerca de Atocha y yo misma pude haber estado allí, hace rato que se me olvidó aquello. Ninguno de los míos resultó afectado; la vida sigue. Pero no hay que olvidar. Tampoco obsesionarse, y mucho menos con la idea del "enemigo": mientras siga habiendo bandos habrá muerte. Pero no, no hay que olvidar).

El tiempo pasa

El tiempo pasa

(Después de preguntarme durante varios días si podría volver a acceder a mi blog en algún momento o si tendría que despedirme definitivamente de él, aprovecho este momento de tranquilidad laboral para postear, porque no sé cuándo Blogia me volverá a dejar hacerlo).

Voy a ser tía por primera vez. Parece que fue ayer cuando mi hermana y yo compartíamos el cuarto en casa de mis papás, y ahora va a tener un bebé. Tanto ella como yo queríamos tener nuestra propia habitación, pero no la tuvimos nunca. En realidad Virgi sí la tuvo, cuando yo me casé y le dejé el cuarto a ella, pero de eso hablaré después. El hecho es que no es una tontería compartir el mismo cuarto con la misma persona durante 23 años.

Yo, personalmente, siempre he sido muy territorial. Ya que no podía tener un cuarto para mí sola, marcaba mi propio territorio en el cuarto que compartía con Virginia: mi escritorio, mi silla, mi cama. Por eso no podía soportar cosas como que Virginia dejara las toallas húmedas sobre mi cama, por ejemplo. Si se acuerdan del demonio de Tazmania, eso da más o menos una idea de cómo me ponía. El tiempo y la experiencia me han aplacado, pero reconozco que podía llegar a ser terrrible. Virgi, en cambio, no entendía esos arranques míos. Para ella era igual dejar la toalla sobre mi cama que sobre la suya o en cualquier otro lugar, esas cosas no tenían la más mínima importancia. Muchas veces nos quedábamos hablando por la noche, con la luz apagada y desde nuestras respectivas camas. A veces hablábamos hasta muy tarde, y el despertador sonaba a las 6 pero nosotras seguíamos durmiendo, y tenía que venir mi papá dando palmadas y diciendo, "niñitas, colegio", y siempre llegábamos tarde, aunque el colegio quedaba a 10 minutos de mi casa.

Quizá por ser tan distintas y estar condenadas a compartir el mismo espacio hubo un tiempo en el que estuvimos a años luz de distancia, aunque durmiéramos a pocos metros. Virginia estudiaba odontología y yo, comunicación social. Ella dejaba por ahí sus dientes y otras asquerosidades, yo guardaba pulcramente mi cámara y mi carpeta de poemas bajo llave. Cuando me tocó terminar la tesis, Virginia no tuvo ningún reparo en cedernos el cuarto a mí y a mi compañera para que trabajáramos toda la noche (y todo el día) mientras ella dormía en la sala. Lo hizo con la misma generosidad y el mismo desprendimiento que siempre tuvo. Yo no hubiese podido dejar que invadieran mi espacio de esa forma. La verdad es que yo era odiosa, ahora que lo pienso. A lo mejor todavía lo soy y no me he dado cuenta.

Por eso, cuando finalmente me fui, dejándole a Virgi todo el espacio del mundo para que abandonara las toallas donde ella quisiera, pensé que para ella sería un alivio. Pero nunca voy a olvidar el llanto de Virgi la primera vez que fue a visitarme a mi nueva casa, todavía sin muebles. Al despedirnos en la puerta se colgó de mis hombros y me dijo que no quería volver a nuestro cuarto si yo no estaba. En ese momento me di cuenta de que toda nuestra relación de hermanas había estado plagada de malentendidos e incomprensión. Hasta muy poco siguió estándolo, pero yo creo que el tiempo y la madurez los han ido diluyendo. Y eso no es cualquier cosa para dos hermanas que compartieron el mismo cuarto durante tanto tiempo, y que ahora viven con un océano de por medio.

Y ahora, cuando mi reloj biológico hace años que empezó a dar la voz de alarma (el tiempo pasa, el tiempo pasa, el tiempo pasa), mi hermanita va a tener un bebé. La misma que hasta hace poco sólo me llamaba cuando tenía un problema (cosa que al principio me molestaba pero a la larga empecé a agradecer), a veces esquiva y a veces accesible, pero siempre entrañablemente linda, ahora se me adelanta por primera vez --porque siempre he sido yo, la mayor, la primera en vivir las cosas: el primer beso, el primer viaje sola, el primer gran desencanto... Yo siempre la voz de la experiencia, y mi hermanita llamando para contarme sus cosas porque yo ya había pasado por eso... Es tan grande que ahora vaya a ser al revés. Y va a ser tan grande cargar a esa criaturita, tan grande que todavía no me lo creo. En realidad me parece que no lo puedo poner en palabras, así que para qué decir más.

Bang

Bang

Quién no se deprime en verano, había dicho la última vez que nos vimos, y no pude sino estar de acuerdo cuando la vi llegar por fin, jadeando, con aquella camiseta de tirantes que iba dejando al descubierto los pliegues blancuzcos de su panza, las carnes bamboleándose al ritmo de sus pasos presurosos mientras se acercaba, toda gestos y ojos y manos regordetas, balbuceando no sé qué tonterías mientras, desde mi rincón a 40 grados a la sombra, yo me dedicaba a odiarla por la demora y a secarme el sudor de la frente. Llegó hasta mí dando saltitos que hacían temblar aún más sus carnes blandengues y temí que se le escapara una teta, Dios Santísimo, cómo podía vestirse así, ¿acaso no se había visto en un espejo? Ella murmuró una disculpa y me entregó el sobre, está completo, dijo, puedes contarlo, y lo hice rápidamente, sin sacar los billetes, antes de guardarlo en el bolsillo del pantalón. Muy bien, respondí, podemos proceder entonces. Ella pareció dudar y yo me impacienté, pero qué importaba si cambiaba de idea, me dije, ya tengo el dinero, eso es lo que cuenta. Estaba a punto de soltarle que no tenía todo el día, debía atender otros encargos, cuando me miró resueltamente y dijo vamos. Le pregunté si prefería que le tapara los ojos, porque soy un profesional y me gusta hacer las cosas bien, pero se negó. Cuando le disparé, su piel estalló como un globo.

 

Sabia Vida Sabia

Sabia Vida Sabia

Al fin tengo mi copia dedicada de Sabia Vida Savia (Edic. Amargord), el precioso libro con textos de María Gabriela Lovera e ilustraciones de Daniela Guglielmetti, talentosísimas ambas y con una creatividad que deslumbra ya desde la portada de este librito rojo, "Manual de irrealismo pragmático", que es en realidad cualquier cosa menos un simple librito. "Puede que sea un libro de niños para adultos, o puede que sea un libro de sueños para la vida diaria. A lo mejor es lo mismo." Así lo describe el prólogo de Pablo Fernández Christlieb, y no se me ocurre mejor introducción. Sumergirse en él es nadar por los vericuetos de los sueños, un antídoto contra autobuses atestados, despertadores y formularios y esas cosas odiosas que forman parte de la vida adulta. "Lo escrito se cuela por los bordes del libro/ hasta tu regazo,/ para que acaricies/ la tarde que dormita en su lomo", escribe Gabi con esa lucidez tan suya. Las ilustraciones de Daniela, sugerentes y misteriosas, no se quedan atrás. Para quienes estén por Madrid en estos días, la autoras están en la Feria del Libro, en la caseta 178 de Ediciones Amargord. Puede que hasta tengan la suerte de que les dediquen una copia, pero no les garantizo que la dedicatoria sea tan genial como la mía. Lo siento, pero no siempre tengo motivos tan acertados para presumir.

Mudanzas, de Eugenio Montejo

Mudanzas, de Eugenio Montejo

Mudanzas por el mar o por el tiempo,
en un navío, en una carreta con libros,
cambiando de casas, palabras, paisajes, 
separándonos siempre para que alguien se quede
y algún otro se vaya.
Despedirnos de un cuerpo de mujer
que se mira ya lejos como un pueblo,
donde las noches fueron más largas que los siglos
en lámparas y hoteles.
Mudanzas de uno mismo, de su sombra,
en espejos con pozos de olvido
que nada retienen.
No ser nunca quien parte ni quien vuelve
sino algo entre los dos,
algo en el medio;
lo que la vida arranca y no es ausencia,
lo que entrega y no es sueño,
el relámpago que deja entre las manos
la grieta de una piedra.

 

Vacaciones

Comienza agosto y Madrid se ha quedado sola. Es una delicia: no hay colas, no se agolpa la gente en las esquinas, siempre hay puesto en el autobús (aunque pasan con mucha menos frecuencia). Si esto fuera así todo el año, esta sería la mejor ciudad del mundo.

Yo, por mi parte, me voy a Nueva York.

Siempre he querido conocer esa ciudad que se me antoja mágica. Las cosas surgen en el momento en que tienen que surgir, definitivamente. Poder ir ahora es un regalo. Creo que cuando realmente hacemos lo que tenemos que hacer, lo que nos dicta el corazón, de pronto el rompecabezas se arma solo y surgen oportunidades donde no las había, las puertas se abren y las cosas fluyen. En mi caso siempre ha sido así. Cuando escribo, todo me sale bien. Cuando no estoy escribiendo, las cosas se tuercen. Está clarísimo cuál es mi camino.

La novela sigue avanzando, con sus días buenos y sus días mejores. He aprendido a no tener expectativas y simplemente hacer lo que tengo que hacer: aparecerme. Estar allí, ante la pantalla. Nada más. Lo demás viene solo. Qué delicia de verano, verdaderamente. Las cosas van bien.

Maravilloso

Hace cosa de un mes estuve en Caracas, pero no quiero hablar de lo espantosa que encontré a la ciudad, de lo sucia y descuidada que está, de la sequía y el tráfico y esa sensación de posguerra. Mejor recordar, para reír un poquito (o para llorar, según como se vea la cosa), la entrega de cierto premio literario patrocinado por una marca de bolígrafos de lujo en la que me colé por acompañar a un amigo periodista, y en la que proliferaban actrices de telenovelas con traje largo y panqué y galancitos de gomina y sonrisa Pepsodent, un despliegue de tetas operadas y trajes de diseñador. Yo, evidentemente, como buena expatriada, no tenía idea de quiénes eran todos esos famosillos, pero era muy fácil distinguirlos entre la gente común —léase los finalistas a los premios, sus acompañantes, y nosotros, los de prensa, siempre tan desaliñados—: bastaba con que te recordaran a la Barbie y a su Ken. Por lo del plástico, digo. Si alguien te recordaba a la Barbie y a su Ken, ya sabías, cuán honor, que estabas ante uno de ellos. Claro que los flashes también ayudaban. Total, que empieza la cosa y, tras las presentaciones de rigor —a cargo de una famosita para quien todo era «maravilloso»—, los diez finalistas leen sus textos. Algunos eran muy buenos, excelentes incluso, otros no tanto, pero todos tenían algo en común: eran verdaderos. Qué contraste. A alguna lectora incluso le tembló la voz al micrófono mientras, literalmente, desnudaba el alma frente a la audiencia, leyendo con envidiable honestidad una carta dirigida a su nieto autista. Hace falta valor para hacer algo así. Y yo la escuchaba sentada en los escalones —los de prensa nunca tenemos asientos, claro— y me preguntaba si entre aquellos dos mundos que se habían congregado allí esa noche podía haber alguna forma de comunicación. Mi teoría es que no. Porque cuando todo terminó y yo salí a perseguir a mi amigo que perseguía a la presentadora que perseguía a los famosillos para entrevistarlos, y todos tenían el mismo discurso —«una noche maravillosa», «una iniciativa hermosísima», «un arte tan sublime como es la literatura» y, cosa habitual, matamos el asunto en diez minutos y nos dedicamos a paladear el whisky 18 años que unos mesoneros impolutos repartían en bandejas, me di cuenta de que los dos mundos no llegaron a mezclarse en toda la noche. Los ganadores eran lo de menos. La gente común no vende titulares. Pero a ellos les daba igual. Habían leído su texto frente al público y habían ganado: eso era lo importante. Después volverían a sus vidas, sus trabajos, sus estudios, alguno —ojalá— a empeñarse en nadar contra la corriente y seguir escribiendo, y se borraría el recuerdo de la noche de la misma forma en que, dentro de un par de años o así, nadie se acordará del nombre de esos famosillos, cuando otros acaparen los titulares y ellos se conformen con asistir a eventos como estos para creer que siguen brillando aunque ya nadie les tome fotos.

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El error

El error

El ladrón emergió del portal donde se ocultaba y encaró al hombre. Dame todo lo que tengas, le exigió, la navaja temblando en su mano. Con un suspiro, el hombre extrajo del bolsillo una pelota roja, una pluma y un mondadientes. Eso no, idiota, se impacientó el ladrón, lo que quiero es tu dinero, y el hombre extrajo del otro bolsillo una cajita de cartón, un huevo y una carta: el dos de corazones. Entonces el ladrón se abalanzó sobre su víctima y aterrizó a cuatro patas sobre un terreno áspero y frío, y de pronto un hambre atroz y el miedo y los callejones, y el desprecio de las otras ratas —extranjero, lo llamaban—, y ese tener que arrastrarse siempre entre las sombras.

Mal asunto atracar a un mago.

2666: Bolaño a escena

2666: Bolaño a escena

Cuando hace meses leí que Àlex Rigola se disponía a llevar a escena la inmensa –por extensión y calidad– novela póstuma de Roberto Bolaño, 2666, pensé que aquello era imposible: demasiadas historias, demasiados detalles, demasiado todo. Una locura, en fin –se trataría de una adaptación muy libre, claro: más que una adaptación, una obra independiente inspirada en el libro, me dije. Pero Rigola y Pablo Ley no sólo han respetado la novela con una rigurosidad que, desde mi admiración por Bolaño, agradecí en el alma, sino que además lo han hecho con una maestría que me dejó en un estado de agitación del que todavía no salgo. La vi anoche, en el Matadero de Madrid: cinco horas de función que transcurren como un soplo, con momentos que literalmente cortan la respiración. La magnífica puesta en escena se sirve de lo literario, como no podía ser de otra forma: se han respetado las cinco partes de las que se compone la novela, y el lenguaje también se ha mantenido en la medida de lo posible, un gran acierto. En cuanto a las actuaciones, impecables. Magnífico Joan Carreras (en la foto) en el papel del esquivo escritor Benno von Archimboldi, el hilo que conecta las cinco partes del libro y de la obra, y Andreu Benito en la parte de Amalfitano, por no hablar de los demás actores. En fin, no sigo porque me emociono. La obra se presenta en Madrid hasta el 2 de marzo. Absolutamente indispensable.

Los afectos anónimos

Los afectos anónimos

La muchacha es preciosa, de piel muy blanca y ojos azules, pero no es la típica «niña mona». Sus rasgos son bien definidos, denotan carácter. Si yo fuera captador de modelos, o como sea que se llaman esos señores, ya le habría dado mi tarjeta. Coincidimos todas las mañanas, en la línea 5 del metro, primer vagón. De tanto encontrármela le he inventado una vida. No ve mucho a sus padres, no es muy buena estudiante, le gusta el deporte y la música. Un par de estaciones más adelante sube él, un chico alto, moreno, con el pelo levantado con gomina y una argolla en una oreja, detalles que no empañan su cara de buen muchacho, de portarse bien. No sé por qué, pero se nota que tiene atrás una mamá, una familia: mira con los ojos de los niños que han sido arropaditos por las noches. A ella se le ilumina el rostro. Se saludan con dos besos y ya se están riendo. Ambos tendrán unos 16 años y van con sus mochilas camino al instituto. Algunas veces interrumpo a Sabina en mi mp3 para espiar su conversación: hablan de profesores, de amigos comunes, intercambian anécdotas y bromas. Hoy, por fin, los vi de la mano, ella apoyando la cabeza en el hombro de él, y lo celebré en silencio. Esta vez no le di a «pause», para qué. Pero me hubiese gustado que supieran que allí, en ese vagón repleto de trabajadores trasnochados, tenían una cómplice secreta, anónima, perdida entre la muchedumbre adormilada, para quien, a partir de entonces, el día fue un poco más viernes.

Gajes del oficio (o un ejemplo de cómo sobrevivir a la rutina)

Gajes del oficio (o un ejemplo de cómo sobrevivir a la rutina)

Una calle antes de llegar al portal de mi alumno, en Lavapiés, algo zumba en mi bolsillo. El móvil. Mensajito: «¿Habíamos quedado el miércoles?»

Hoy es lunes. No, no habíamos quedado el miércoles. Habíamos quedado hoy. Llamo a mi alumno por no dejar, pero ya sé que he perdido el viaje. Sí, claro, Marcelo: una confusión, no pasa nada, no te preocupes, nos vemos el miércoles.

Tampoco es tan grave. Vivo en Huertas, a diez minutos de aquí. Pero es que los del mediodía tampoco avisaron a tiempo que se suspendía la clase y habiendo podido almorzar tranquilamente en mi casa me zampé un kebab en diez minutos, que era el tiempo que tenía para comer si quería llegar a tiempo a la clase que al final no tuve. No estaba mal del todo el dichoso kebab, vale, pero entendámonos: no hay nada tan poco glamoroso como comerse una cosa de esas en diez minutos y quedar con las manos y la barbilla pegajosas de salsa. Y no te dan cubiertos. ¿Cómo pretenden que uno se meta eso en la boca? Es peor que los perrocalientes de la Calle del Hambre, allá en mi natal Caracas, tiempos aquellos de urgencia y pelazón. En fin. No hubo clase, no tuve clase en toda la tarde, y en lugar de aprovecharla (la tarde, digo) me puse a preparar la clase de la noche, que tampoco tuve. Así que allí me vi, frente al portal de mi alumno que no se encontraba en su piso de Lavapiés, preguntándome qué carajo hacer ahora: podía entrar en cualquier bar y ahogar mi mal humor en una copa de vino, o darme una vuelta por el barrio, oloroso de especias exóticas e idiomas que no entiendo, como viajar sin salir de mi ciudad. O podía decirle a Mariano que me invitara a una cerveza, o caminar los diez minutos que me separaban de mi casa y hacer algo productivo con mi tiempo, como por ejemplo trabajar en la novela. Y por esas cosas del sentido del deber y esas chorradas, opté por eso último. Lo que es la vida: terminé escribiendo esto. Al menos de catarsis ha servido, aunque no estoy segura si le deba las gracias al hecho de haber escrito este post (o lo que sea que ha resultado ser al final), o a la media botella de vino que llevo, y que, por cierto, me regaló un alumno. Uno más considerado. Qué más da: funcionó. Por lo pronto, salud.

Clemencia Toro de Aponte, in memoriam

Nos dejaba ayudarla a amasar las arepas, las manos pegajosas de masa blanca que nos llevábamos a la boca en cuanto se daba vuelta, niñitas, no se come la masa cruda, que les va a dar dolor de barriga, y nosotras volvíamos entre risas a nuestras creaciones, encaramadas en sendas sillas para poder llegar a la encimera, hacíamos arepas cuadradas, alargadas, con forma de caracol, con caras —sonrientes, malhumoradas, tristes—, y Tita las cocinaba junto a las de verdad y después nos la servía convertidas en masa tostada que en nada se parecía a nuestra idea original, pero daba lo mismo: Virgi y yo nos las comíamos con la satisfacción de saber que eran hechas por nosotras, Tita, ¿verdad que ya sabemos cocinar como tú? Y Tita nos enseñaba las llagas de sus dedos —¿por qué se quemaba tanto? ¿no veía bien?—: muchachitas, no es tan fácil, miren lo que hace la candela, y le dábamos besitos convencidas de que así se le curaban, Tita, ¿verdad que ya no te duele? Una vez se quedó a dormir en nuestro cuarto y a las cuatro de la mañana quería levantarnos para ir al colegio, porque ya había cantado el primer gallo. Toronto. Toronto se llamaba el gallo que, muchos años después, se paseaba orondo por su cocina de los Andes cuando íbamos a visitarla ya con los maridos y que acudía como un perro cuando Tita lo llamaba. Al año siguiente Toronto no apareció. ¿Y Toronto, Tita? Ay, si vieran qué rico quedó ese sancocho. Ah Tita. Las alpargatas sonando ras ras con cada paso. El pelo largo recogido en un moñito que se volvió gris tan rápido. Los lentes de culo de botella que te hacían tan grandes los ojos y te ponían tan linda, Tita. Los vestiditos de flores. Las manos arrugadas. Y lo chiquita que te fuiste quedando con los años, siempre ras ras de un lado a otro, insistiendo en batir los huevos para hacerme una torta de plátano porque era mi cumpleaños y tus sobrinas no querían verte trabajar y tú de mal humor, carajo, que te dejaran hacer tus cosas, pues. Y el ras ras sonando todavía en esa casa que ya no existe y a la que sin embargo me empeño en volver, una y otra vez, para despertar a mis muertos, y me paseo contigo por sus corredores de ceniza, Tita, Mencha, Clemencia. Siete años y sigue tan viva tu huella.

Atrabiliario

En el colegio nos acercó el amor por los libros y el cine y la música y el entusiasmo de cada nuevo descubrimiento: un poeta, un documental, una canción. Intercambiábamos libros y discos y sueños. Casi siempre era ella la que me introducía en esos nuevos mundos. Gran parte de mi cosmología proviene de lecturas, ideas, películas sugeridas por ella. Era natural que María Gabriela terminara siendo poeta. Lo que nunca imaginé es que nos encontraríamos en Madrid, por pura casualidad, después de habernos perdido la pista. Pero aquí estamos, y cuando la vi cantar en un escenario, con su grupo, Beats in the Belfry, sólo pude pensar en los dieciséis años que nunca hemos dejado de tener —no, Gabi, tú tampoco— y en aquellas ganas urgentes de hacer precisamente lo que estamos haciendo ahora: escribir, cantar, crear. Porque lo más fácil siempre es dejarse llevar por la burocracia, el prestigio, las cuentas por pagar, el tráfico, las colas del supermercado, el trabajo, las horas extra. Lo más fácil es creerse la excusa de que no hay tiempo, no sirvo, no puedo. Por eso me siento tan orgullosa cuando veo los poemas de Gabi, las fotos de Alekos, los cuentos de Claudia, los guiones de Leo, e incluso el plan de negocios de Mariano: porque yo sé lo cabeza dura que hay que ser para hacer todas esas cosas cuando la cotidianidad siempre conspira en contra. Y porque yo pertenezco al mismo batallón de mis amigos artistas, y sé que no hay que ser un genio ni un superdotado ni nada que uno no sea ya. Sólo hay que tomárselo en serio. No hay nada más urgente que perseguir los propios sueños. Lo demás es una muerte en vida.

Todo esto era para decir que Gabi acaba de abrir su blog, Atrabiliario, y que es genial como todas las cosas que ella hace. No lo voy a saber yo, que la conozco desde los dieciséis.

Camille Claudel

Camille Claudel

Porque soy incorregible, esperé hasta el último día para ir a ver la muestra de Camille Claudel en la Fundación Mapfre, y es una lástima, porque esta es de las exposiciones que se deben visitar varias veces. No sabría describir qué es lo que me produce la obra torturada, increíblemente expresiva, de esta artista francesa. Decir que me abre en canal es una aproximación torpe, por no decir cursi. Tal vez sea por la gran fuerza que se desprende de cada figura, su movimiento, la caída de las telas, la expresión de esos rostros vivos, la vida que recorre esos cuerpos, la precisión de los detalles. Esos dos amantes en cualquier momento se dejan llevar por la urgencia del abrazo y continúan reconociéndose, ajenos a nuestros ojos. Y aquellos dos, los que bailan: casi esperas que terminen la pirueta y se besen. Pero además está la leyenda, hasta cierto punto inseparable de la obra: la aprendiz y amante de Rodin, que nunca dejó a su otra mujer, Rose Beuret, la crisis depresiva en la que se sumió Camille tras la ruptura con él, cuando se encerró a esculpir obsesivamente para luego destruir la mayor parte de su obra, el consecuente encierro en un sanatorio, en donde su familia la recluyó hasta su muerte, treinta años después, sin permitirle esculpir en todo ese tiempo. No logro imaginarme el dolor de esa muerte en vida. Y pienso en la figura suplicante de «La edad madura», la joven desnuda y de rodillas, humillada. Imposible permanecer indiferente mientras se contempla ese instante paralizado en el tiempo. Desde entonces no me desprendo de esa imagen, que está ahí, como acechando, una pieza de la utilería al fondo de un teatro vacío. No sé en qué quiere convertirse. Ya me lo revelará.

 

Trilogía del Deseo, de Francisco Garzón Céspedes

No se me ocurre mejor regalo navideño que estos textos brillantes de Francisco Garzón Céspedes. Felices fiestas a todos.


ELLA CAE SOBRE LA LLUVIA Y ÉL PERMANECE IMPASIBLE

Ella siente la lluvia como un diluvio de alfileres. La lluvia no cae sobre ella. Es ella quien, cuando salta hacia arriba, cae sobre la lluvia. Querría saltar hacia delante, hacia él que permanece impasible. Ella ha decidido fingir que es irreflexiva, superficial, extrovertida como en cada ocasión en que coinciden. Decidido estar desbordada, jubilosa. Él permanece impasible resguardado de la lluvia. Y ella se jura que él no percibirá cuánto lo desea. Y salta en el sitio. Empapada golpea la lluvia como un raíl de punta que busca diluirse.

ÉL CAE SOBRE LA LLUVIA Y ELLA PERMANECE IMPASIBLE

Él siente la lluvia como un diluvio de alfileres. La lluvia no cae sobre él. Es él quien, cuando salta hacia arriba, cae sobre la lluvia. Querría saltar hacia delante, hacia ella que permanece impasible. Él ha decidido fingir que es irreflexivo, superficial, extrovertido como en cada ocasión en que coinciden. Decidido estar desbordado, jubiloso. Ella permanece impasible resguardada de la lluvia. Y él se jura que ella no percibirá cuánto la desea. Y salta en el sitio. Empapado golpea la lluvia como un raíl de punta que busca diluirse.

ELLA LO OBSERVA Y ÉL SACA EL PECHO

Ella lo observa desde una cierta distancia. Él levanta la cabeza, endereza la espalda, saca el pecho. Y finge no percibirla. Ella piensa: “Un cuerpo del deseo que no es hermoso. Que sólo es el cuerpo del deseo. Ni armónico. Ni radiante. Sólo el no apresado, inexplorado, intocado cuerpo del deseo.” Ella se ve acercándose, pidiéndole una cerilla, rozándolo. Y piensa que el contacto físico puede no significar demasiado si es secreto. Robado al cuerpo del deseo. Al fugaz cuerpo del deseo.” Y ella escupe para no ir hasta él y tocarlo. Escupe delante de todos.

ÉL LA OBSERVA Y ELLA SACA EL PECHO

Él la observa desde una cierta distancia. Ella levanta la cabeza, endereza la espalda, saca el pecho. Y finge no percibirlo. Él piensa: “Un cuerpo del deseo que no es hermoso. Que sólo es el cuerpo del deseo. Ni armónico. Ni radiante. Sólo el no apresado, inexplorado, intocado cuerpo del deseo.” Él se ve acercándose, pidiéndole una cerilla, rozándola. Y piensa que el contacto físico puede no significar demasiado si es secreto. Robado al cuerpo del deseo. Al fugaz cuerpo del deseo.” Y él escupe para no ir hasta ella y tocarla. Escupe delante de todos.

ÉL MUERDE COMO ESCORPIÓN Y ELLA NO LO MIRA

“El deseo es un escorpión”, piensa. Cuando el camarero se va, él introduce un dedo en el café caliente y disuelve el azúcar. La cucharilla, inviolada. Ella entra y hace como que él no está. Se han tropezado mucho. Nunca se saludan. La forma en que ella lo ignora y lo vuelve a ignorar es insultante. Y él la desea cada vez más. Y pareciera condenado a fingir que ella no existe. Él se levanta, muerde como escorpión sobre sí, y deshaciendo la mordida le dice: “Deseo tener sexo contigo”. Dice eligiendo esas palabras. Y ella responde: “Sí.” Y él no puede traducir si significa: “Sí, lo sé.” O: “Sí, vamos.” O: “Sí. ¿Y qué?” Él no lo puede traducir porque ella no lo mira.

ELLA MUERDE COMO ESCORPIÓN Y ÉL NO LA MIRA

“El deseo es un escorpión”, piensa. Cuando el camarero se va, ella introduce un dedo en el café caliente y disuelve el azúcar. La cucharilla, inviolada. Él entra y hace como que ella no está. Se han tropezado mucho. Nunca se saludan. La forma en que él la ignora y la vuelve a ignorar es insultante. Y ella lo desea cada vez más. Y pareciera condenada a fingir que él no existe. Ella se levanta, muerde como escorpión sobre sí, y deshaciendo la mordida le dice: “Deseo tener sexo contigo”. Dice eligiendo esas palabras. Y él responde: “Sí.” Y ella no puede traducir si significa: “Sí, lo sé.” O: “Sí, vamos.” O: “Sí. ¿Y qué?” Ella no lo puede traducir porque él no la mira.

Los minicuentos del dictador: y 3

Los minicuentos del dictador: y 3

—Espejito espejito, ¿hay alguien en todo el mundo que sea más arrecho que yo?

El espejo le devolvió al dictador su propia imagen engalanada, y repitió las mismas palabras de todos los días:

—No, mi Comandante. No hay nadie en todo el mundo que sea más arrecho que usted, se lo aseguro.

—Ya lo sabía —murmuraba el dictador, se acomodaba la corbata y se iba a pelearse con el enemigo de turno.

El espejo esperaba a escuchar el portazo y luego reía, reía, reía a carcajadas.

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